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Análisis

Por qué el rival de Netanyahu en las elecciones de Israel, alabado por parte de la prensa occidental, no va a cambiar nada

El general Gadi Eisenkot en una imagen de archivo junto a Netanyahu durante su ascenso a la jefatura de las Fuerzas Armadas de Israel
13 de agosto de 2026 22:07 h

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Muchos medios de comunicación occidentales no se cansan de hablar de Gadi Eisenkot.

El exjefe del Ejército de Israel y líder del partido recién creado Yashar ha recibido una acogida muy favorable por parte de la prensa internacional, ahora que él y su partido lideran las encuestas de cara a las elecciones de octubre.

“¿Acogerá Israel al ”anti-Netanyahu“ que perdió a un hijo en Gaza?”, se preguntaba el Times de Londres.

“Perdió a su hijo en Gaza. Ahora va a por Netanyahu”, afirmaba el Daily Telegraph.

“Cómo el general más destacado de Netanyahu se convirtió en su rival más fuerte”, rezaba el titular de un extenso perfil de Eisenkot escrito por David Remnick en The New Yorker.

“¿Ofrece Gadi Eisenkot una nueva oportunidad a Israel?”, se preguntaba The Economist.

Es una pregunta razonable. Pero quizá los comentaristas británicos y estadounidenses no sean las personas adecuadas para responderla. ¿Por qué no se lo preguntamos a los palestinos de Gaza?

En el punto álgido del genocidio, entre octubre de 2023 y junio de 2024, Eisenkot formó parte del gabinete de guerra de Benjamin Netanyahu mientras Israel llevaba a cabo su bárbara campaña militar en Gaza. Durante ese periodo, los ataques aéreos israelíes arrasaron edificios de viviendas enteros, alcanzaron colegios, hospitales y campos de refugiados y mataron a más de 30 000 palestinos.

Eisenkot acabó dimitiendo del gabinete de guerra en 2024. Pero no fue por el terrible número de víctimas mortales. Se marchó por lo que consideraba fallos estratégicos del Gobierno. Incluso Remnick, de The New Yorker, en su retrato comprensivo, señaló cómo el general, que perdió a su propio hijo Gal, soldado, en los combates, “sigue mostrándose reacio a condenar a Netanyahu por la extraordinaria gravedad y duración de la guerra en Gaza”.

Y Eisenkot ya tiene un historial en lo que respecta a matar a palestinos de Gaza. Como jefe del Estado Mayor de Israel durante la conocida como la Gran Marcha del Retorno de 2018 y 2019, supervisó la respuesta armada a las manifestaciones masivas de palestinos contra el asedio de Gaza.

Soldados israelíes, en su mayoría francotiradores, mataron a más de 200 palestinos, entre ellos decenas de niños. “Las fuerzas de seguridad israelíes mataron y mutilaron a manifestantes palestinos que no representaban una amenaza inminente”, concluyó una comisión de investigación de la ONU, añadiendo que encontró “motivos razonables para creer que se disparó contra los manifestantes vulnerando su derecho a la vida”.

Si The Economist quiere saber si Eisenkot representa “una nueva oportunidad”, quizá también debería preguntárselo a los palestinos de Cisjordania ocupada.

Sí, puede que Eisenkot se oponga al plan de anexión del Gobierno de extrema derecha de Netanyahu, pero también se opone a la autodeterminación y a la creación de un Estado palestino. “Nunca he dicho 'dos Estados para dos pueblos'”, declaró con orgullo en una entrevista en junio. “Comprendo la profundidad de este conflicto religioso, nacional y social, y cualquiera que hable de ”paz ahora“ y de dos Estados no entiende el conflicto”.

“Creo firmemente en los asentamientos de Judea y Samaria”, prosiguió, utilizando el término bíblico para referirse a la Cisjordania ocupada.

Ahí queda el supuesto pragmatismo y liberalismo de Eisenkot. Rechaza abiertamente la solución de dos Estados y apoya con orgullo los asentamientos israelíes, unos asentamientos que la Corte Internacional de Justicia y múltiples resoluciones de la ONU consideran ilegales según el derecho internacional.

O quizá los periodistas deberían preguntar a los habitantes de los barrios del sur de Beirut, donde cientos de hombres, mujeres y niños perdieron la vida en la ofensiva israelí contra el Líbano de 2006, si Eisenkot supone un nuevo comienzo.

Como jefe del Mando del Norte de Israel, se vinculó estrechamente a lo que se conoció como la “Doctrina Dahiya”: una estrategia militar israelí de disuasión basada en la destrucción generalizada de infraestructuras civiles.

“Lo que ocurrió en el barrio de Dahiya, en Beirut, en 2006, ocurrirá en todos los pueblos desde los que se dispare contra Israel”, explicó Eisenkot a un periodista en 2008. “Ejerceremos una fuerza desproporcionada sobre ese pueblo y causaremos allí grandes daños y destrucción”.

El uso de fuerza desproporcionada contra objetivos civiles es, por supuesto, un crimen de guerra innegable.

Puede que Netanyahu sea un villano evidente, pero también puede ser un villano de cómic. El peligro con Eisenkot es que es un villano que proyecta la imagen de un “moderado”. Mientras que Netanyahu se ha convertido en un pararrayos, gracias a su arrogancia y beligerancia, y su acusación ante la Corte Penal Internacional (CPI) ha convertido a Israel en un paria internacional, Eisenkot da la impresión de ser una figura más sobria y razonable; un “soldado humilde”, por citar a Remnick.

El mero hecho de no ser Netanyahu haría que un primer ministro Eisenkot neutralizara a gran parte de las críticas de los liberales occidentales hacia Israel y restableciera la reputación del país en las capitales occidentales, al tiempo que permitiría al ejército israelí y a los colonos seguir aplicando las mismas políticas de expansión y destrucción tanto en Cisjordania como en Gaza.

Eisenkot tampoco es un caso único. La escena política israelí está llena de lobos con piel de cordero. En la oposición israelí hay otros generales “moderados” retirados como Eisenkot: Benny Gantz, que en su día se jactó de devolver partes de Gaza “a la Edad de Piedra”, y Yair Golan, quien afirmó tras el 7 de octubre que Israel debería impedir la entrada de ayuda humanitaria en Gaza y que la población de allí podría “morir de hambre”. “Es totalmente legítimo”, dijo.

Luego está Naftali Bennett, quien tiene un largo historial de vil racismo antiárabe, supervisó el año más mortífero de la historia para los palestinos de Cisjordania cuando fue primer ministro de Israel por última vez en 2022 y actualmente está amenazando tanto a Turquía como a Qatar.

La cuestión no es que todos estos políticos israelíes sean iguales. No lo son. De hecho, difieren en cuanto a tácticas, personalidades y coaliciones políticas.

La cuestión es que sustituir a Netanyahu por Eisenkot o por cualquier otro líder de la oposición israelí no supondría un cambio fundamental de rumbo en cuestiones clave como el genocidio, el apartheid y la ocupación; solo sería un cambio de imagen y de discurso. Para los palestinos y los libaneses, entre muchos otros pueblos de Oriente Medio, el resultado sería el mismo.

Así pues, cuando llegue octubre, es posible que el primer ministro más polémico de Israel sea finalmente destituido. Si eso ocurre, todos podemos y debemos celebrar el fin de la era Netanyahu y esperar que la Corte Pena Internacional consiga detenerlo.

Pero entonces conoceremos al nuevo jefe de Israel, que será igual que el antiguo jefe de Israel.

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