La erótica del orden

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En 1922, el arqueólogo británico Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón. Entre los miles de objetos hallados, destacaba uno aparentemente modesto: una plomada. Este instrumento, usado para verificar la verticalidad en la construcción, simbolizaba algo más que precisión arquitectónica. En el antiguo Egipto, el concepto de Maat —traducido como verdad, justicia y orden cósmico— era la base de la civilización. Sin él, creían, el caos (Isfet) devoraría el mundo. La plomada materializaba esta idea: el orden no era una preferencia, sino una condición de existencia. Tres mil años después, en un contexto radicalmente distinto, este deseo de orden sigue dictando destinos colectivos, aunque hoy se disfrace de algoritmo, seguridad nacional o pureza identitaria.

El antropólogo Clifford Geertz observó en sus estudios en Bali que el Estado tradicional no se organizaba generalmente mediante la coerción, sino a través de teatro político: rituales, procesiones y jerarquías visibles que naturalizaban el orden social haciéndolo parecer parte del cosmos. Este mecanismo no es exclusivo de las sociedades tradicionales. El sociólogo alemán Max Weber definió el Estado moderno por su monopolio legítimo de la violencia física, pero también por su capacidad de producir orden administrativo mediante la burocracia racional. Según Weber, esta burocracia crea una jaula de hierro de reglas y procedimientos que ordena la vida social de manera predecible y apolítica.

El filósofo francés Michel Foucault profundizó en esta genealogía. En Vigilar y castigar (1975), analizó cómo, entre los siglos XVII y XIX, el castigo espectacular del cuerpo (torturas públicas) fue sustituido por un sistema de disciplinas que buscaba ordenar las almas. La prisión panóptica, donde cada preso puede ser observado en cualquier momento sin saberlo, se convirtió en el modelo de una sociedad disciplinaria que produce orden mediante la interiorización de la vigilancia. Según Foucault, hospitales, escuelas, cuarteles y fábricas replicaron esta lógica, creando cuerpos dóciles adaptados al orden industrial y estatal. Esta producción de orden no se detiene en las instituciones del siglo XIX; encuentra en la democracia contemporánea sus propias métricas de obediencia. El anarquismo lleva dos siglos señalando que el problema no es la ausencia de orden sino su monopolio: que cuando una sola instancia —el Estado, el mercado, el algoritmo— se arroga el derecho a definirlo, el orden deja de ser convivencia y se convierte en dominación.

La atracción por el orden en contextos de crisis no es una simple metáfora. Tiene expresiones cuantificables. El informe Democracia bajo presión (Varieties of Democracy Institute, 2023) muestra que entre 2012 y 2022, el porcentaje de ciudadanos en democracias establecidas que creen que un líder fuerte que no tenga que molestarse con el parlamento ni las elecciones es bueno o muy bueno aumentó del 24% al 32%. Este aumento es más pronunciado en países con mayor desigualdad económica y polarización política. El informe V-Dem 2025 confirma la tendencia: la democracia se deteriora ya en 27 países y mejora solo en 8, con una caída especialmente pronunciada en los mecanismos deliberativos —la disposición de los gobiernos a escuchar la oposición y el pluralismo—. Este anhelo encuentra eco en figuras como Donald Trump, cuyas declaraciones apelan directamente a esta lógica de líder fuerte por encima de instituciones.

En España, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS, Barómetro de marzo de 2024), el 67,3% de los ciudadanos considera que la seguridad ciudadana es un problema muy o bastante importante, superado solo por los problemas económicos. Sin embargo, los datos oficiales del Ministerio del Interior muestran que la tasa de criminalidad en España (50,9 delitos por cada 1.000 habitantes en 2023, según el INE) sigue siendo de las más bajas de la Unión Europea. Además, ese repunte respecto a años anteriores se debe casi íntegramente al cibercrimen —que se ha quintuplicado y ya representa el 17% del total—, mientras que la criminalidad convencional ha continuado descendiendo: de 4,9 delitos por cada 100 habitantes en 2019 a 4,24 en 2023. Esta divergencia entre percepción y estadística sugiere que el orden funciona como significante político más que como descripción empírica. La psicología social lleva décadas explicando por qué esa brecha no sorprende.

Estudios pioneros de Jost (2003) y meta-análisis posteriores (Burke, 2013) demuestran que la incertidumbre existencial —económica, identitaria, pandémica— aumenta la preferencia por sistemas que ofrezcan orden y certidumbre, incluso a costa de libertades. Estos estudios, centrados en la motivación de epistemologías de cierre (need for cognitive closure), muestran que en condiciones de incertidumbre las personas tienden a buscar sistemas de creencias que ofrezcan respuestas claras y definitivas. En una línea similar, la Teoría de la Gestión del Terror (Terror Management Theory) explica cómo la conciencia de la mortalidad puede aumentar la adhesión a visiones culturales que prometen orden y permanencia simbólica. Este fenómeno, llamado compensación del terror, explica parcialmente el atractivo de discursos que prometen restaurar un orden perdido o defenderse de amenazas caóticas.

La erótica del orden tiene una dimensión estética y material. El urbanismo ha sido históricamente un campo de batalla. El barón Haussmann, al reformar París entre 1853 y 1870 bajo el mandato del emperador Napoleón III, no solo buscaba embellecer la ciudad. Sus bulevares rectos y anchos permitían el flujo de mercancías y, crucialmente, el rápido despliegue de tropas para controlar revueltas populares. El orden urbano era orden social y político. Hoy, la gentrificación sigue una lógica similar: se presenta como regeneración, saneamiento o puesta en valor, pero suele implicar la expulsión de poblaciones vulnerables y la homogeneización socioeconómica, cuando no la transformación de los barrios en centros comerciales etílico gastronómicos al aire libre, los logroñeses saben muy bien de lo que hablo. En Madrid, según el Observatorio de la Sostenibilidad, el precio de la vivienda en el centro histórico aumentó un 156% entre 2014 y 2023, mientras que la población con rentas bajas disminuyó un 22%.

La tecnología digital ha llevado la lógica del orden a una escala sin precedentes. Los algoritmos de las plataformas digitales clasifican, predicen y, en última instancia, ordenan la realidad social. Un estudio del MIT Media Lab (2021) sobre el algoritmo de YouTube encontró que, en contextos de alta polarización política, la recomendación de videos tendía a priorizar contenido emocionalmente intenso y maniqueo, creando burbujas de orden ideológico cerradas. Este orden no es estático, sino adaptativo: se personaliza para cada usuario, creando la ilusión de un mundo coherente y a medida.

Esta lógica de orden algorítmico, cuando es adoptada por el Estado, alcanza su expresión más radical en sistemas como el de Crédito Social chino (SCS) y tiene consecuencias materiales. El SCS, implementado progresivamente desde 2014, clasifica a ciudadanos y empresas mediante algoritmos que evalúan comportamiento social y lo penaliza, desde delitos graves hasta cruzar indebidamente una carretera (Merics, 2022). Estimaciones oficiales hablan de 17 millones de desacreditados en 2018. Las sanciones son materiales: restricciones para comprar billetes de tren o avión, denegación de acceso a créditos bancarios, o exclusión de escuelas y empleos públicos. Este sistema, presentado como herramienta para construir un orden social basado en la confianza, externaliza el caos de la gobernanza a los ciudadanos: la presión por autorregularse bajo la amenaza de exclusión sistémica genera ansiedad e incertidumbre vital, mientras el Estado mantiene una fachada de armonía y eficiencia algorítmica.

La ultraderecha global ha sabido capitalizar esta erótica del orden. Su discurso une la promesa de seguridad física con la de integridad identitaria. En España, el término ley y orden aparece en el 43% de los discursos parlamentarios de Vox analizados entre 2019 y 2023 (Análisis del Laboratorio de la Fundación Alternativas). Este orden se presenta como defensa contra amenazas internas (independentismo, feminismo radical, inmigración) y externas (globalismo, Unión Europea). Este discurso, que vincula orden con identidad y soberanía, no es nuevo ni exclusivo de España. La historiadora Anne Applebaum y el politólogo Ivan Krastev han analizado cómo, en países de Europa del Este como Bulgaria, movimientos similares construyen su atractivo sobre una nostalgia por un pasado mitificado y estable (ya sea comunista o pre-comunista), y sobre la defensa de una identidad nacional homogénea frente a cambios demográficos rápidos y élites globalizadas percibidas como caóticas. Patrón que Applebaum resume en orden como retorno a fronteras nítidas y jerarquías claras. 

La DANA de Valencia (octubre de 2024) lo ilustra con brutal precisión doméstica. No hay que irse a las distopías algorítmicas del SCS chino para encontrar la paradoja: un gobierno regional que había hecho de la autoridad, el orden y la gestión eficiente su capital político central no fue capaz de emitir una alerta a tiempo. Murieron más de doscientas personas. La lluvia de fango que recibió la comitiva institucional en Paiporta era algo más que rabia: era el momento en que el significante “orden” perdía su función de promesa y quedaba reducido a lo que siempre fue, un relato.

El orden no es en sí mismo el problema. Sin cierto grado de orden compartido —normas, instituciones, marcos de convivencia— no hay vida social posible, sino solo la ley del más fuerte. La cuestión no es el orden frente al caos, sino qué tipo de orden, construido por quién y a costa de quién. 

¿Qué tipo de orden estamos dispuestos a aceptar —y a cambio de qué libertades, de qué cuerpos, de qué vidas? La paradoja final es que la búsqueda obsesiva de un orden esencializado y excluyente suele generar las mismas fuerzas caóticas que pretende dominar. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida (2000), argumentó que la búsqueda de soluciones sólidas a los problemas líquidos de la globalización —como construir muros frente a flujos migratorios o reafirmar identidades cerradas frente a la diversidad— es contraproducente. Genera más fricción, más conflicto y, en última instancia, más incertidumbre.

Esta paradoja —la búsqueda de un orden excluyente generando caos— se materializa de forma cruda en los datos sobre delitos de odio. En España, el Ministerio del Interior registró en 2023 un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3% más que en 2022. Los delitos por racismo y xenofobia son los más numerosos (856 hechos, el 41,8% del total), mientras que el antisemitismo creció un 77% y el antigitanismo un 68% respecto al año anterior. Es decir: los mismos grupos que el discurso del orden sitúa como amenaza —migrantes, minorías étnicas— son los que acaban soportando la violencia que ese discurso genera.

La plomada de Tutankamón medía la verticalidad, pero también simbolizaba un equilibrio: el orden como armonía, no como imposición. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental. Un orden que se construye sobre la exclusión, la vigilancia y el miedo puede parecer estable, pero su base es frágil. Genera resentimiento, resistencia y, finalmente, su propia erosión. La erótica del orden siempre ha ofrecido un espejismo: que es posible domesticar el caos inherente a la existencia colectiva. Pero ese espejismo tiene un coste tangible, medible en exclusiones, en ansiedad internalizada y en la reducción de la complejidad humana a variables gobernables. El verdadero orden, sugiere la antropología, no es la ausencia de conflicto, sino el marco dentro del cual el conflicto puede desarrollarse sin destruir la trama común. Cuando un sistema promete lo primero, suele producir lo segundo. La plomada, al final, solo mide la verticalidad de un muro; no dice quién queda fuera ni qué mundo se construye dentro.

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