¿Qué se gana insultando?
Me entristece la facilidad con la que una discrepancia se convierte en una descalificación personal en el debate político y, lo que es peor, que nos empiece a parecer normal. No me refiero a discutir o a defender apasionadamente una posición, me refiero a insultar a quien piensa de otra manera.
Pero ¿qué se busca realmente cuando se insulta?
Ante la rabia o la impotencia, lanzar una palabra hiriente puede proporcionar cierto alivio, como si descargar el enfado sobre otra persona permitiera desprenderse de él. Sin embargo, las investigaciones sobre la ira cuestionan esa creencia tan extendida de que desahogarse agresivamente ayuda a calmarse. En determinadas circunstancias, lejos de reducir la rabia, esa descarga puede alimentarla y prolongarla. Es decir, puede que quien insulta termine más enfadado que antes, aunque durante unos segundos haya sentido cierta satisfacción.
Otras veces, lo que está en juego es la defensa de la propia identidad. Hay personas que viven sus convicciones como una parte tan importante de sí mismas que, cuando alguien las cuestiona, lo interpretan como un ataque personal. En esos casos puede aparecer una respuesta defensiva, incluso agresiva, ante lo que se percibe como una amenaza a la propia imagen, a la autoridad o a la manera de entender el mundo.
Existe un fenómeno que la psicología denomina realismo ingenuo, que consiste en creer que vemos la realidad tal como es, de manera objetiva, y que, por tanto, quien la interpreta de otra forma debe estar equivocado, mal informado o tener malas intenciones. Olvidamos que nuestra manera de observar el mundo está condicionada por nuestras experiencias, creencias y valores, y que los demás también lo observan desde los suyos.
Es fácil imaginar lo que puede ocurrir cuando alguien está absolutamente convencido de que su interpretación es la única posible. La discrepancia deja de despertar curiosidad y comienza a generar rechazo hacia quien la expresa. Ya no se trata de entender por qué el otro piensa diferente, sino de demostrar que está equivocado desacreditándolo.
En otros casos, el insulto puede convertirse en una forma de ejercer poder. Descalificar a alguien delante de otras personas, ridiculizarlo o intentar humillarlo puede servir para demostrar quién manda y para acallar futuros comportamientos u opiniones discrepantes.
Y no siempre se insulta pensando en el interlocutor. A veces el mensaje va dirigido a quienes están alrededor, a los que comparten las mismas ideas y celebran la descalificación del contrario. El aplauso se convierte entonces en una recompensa, refuerza la sensación de pertenencia al grupo y, como ocurre con tantos comportamientos humanos, aquello que recibe reconocimiento tiende a repetirse.
Por tanto, el insulto puede cumplir distintas funciones y conseguir algunos resultados, aunque sus supuestas ventajas empiezan a resultar bastante menos atractivas cuando se examinan de cerca. La descarga emocional no necesariamente calma, el ejercicio de poder puede conseguir obediencia o silencio, pero no respeto, y el reconocimiento de los propios no significa haber convencido a quien piensa de otra manera.
Y hay un coste que me parece lo más importante: lo que ocurre con las relaciones cuando se deja de cuestionar las ideas para atacar a las personas.
Una cosa es afirmar que una propuesta resulta inviable, que una decisión ha sido equivocada o que determinados argumentos carecen de fundamento, y otra muy distinta es concluir que quien los defiende es un ignorante, un inútil o un sinvergüenza. En el primer caso todavía existe un asunto sobre el que conversar; en el segundo, el adversario ha dejado de ser alguien con otras ideas para convertirse en alguien a quien desacreditar.
De esta manera discrepancia se transforma en animadversión hacia la persona y la disposición a escuchar puede desaparecer, y desde ahí es muy difícil construir relaciones de confianza. Se podrá discutir sobre una decisión, corregir un error, modificar una propuesta o negociar un acuerdo, pero resulta mucho más complicado reconstruir una relación cuando lo que se ha puesto en cuestión es la dignidad de quien tenemos enfrente.
En el ámbito político, además, aparece un ingrediente que complica todavía más las cosas: el insulto puede formar parte de una estrategia de comunicación. Los estudios sobre ataques personales en política muestran que estos pueden proporcionar una mayor visibilidad en los medios de comunicación y las redes sociales, aunque no se haya demostrado que esa notoriedad se traduzca necesariamente en más votos.
Es decir, un político puede obtener mucha repercusión por insultar a otro sin que ello signifique que haya convencido a nadie de la bondad de sus propuestas. Incluso puede ocurrir que se hable durante días de sus descalificaciones mientras los asuntos que deberían ocupar el debate público quedan relegados.
Los políticos no están obligados a llevarse bien, pero sí necesitan poder hablar, negociar y alcanzar acuerdos con quienes defienden posiciones diferentes. No solo con los de su propio partido, también con sus adversarios, porque gobernar un país exige convivir con la discrepancia y, habitualmente, llegar a acuerdos con quienes mantienen posiciones profundamente enfrentadas.
Sin embargo, cuando la confrontación política pasa de cuestionar las propuestas a descalificar personalmente a quienes las defienden, se deteriora la confianza que puede permitir esas conversaciones. Y aunque los acuerdos siguen siendo posibles, cada insulto puede hacerlos un poco más difíciles, porque las palabras no desaparecen cuando termina una intervención parlamentaria o un mitin. Permanecen en la memoria de las personas y condicionan sus relaciones futuras.
Esto es lo que me preocupa del momento político que estamos viviendo. No tanto que existan personas que insulten, porque el insulto ha acompañado a la humanidad desde siempre, sino que parezca estar adquiriendo carta de naturaleza como una forma más de confrontación política.
Y si el insulto forma parte de una estrategia para obtener visibilidad o alguna ventaja política, convendría preguntarse qué lugar ocupa en esa estrategia la necesidad de mantener abiertas las posibilidades de diálogo y acuerdo.
Porque una cosa es ganar protagonismo en el debate público y otra muy distinta contribuir a resolver los problemas de un país. Y cuando quienes se insultan son los responsables de representar y gobernar a millones de personas, las consecuencias de esas puertas cerradas van mucho más allá de sus rivalidades personales.
Y al cierre de este artículo, le preguntaría a Bolsonaro qué ganó llamando nueve dedos a Lula.
0