“Ya me he quedado sin amigas”: el duelo invisible por la pérdida de amistades en la vejez

Mujer mayor sentada en un banco en El Espolón.

Ester Fernández García

1 de noviembre de 2026 06:01 h

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“Pues ya me he quedado sin amigas”. Es lo primero que dice Carmen cuando su nieta le llama por teléfono por la muerte repentina de su amiga Matilde. Carmen tiene 90 años y vive sola en su pueblo. Entre las mujeres que no pasan el invierno en el pueblo y las que han fallecido en los últimos años, el grupo había quedado reducido a estas dos amigas que salían por las tardes a tomar un café al bar, paseaban hasta sentarse a charlar en el banco del parque o se invitaban a unas pastas en casa para celebrar sus cumpleaños. Una relación sencilla pero que servía para que estas dos mujeres se sintieran más acompañadas.

El valor de la amistad en la última etapa de la vida tiene un valor muy importante aunque a veces pasa desapercibido. “La amistad es clave en la vida de todas las personas, es una red de apoyo muy importante”, parte de la base la profesora del área de Trabajo Social de la Universidad de La Rioja Ana Belén Cuesta Ruiz-Clavijo, experta en envejecimiento. En edades maduras, según ve el psicólogo Rubén Pérez Vázquez en la residencia de mayores en la que trabaja, el rol de la amistad puede tener mayor relevancia que la familia: “Porque son ese punto de apoyo que les permite dejar de sentir soledad y aislamiento social, disminuye su sentimiento de culpabilidad al sentirse escogidos”.

Este psicólogo observa que la amistad entre personas mayores está sustentada en una “mayor confianza y añoranza”, porque, como describe, tienen en común lazos afectivos y episodios de vida que les llevan a recuerdos felices: “Por ejemplo, les pones una canción de Pepe Blanco y se les ilumina la cara”. Para la profesora Ana Belén Cuesta, entre la peculiaridad del rol de la amistad en esta edad frente a otras personas de su red de apoyo está en la voluntariedad: “Ellos eligen a los amigos que quieren tener y a los que no y esto va a actuar como un factor de protección”.

Vacío social y vulnerabilidad ante la pérdida

En el caso de Carmen, viuda hace más de 30 años y con sus hijos viviendo en otros municipios, las amigas y vecinas eran el día a día de su socialización, por lo que ahora la rutina se tambalea y hay una señal de alarma ante la soledad no deseada. “Muchos estudios se han centrado fundamentalmente en las consecuencias de la pérdida del cónyuge pero las últimas investigaciones apuntan a que la pérdida de un buen amigo o amiga tiene un impacto parecido a cuando fallece la pareja o fallan otros elementos de la familia”, explica Ana Bélen Cuesta. “Se genera un vacío social porque esa persona que te acompañaba, con la que tenías tus rutinas o compartías las preocupaciones deja de estar”. El resultado, según advierte esta experta, es que se genera una situación de mayor vulnerabilidad.

Sobre cómo viven las pérdidas de los últimos amigos, el psicólogo Rubén Pérez es claro: “Lo viven mal, indiscutiblemente, porque les hace replantearse cómo afrontar la última etapa de la vida”. En estos casos, observa sentimientos de “desánimo, miedo, desesperanza o incertidumbre ante el cambio de rutina. La importancia es tal que los estudios también recogen que la soledad no deseada tiene un impacto a nivel físico, es decir, apunta Ana Belén Cuesta, que ”la persona que tiene una pérdida tiene un mayor riesgo de tener enfermedades“.

Para afrontarlo, muchos mayores experimentan lo que el psicólogo ve como una mezcla de resiliencia obligada y coraza protectora: “Resiliencia, porque no les queda otra, y coraza, porque se saben proteger y valorar que todavía pueden seguir hacia delante y vivir unos años de calidad”. Y añade que observa como las personas mayores “saben empoderarse y resurgir”. Aunque no siempre es fácil para ellos expresar este dolor.

Mirada colectiva

Para ello, la sociedad juega un papel determinante. Desde el ámbito de los servicios sociales, la profesora Ana Belén Cuesta incide en la importancia en que desde los servicios sociales y en los servicios sanitarios se ponga atención en esas posibles señales de riesgo. “Hay que hacer ese esfuerzo desde los diferentes servicios de intentar llegar a estas personas que se sienten solas”, señala la profesora de la UR, abogando por incorporar la pérdida de amistades recientes como un factor de riesgo en las valoraciones sociales y de ayuda a domicilio. Frente a la vulnerabilidad, ambos expertos abogan por potenciar recursos de proximidad en la región, como los Centros de Participación Activa, la ayuda a domicilio con cribados de soledad no deseado programas de acompañamiento—, fomentando además redes de voluntariado y espacios intergeneracionales donde las personas mayores sigan sintiéndose útiles y conectadas a la vida pública.

Aun así, el verdadero reto trasciende a los recursos institucionales y apela directamente a la mirada colectiva. Como advierte el psicólogo Rubén Pérez, “la sociedad a menudo tiende a mirar hacia otro lado ante los sentimientos de las personas mayores”. Este psicólogo pide mirarles de frente, escucharles y acompañarles. Construir nuevas relaciones, fomentar el voluntariado y potenciar espacios de encuentro intergeneracional se revelan así como los mejores antídotos contra el aislamiento social. Porque detrás de Carmen, hay muchas más personas mayores que con la muerte de sus amigos pierden a su red de apoyo más cercana, lo que enciende las alarmas de la soledad.

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