Semillas que se prestan como libros: la biblioteca de Logroño conserva el legado de la huerta riojana
Joaquín Hornos ha conseguido seguirles la pista a unas habas hasta 1980 en el pueblo de Badarán, en La Rioja. Se las dio Silverio, un señor de más de 90 años que las lleva cultivando toda su vida en secano. Las riega con un caldero solo cuando las siembra, después les reza un 'padrenuestro' y les dice “vais a ver el agua al nacer y al cocer”. En el mismo pueblo, Joaquín encontró habas de la misma variedad en unos sacos en una casa que llevaba abandonada unos 40 años. De más de 2.000 que plantó solo nació una y de esa, luego salieron otras 10 habitas que, al compararlas con las habas de Silverio, resultó que eran las mismas. “Después pregunté a Silverio y recordó que se las había dado el padre del señor de aquella casa abandonada”, cuenta Joaquín. Ahora él, consciente del valor de estas semillas tradicionales que han mantenido la variedad al menos 50 años, ha entregado una bolsa de ellas a la Biblioteca de Semillas que ha puesto en marcha la Biblioteca municipal Rafael Azcona de Logroño.
“Las semillas no dejan de ser conocimiento, que genera más conocimiento y las bibliotecas, sobre todo las municipales, tienen una labor social y de mantenimiento y cuidado del conocimiento local”, subraya Esther Felipe, directora de la biblioteca. “Creemos en esta biblioteca que, siendo de La Rioja y siendo Logroño, que hay mucha huerta y mucha conservación natural y de plantas, este centro sí que podía hacer ese servicio de, además de prestar, conservar”. Siguiendo la estela de proyectos similares en otras bibliotecas y con el asesoramiento de la Red de Semillas de La Rioja, empezó a fraguarse la idea y un proyecto del festival de arquitectura efímera de la ciudad, Concéntrico, terminó por impulsarla. Consistía en la construcción de una caseta con bancales, plantas de huerto y bayas y conservación de semillas. “Entonces, lo tuvimos que hacer muy rápido, pero cuando las ideas están, brotan rápidamente porque está el fondo y es fácil llevarlo a cabo”, señala orgullosa Esther Felipe, que lamenta que el vandalismo haya terminado con la caseta, aunque el proyecto continúa con muchas ganas en el interior de la biblioteca.
En una cajonera sencilla en el lugar con las condiciones más óptimas de temperatura y humedad y con estos valores siempre controlados, se conservan por orden alfabético cada vez más botes de cristal con semillas secas, con un algodón y gel de sílice para absorber cualquier humedad. Con ello, se hace un préstamo como con cualquier libro. “Entregamos las semillas en unos sobre, una cantidad estipulada según su tamaño y hacemos el registro con un acuerdo de préstamo con el compromiso de que en un año, el usuario devuelva el doble de la cantidad de semillas que se le han prestado”, explica Jesús Cordero, bibliotecario responsable de este nuevo servicio.
Pero no solo es un lugar para conseguir semillas también se pueden donar semillas, siempre que no sean patentadas (las que se comercializan) y sí sean reproducibles, es decir, que todos los años pueden volver a obtener semillas. En cuanto a su procedencia, aunque desde la biblioteca y con el apoyo de la Red de Semillas se priorizan y buscan preferentemente las variedades autóctonas o adaptadas al clima riojano, el servicio no descarta ninguna de entrada: se valora cada aportación y se activa un protocolo especial cuando se detectan auténticas joyas hortícolas en peligro de extinción traídas por agricultores veteranos. Al recibirlas, el equipo las somete a una minuciosa catalogación que distingue entre semillas adaptadas (aquellas que, sin importar su origen primigenio, llevan más de diez años aclimatadas a un terreno), variedades locales (herencias familiares transmitidas de abuelos a nietos) y variedades tradicionales (con una trazabilidad documental que certifica que se cultivaban antes de 1960).
La semilla sin el conocimiento no es nada; los bibliotecarios son los guardianes de nuestro legado
Cuando llegan donantes de semillas, como lo es Joaquín Hornos con las habas de Silverio, en la biblioteca las registran. “Aquí se hacen unas preguntas y esa semilla tiene un informe con el que deja de ser una semilla cultivada por un señor en un pueblo a convertirse en una variedad única de La Rioja y esto es lo que los bibliotecarios hacen genial”, aplaude Joaquín Hornos, usuario habitual del servicio. “Creo que no se valora lo suficiente a los bibliotecarios como guardianes de lo más importante que tiene la humanidad, que es el conocimiento. La semilla sin el conocimiento no es nada y aquí revestimos esa semilla con toda la información y con todo el legado y la transmitimos a la siguiente generación”, aplaude.
“Los libros nacen de la tradición oral, de contar historia. Y también ocurre en las semillas, quienes las conservan son apasionados de su huerto y hay mucha narración oral y eso es maravilloso”, apunta Esther Felipe. Esa historia detrás de cada semilla nace de preguntas que se registran como “¿Cómo llegó a ti esta semilla? ¿Quién te dio esta variedad? ¿Cómo la cocinas?”. Por ejemplo, a través de las habas de Silverio, sin ir más lejos, Joaquín Hornos ha recordado que se utilizaban para hacer una competición por San Isidro para ver quien llevaba las mejores habas al santo y eso, según ha investigado, viene de un litigio antiguo en el que en un pueblo iban a alimentar a contendientes con carne y en el otro, que era más pobre, con habas, terminando por ganar los de las habas. “Desde entonces a todos los ganados y a la gente que tenía que hacer esfuerzo le daban habas. ¿Qué habas? Esta variedad”, cuenta Hornos con el orgullo de recuperar las leyendas de sus raíces.
Este vínculo emocional y simbólico con la tierra se traduce en pequeños gestos cotidianos. Esther Felipe recuerda cómo, nada más estrenar la biblioteca, una joven acudió a donar cuatro tipos de semillas de calabaza. Aunque quizás procedían del circuito comercial y no se pudo desvelar una trazabilidad detallada, su intención encarnaba un acto de pura generosidad que la directora equipara al de regalar un libro: un símbolo de preservación cultural que “toca nuestro corazoncito” y conecta directamente con la comunidad.
Mientras el servicio consolida sus fondos, la biblioteca mira ya hacia el cambio de temporada. Aunque el proyecto arrancó con la campaña estival ya avanzada —lo que dificultó el ciclo de las solanáceas como los tomates, unos cultivos exigen semilleros previos en marzo o abril para adelantar el calor—, el horizonte inmediato se centra en la huerta de invierno. Esta época ofrece una gran ventaja para los aficionados: se siembra directamente en el suelo, requiere un trabajo mínimo y confía el riego al agua de la lluvia.
Además, en un escenario meteorológico cada vez más adverso, Joaquín Hornos subraya la gran baza de estas variedades tradicionales frente a las semillas comerciales diseñadas para invernaderos y entornos controlados: “Es la única semilla que está adaptada al cambio climático y es la que, cuando peor se ponen las cosas, mejor responde”. Un patrimonio verde y resiliente que, al igual que el rústico secano de las habas de Silverio, demuestra que rescatar la biodiversidad agrícola local es, en definitiva, asegurar nuestro propio futuro.
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