Cuando el miedo empieza a decidir por nosotros
Hay algo más peligroso que tener miedo: acostumbrarnos a vivir gobernados por él. El miedo es humano. Nos protege, nos avisa, nos hace prudentes. Todos hemos sentido alguna vez esa necesidad de buscar refugio cuando creemos que algo amenaza nuestra seguridad, nuestra familia o nuestra forma de vida.
El problema comienza cuando alguien descubre que ese miedo también puede utilizarse para decidir por nosotros.
Entonces dejamos de preguntarnos qué es justo y comenzamos a preguntarnos únicamente quién es de los nuestros. Y ahí empieza todo.
Empiezan las vidas que parecen valer más que otras. Las víctimas que tienen nombre, rostro y biografía frente a aquellas que apenas llegan hasta nosotros convertidas en cifras. Empiezan las fronteras morales. Los muertos propios y los muertos ajenos. La violencia que condenamos y aquella que aprendemos a justificar.
Quizá una de las grandes preguntas de nuestro tiempo sea precisamente esta: ¿somos capaces de defender nuestros principios cuando hacerlo resulta incómodo?
Porque los derechos humanos son relativamente fáciles de defender cuando hablamos de las personas con las que estamos de acuerdo. Su verdadero valor aparece cuando debemos reconocerlos también en quien piensa distinto, pertenece a otra cultura, profesa otra religión o vive al otro lado de una frontera. Por eso debemos ser capaces de sostener varias verdades al mismo tiempo.
Los asesinatos y secuestros perpetrados por Hamás el 7 de octubre de 2023 fueron atroces y merecen una condena inequívoca. Las personas tomadas como rehenes y sus familias merecen justicia. Y reconocerlo no debería impedirnos mirar el sufrimiento de la población palestina. No tenemos que elegir qué dolor merece conmovernos.
Podemos rechazar el terrorismo y exigir al mismo tiempo que cualquier Estado respete el derecho internacional humanitario. Podemos preocuparnos por la seguridad de Israel y defender la dignidad y la vida de los palestinos. Podemos criticar severamente al régimen iraní sin asumir que bombardear preventivamente otro país deba convertirse en una herramienta normal de las relaciones internacionales.
Esto no debería ser una cuestión de izquierdas o derechas. Debería ser una cuestión de humanidad. Porque el día en que aceptemos que nuestros principios cambien dependiendo de quién lanza el misil, quién cruza la frontera o quién ocupa el despacho estaremos dejando de defender principios. Estaremos defendiendo intereses.
Y el derecho internacional nació precisamente para evitar eso: que la fuerza terminase convirtiéndose en la única razón. También debemos aprender a separar algo que demasiadas veces mezclamos. Un Gobierno no es un pueblo y una religión no es un Gobierno. Una ciudadanía no puede hacerse responsable colectivamente de las decisiones de sus dirigentes.
Criticar las políticas del Gobierno de Benjamin Netanyahu no autoriza ninguna forma de antisemitismo. Cuestionar las decisiones de Donald Trump no convierte en responsables a millones de estadounidenses. Denunciar la represión del régimen iraní no significa señalar a su ciudadanía. Y combatir el terrorismo jamás puede justificar convertir a millones de musulmanes en sospechosos.
Parece elemental. Pero quizá necesitemos recordarlo más que nunca. Porque cuando una sociedad empieza a construir enemigos colectivos resulta mucho más sencillo dejar de mirar personas y comenzar a mirar etiquetas.
Musulmán. Judío. Migrante. Palestino. Israelí. Marroquí. Europeo. Refugiado. Palabras capaces de esconder algo infinitamente más importante: detrás hay seres humanos.
Personas que quieren llegar a casa. Madres que esperan una llamada. Niños que quieren jugar. Jóvenes que desean estudiar. Familias que tienen miedo. Personas que aman, sufren, se equivocan y sueñan exactamente igual que nosotros.
Trabajo desde hace muchos años en la Educación Social y quizá por eso me resulta difícil renunciar a una convicción sencilla: las personas somos mucho más que la peor etiqueta que alguien pueda colocarnos.
Lo aprendemos constantemente en nuestros barrios, centros educativos, proyectos sociales y espacios de convivencia. Cuando las personas se encuentran de verdad, muchos prejuicios empiezan a resultar ridículos. Y esa pequeña experiencia cotidiana contiene, probablemente, una enorme lección política.
Europa también tiene que decidir qué quiere ser. Puede convertirse en una fortaleza asustada, obsesionada con encontrar amenazas fuera mientras erosiona lentamente los valores que dice proteger. O puede intentar algo mucho más difícil: defender su seguridad sin renunciar a la dignidad humana, exigir responsabilidades sin deshumanizar pueblos y reclamar el cumplimiento del derecho internacional con independencia de quién sea nuestro aliado.
La coherencia cuesta. También para España. No podemos exigir escrupuloso respeto a nuestra soberanía territorial y mirar hacia otro lado cuando la legalidad internacional afecta a otras poblaciones. Ceuta y Melilla merecen toda la protección jurídica y democrática del Estado español. También merecen respeto los derechos del pueblo palestino y del pueblo saharaui.
Los principios tienen una característica incómoda: para que sean principios deben servir para todos. Sé que vivimos tiempos de enormes desencuentros.
Parece que cada conversación necesita un vencedor y un derrotado. Que escuchar equivale a ceder. Que reconocer una parte de razón al otro nos hace más débiles. Creo exactamente lo contrario. Necesitamos recuperar el valor del consenso.
No ese consenso que consiste en fingir que pensamos igual, sino uno mucho más difícil y hermoso: aceptar que podemos discrepar profundamente y seguir reconociéndonos como seres humanos.
Podemos discutir sobre inmigración, seguridad, fronteras, Israel, Palestina, Irán, Marruecos o Europa. Debemos hacerlo.
Pero hay una frontera que nunca deberíamos cruzar: la que convierte al adversario en alguien cuya dignidad deja de importarnos. Porque cuando deshumanizamos al otro quizá ganemos una discusión, unas elecciones o incluso una guerra.
Pero todos perdemos algo bastante más importante. Nuestra humanidad. Por eso sigo teniendo esperanza. No una esperanza ingenua que niegue los conflictos, la violencia o las enormes contradicciones del mundo. Una esperanza mucho más humilde: la que he visto aparecer tantas veces cuando personas diferentes se sientan alrededor de una misma mesa y empiezan a escucharse.
Quizá el futuro no dependa solamente de grandes tratados, presidentes o ejércitos. Quizá también dependa de algo aparentemente pequeño. De nuestra capacidad para mirar a quien tenemos enfrente y reconocer, antes que cualquier bandera, religión, ideología o frontera, a otra persona.
Porque la verdadera seguridad no consiste en conseguir que nadie pueda hacernos daño. Consiste en construir sociedades en las que cada vez menos personas quieran hacerlo. Y para alcanzar algo así no necesitaremos más miedo.
Necesitaremos educación, justicia, diálogo, instituciones fuertes y una extraordinaria valentía para seguir creyendo en el ser humano. Incluso —y especialmente— cuando resulte difícil.
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