Sobre este blog

Comer en bares y restaurantes de Malasaña, además de otros apuntes gastronómicos.

Por Lu

El Duero pasa por Noviciado

Soy una francesinha portuguesinha

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Hoy he ido a un bar de tapas con la intención de tomar tapas, algo que va en contra de mis principios, pues pienso que dejo poco dinero en el establecimiento y me aprovecho del mismo; spoiler: al final también pedimos una ración. Entiendo que las tapas son una costumbre muy y mucho española y estamos en la cuesta de enero, supongo que es bueno rellenarse con lo que te echen por poco dinero y emborracharse, o acabar un poco chispis, por el mismo precio. Lo entiendo, pero no lo comparto. O tal vez lo entiendo en determinados casos, si eres estudiante, o trabajador, o jubilado, o lo que sea y no tienes ni un duro, pues bien. Si lo que te gusta es comer mucho, independientemente de la calidad o de lo que te ofrezcan, y no tienes ganas de gastar dinero, pues bien; en este caso, tal vez sería bueno un establecimiento que pusiera una pared con varias tolvas —una de calamares a la romana, otra de patatas bravas, otra de callos y lo que el restaurador tenga a bien— y tú te pusieras debajo a que te cayeran todas las dosis que desees. Sería más sostenible y cómodo para el restaurador y ¡también para ti, te rellenas de una vez y listo! Hace tiempo, en un viaje familiar, pensamos dejar a mi madre en una gasolinera diciéndoles «me la llenen», es el mismo concepto. En cualquier caso, estoy en contra de lo barato pues presupone que no se está reconociendo el trabajo de alguien con el pago correspondiente. Si te dan tu bebida y tu tapa por dos euros, alguien está perdiendo o ganando una miseria ahí, el productor, el bodeguero o el restaurador, o los tres. Muchas veces nos vamos a defender causas lejanas muy justas, pero luego no vemos lo que tenemos delante todos los días o directamente defendemos que no existan las macrogranjas y comemos el chorizo más barato del mercado en una coherencia más bien lábil. Uys, ya lo dejo.

Un poco de música portuguesa para acompañar. Iba a poner a la Madredeus de Ainda, pero me he encontrado con este modelo Electronico, que no está nada mal; tiene su saudade pero también un algo de new age, de Air y reminiscencias de los 70 para conseguir algo especialito.

Bueno, pues el local tiene una parte abajo y otra arriba, abajo en modo descampado y arriba ya con mesas más apretaditas, con paredes de estuco amarillo alicaído decoradas con publicidad antigua de Heineken y Amstel que, no sé por qué motivo, le ha puesto su sello a una foto de la ribera del Duero. Es un poco inusual.

La carta también es algo particular, tiene todo tipo de tapas y raciones y platos de carne españoles y luego, en los platos de pescado, encontramos bacalao a bras y bacalao a las natas y, en la sección de sándwiches, francesinha; ahí ya se les vio el plumero de Oporto.

También en las bebidas podemos observar el aportuguesamiento del lugar, ofrecen vinho verde y Oporto, bueno, ofrecen, luego que tengan ya es otra cosa, pedí este último y no, no tenían.

M. de primero elige un doble de cerveza (3 €), creo que Mahou, aunque ni idea; una cerveza comercial como otra cualquiera. Yo elijo un Ribera del Duero (2,50 €), cuyo nombre le pregunto al señor, amabilísimo, que nos atiende y me dice que es de Valladolid, el señor no, el señor parece portugués, el vino. Tras este diálogo para besugos entiendo que el señor está muy atareado para preguntas idiotas y me dedico a beber, que es lo mío. Este Ribera del Duero está bastante estupendo. A pesar de que el entorno no sea propicio, me hace sentir terciopelo en la boca —qué pija—, me hace disfrutar con algo de frambuesa y algo de arándano y un toque de boletus secos. Está requetebién.

La pareja vino-cerveza viene acompañada de una primera tapa de sándwiches mixtos que parecen haber caído en el plato desde gran altura. Es una imagen algo desoladora, es como si los pobres hubieran participado en un guerra, uno viene con la lengua fuera, exhausto, otros ligeramente quemados por la metralla que pasó rozándoles, alguno parece haber perdido la chaveta. Los portugueses, ya se sabe, son dados a la melancolía, tal vez con este plato pretendan devolvernos a la infausta realidad de sopetón; si es así, lo han conseguido.

Saben a sándwiches mixtos en los que el jamón prevalece y el pan no sabes si es de ayer, de hoy o de mañana, es un pan atemporal.

Caray, nos han puesto de tapa sándwich y yo quería probar la francesinha (10 €), pues nada, sándwich y sándwich en un ejercicio de demencia gastronómica digna de un sándwich sin chaveta. M. queda sorprendido ante la francesinha, le parece una presentación extraña para un restaurante de comida japonesa.

Voy a hablar primero del acompañamiento de la francesinha. Como es un plato ligero, le ponen de guarnición patatas fritas, en este caso, unas duras y otras no.

A esta vida hemos venido a sofreír, así que todo perfecto.

La francesinha, a pesar de lo delicado de su nombre, es un ser monumental, un ser mitológico, un ser arcaico, es un sándwich-bisonte. Dicen que lo inventó, en los años 60 del siglo pasado, un señor que había emigrado a Francia y de vuelta se trajo esta versión hard del croque-monsieur, esa especie de sándwich mixto con queso derretido por encima propia del país galo; en el caso que nos atañe es más bien un croque-madame, pues lleva huevo por encima. Posiblemente sea así y, posiblemente, en su camino de vuelta a Oporto se paró en Salamanca y se tomó un hornazo, porque este sándwich tiene mucho de hornazo hecho sándwich o de sándwich hecho hornazo o algo parecido. Además, ponen un huevo frito encima, no te vayas a quedar con hambre o eches de menos algún ingrediente; o, tal vez, sea un guiño del cocinero a los helipuertos, a saber.

Obsérvese al ser.

Es un ser primigenio superior, sin duda.

Bueno, pues esta francesinha está formada por 3 estratos carnívoros creados mediante el apilamiento de la producción de varias macrogranjas de vacuno y de porcino. La estructura es como sigue, yendo de arriba hacia abajo, como si nos fuéramos adentrando en los círculos del infierno dantesco: 1) huevo frito, 2) queso semifundido, 3) rebanada de pan de sándwich, 4) rodajas de una especie de chorizo crudo, posiblemente linguiça, algo a medio camino entre salchicha y chorizo frito, 5) rebanada de pan de sándwich, 6) filete de ternera, 7) rebanada de pan de sándwich, 8) bacón, 9) rebanada de pan de sándwich. ¡9, a ver si va ser el infierno de verdad! Todo ello sobre una salsa ligera de tomate y cerveza, que normalmente lleva picante pero, en este caso, si lo llevaba, no picaba, lo habrán adaptado al gusto español, que si nos sacas del pimentón picante todo es «¡ay, lleva picante!», con ese mohín, sí y, a poder ser, con la forma de hablar propia de la hija de Juan Carrasco.

Pues, a pesar de todo, no está mal, la salsa no aporta nada y el pan de sándwich sigue siendo atemporal, pero el filete de ternera está estupendo, en su punto justo de jugosidad, el embutido es sabrosón y el bacón da un extra de vidilla, el queso, a pesar de no estar perfectamente fundido, funciona como una laminilla blandita que contrasta con la carnaza y el huevo podría haber bañado con su yema el conjunto, pero estaba demasiado pasado. En cualquier caso, resultaba un tentempié, juis, gustoso, curioso, un poco para tragaldabas, pero bien.

M. pide otro doble de cerveza (3 €) y yo un vinho verde (2,50 €), por probar y a ver si me toca una resaca portuguesa, que no tocó, ambos vinos se comportaron perfectamente, muy educados. Este vino, de nuevo, está más que aceptable, con un poco de aguja, es fresco, sabe a manzana verde y resulta muy agradable, ligero, con una delicada acidez cítrica, perfecto para bajar el sándwich abisontado.

Nos ponen de tapa «jamón» con «pan». El jamón es bastante indescriptible, cortado con el hacha de guerra, perfectamente podría ser corteza de calabaza salada, por su textura y sabor, y un jamón lavado a alta temperatura, por su color; el toque de dejar las partes duras de fuera le aporta una consistencia especial que lo hace único. El pan, a conjunto, es una especie de baguette pistolera que podría ser pan como podría ser una esponja natural del Mercadona.

Debo señalar que el señor que atendía era muy educado y se esforzaba en realizar una oferta gastronómica correcta y diferente, incluyendo platos portugueses y buenos vinos.  

Recomiendo este sitio si deseas beber un vino agradable o una cerveza con tapas de gran tamaño, también si quieres probar algo diferente y bárbaro, como la francesinha.

El Bar Restaurante El Duero se encuentra en calle Noviciado 2.

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