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Sobre este blog

Stories Matritenses, un blog del grupo de periódicos hiperlocales Somos Madrid.

Pedro Bravo escribe ensayo —Exceso de equipaje (Debate, 2018), Biciosos (Debate, 2014)— y ficción—La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Es socio de Soulandia, una cooperativa que trabaja la comunicación de organizaciones y proyectos, y de Espíritu23, un coworking. Vive en la linde occidental de Malasaña.

Sobre cómo llenar la ciudad de limones y meninas y vaciarla de criterio

Uno de los limones de dos metros que forman parte de la exposición en Madrid

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Ahora mismo en Madrid sabemos la diferencia que hay entre un limón y una menina. Ninguna. Puede que en otros lugares piensen que una cosa es un cítrico y la otra es una niña pintada por Velázquez, pero en realidad no es así. Sólo aquí sabemos que son chismes que se ponen en la calle con una excusa artística y una intención comercial. Los limones están en el barrio de Salamanca; las meninas, por toda la almendra central e incluso más allá. Las notas de prensa anuncian que los cachivaches han sido intervenidos por artistas de todo tipo y que sirven no sólo para que consumamos más fruta sino para llenar de fotos los móviles de la gente y, así, mejorar la imagen de la ciudad por todo el mundo. No sé yo.

Voy a intentar no entrar en si los artistas intervinientes lo son realmente ni en la calidad de sus propuestas. Sobre esto, y como me pilla este asombro leyendo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Urdine (Acantilado, 2013), sólo voy a decir, en su nombre y en el de Ionesco, de quien saca la reflexión, que una obra de arte no pide venir al mundo; la obra de arte nace, como nace un niño, para nacer, “sin preguntarse si es requerida o no por la sociedad” aunque luego ésta se apodere de ella.

La cosa es que los limones y las meninas se juntan con banderas de España, que ya tienen incluso su versión kilométrica y luminosa, con llamas eternas en memoria de las víctimas de la pandemia, con luces de Navidad, con mupys que parecen televisores gigantes, con las nuevas papeleras inteligentes, con publicidad exterior desbocada, con un infinito catálogo de terrazas de arquitectura creciente, con bolardos, con patinetes, motos, bicis y coches de alquiler…

Para los ojos poco acostumbrados a este jaleo visual, es como si en Madrid decorásemos las calles sacando todo lo que en otros lugares guardan en el trastero. Y no sé yo, decía, si esto es buena imagen para la ciudad. Lo que sí sé es que es una costumbre de los mandantes locales. Pasó con el despotismo ilustrado de Gallardón y su interina Botella, con la política del abrazo de Carmena y ahora con este gobierno de la derecha coral. Uno tiene la sensación de que, para todos ellos, horror vacui es el nombre de un influyente urbanista y criterio el de un planeta muy lejano. 

No se trata de tener la ciudad como una maqueta de exposición, pero seguro que hay un punto intermedio en el que nos podamos sentir menos sobresaltados con la estética de nuestro territorio. Todo este mejunje visual es un impacto a nuestro cerebro ya bien saturado de ellos y, además, una invasión y comercialización del espacio público. Lo recuerdo cada vez que me da por pensar que igual los que gobiernan tan sólo son almas cándidas a las que les cuelan una ocurrencia tras otra sus asesores y los vendedores de motos que pasan por sus despachos. Lo recuerdo ahora y aprovecho para amortizar el libro de Urdine con otra cita que tampoco es suya sino de Rousseau: “Los antiguos políticos hablaban incesantemente de costumbres y de virtud; los nuestros sólo hablan de comercio y dinero”.

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Pedro Bravo escribe ensayo —Exceso de equipaje (Debate, 2018), Biciosos (Debate, 2014)— y ficción—La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Es socio de Soulandia, una cooperativa que trabaja la comunicación de organizaciones y proyectos, y de Espíritu23, un coworking. Vive en la linde occidental de Malasaña.

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Publicado el
21 de noviembre de 2020 - 07:00 h

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