La primera proyección de cine en Madrid fue en un centro de salud que sigue poniendo películas 130 años después

Guillermo Hormigo

Madrid —
14 de mayo de 2026 22:01 h

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Aunque muchos historiadores ponen en duda el relato más extendido sobre la primera proyección pública del cinematógrafo, la historia tiene tanto potencial que ha quedado impregnado en el imaginario colectivo. El pavor causado en la audiencia ante el avance de un tren en marcha, cuando el espectador todavía no tenía claras las nociones del movimiento circunscrito a la pantalla, ejemplifica el asombro generado por el artefacto ideado por los hermanos Auguste y Louis Lumière.

Su invento tuvo una primera y muy documentada puesta de largo pública el 28 de diciembre de 1895 (curiosa la coincidencia con el Día de los Inocentes en España) en el Salon Indien del Gran Café de París. No tan mediática fue su llegada a Madrid, aunque transcurrieron menos de cinco meses desde aquel evento fundacional en la capital francesa. Se produjo en un lugar que sigue activo, aunque con un uso muy diferente.

Charo y Ana, esta última directora del Centro de Salud Las Cortes, atienden a Somos Madrid y explican las particularidades del espacio. Ubicado en el número 32 de la céntrica Carrera de San Jerónimo, a solo unos pasos del Congreso de los Diputados, una placa en su fachada exterior da cuenta del peculiar pasado del inmueble: “En conmemoración de los cien años de la primera sesión de cine pública, celebrada en este mismo lugar el 14 de mayo de 1896”. La rubrican, con fecha del 14 de mayo de 1996, la extinta Asociación Cien Años de Cine y el Ayuntamiento de Madrid.

“Nosotros solo nos acordamos de su historia cuando viene algún curioso o cuando nos preguntas. El resto del tiempo, suficiente tenemos con nuestro trabajo”, comenta Charo a la vez que mira de reojo su mesa de trabajo, seguramente pensando en las tareas que le aguardan en lo que queda de tarde.

“La pantalla estaba ahí”, comenta mientras señala el fondo del recinto. La sala de cine, convertida en sala de espera, conserva como principal vestigio dos elementos. Por un lado, unas características e imponentes columnas que hablan de un lujoso pasado. Por otro, un mural que aglutina icónicas obras e imágenes del cine clásico, del Nosferatu (1922) de F. W. Murnau a 2001. Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, pasando por Un perro andaluz (1928) de Luis Buñuel.

El milagro del cine llegó por San Isidro

Como se ha encargado de relatar el propio Ayuntamiento de Madrid, el cine llegó a Madrid en plenas fiestas de san Isidro, patrón de la ciudad. Lo que hoy es el Centro de Salud Las Cortes operaba en ese entonces como el Hotel Rusia, uno de los hospedajes con más solera en el Madrid de finales del siglo XIX, abierto en 1869 y protagonista de una vía donde los comercios elegantes daban postín al paisanaje urbano.

A la capital no llegaron los famosos hermanos de apellido luminoso y creación oscura, sino que enviaron (como a otros puntos del continente) emisarios de confianza. Estos evangelistas del séptimo arte difundieron un invento cuyo potencial artístico y comercial apuntaba ya maneras. En Madrid, el encargado fue Alexandre Promio, un joven de 25 años que se dirigió en primer lugar al embajador de Francia, el marqués de Reversaux.

El diplomático asumió entonces la tarea de hallar el lugar de proyección idóneo y ultimar los preparativos. El salón del Rusia pronto se convirtió en la principal y única alternativa. “La proyección de la fotografía sobre un lienzo en blanco no puede hacerse con mayor perfección; el efecto es sorprendente”, recogía una crónica de la época publicada en el extinto periódico El Heraldo de Madrid.

Como curiosidad, la pantalla ya mostró imágenes en movimiento el 13 de mayo, víspera del acto oficial, a modo de preestreno y como forma de efectuar las comprobaciones definitivas. Al día siguiente, las proyecciones se alargaron nada menos que trece horas, de 10.00 a 23.00, con dos paradas (o intermedios) para comer. Cada pase duraba unos 20 minutos al precio de una peseta. Una ganga para las cifras de hoy, pero extremadamente caro para la época. Y, encima, sin palomitas.

En cuanto al material exhibido, lo filmó el propio Promio. Eran escenas de la vida cotidiana que grabó al llegar a Madrid: la salida de las alumnas del Colegio de San Luis de los Franceses, la llegada de la cuadrilla del torero Luis Mazzantini a la plaza de toros, maniobras de artillería en Vicálvaro, la Puerta del Sol o la de Toledo... pasajes costumbristas que apenas duraban uno o dos minutos. Registró el Cuartel de la Montaña y al regimiento de zapadores, a los soldados en Vicálvaro o al Real Cuerpo de Alabarderos del Palacio Real.

En total, doce películas-acontecimiento a 16 fotogramas por segundo (frente a los 24 estándar en la actualidad) agrupadas en cintas de 17 metros cada, que se encuentran a buen recaudo en la Filmoteca Española. Algunas piezas pueden incluso verse en la web Platfo. Este primer ciclo de cine en España acabó, por cierto, el 19 de junio de ese mismo 1896. Un mes de fantasía inicial.

Cuando el cine volvió, se produjeron cambios significativos. Para empezar, el precio. De la peseta inicial se pasó a los cinco o diez céntimos por una entrada normal y un real (25 céntimos) para los pudientes que elegían asientos preferentes. Con los años, el Hotel Rusia dejó de acoger estos actos y finalmente acabó por cesar sus actividades entrado el siglo XX.

Del evento que le hizo entrar en los libros de historia quedan dos vestigios en la Carrera de San Jerónimo. A la mencionada placa de mármol en el exterior del actual centro de salud hay que añadir otra entre los balcones de la primera planta, instalada previamente (en 1946).

Y ojo, porque recoge una fecha diferente para la efeméride: El día de san Isidro se celebró en esta casa la primera exhibición del cinematógrafo para los españoles. Homenaje del Círculo de Escritores Cinematográficos 1896 –15 de mayo– 1946”. Un día de divergencia que se explica por la apertura general al público. Es decir, el 13 se llevaron a cabo las últimas pruebas, el 14 se mostró para un público selecto y a partir del 15 el invento se abrió al común de los mortales (o por los menos a los mortales con ciertos posibles).

El cine permanece

La curiosidad termina de redondearse con una gran particularidad del centro de salud actual: cuenta con su propio espacio de exhibición de películas. Más bien es un habitáculo multiusos, que utilizan también para cursos, actividades formativas o charlas. No se sitúa exactamente donde tuvo lugar aquella primera proyección, sino una planta más abajo, pero la anécdota traza un entrañable hilo temporal.

Así, el pasado 17 de abril este espacio acogió un pase con coloquio posterior del documental No apto para cobardes. En esta película de Nuria Silván Miracle 50 mujeres de 50 y tantos años hablan, sin tapujos, sobre la menopausia, el sexo en la madurez, la pérdida de facultades, la vida en pareja (o sin ella) y el miedo a envejecer, a la muerte y a la soledad. “Anima a la reflexión y a la empatía. Un documental que habla de la vida sin efectos, ni intelectualidad. Su visionado está altamente recomendado a los hombres. Cuantos más mejor”, recoge su sinopsis oficial.

Ese afán por llegar a cualquier público, por hacer del cine una herramienta democrática y de conciliación gracias a su poder de reunión es lo que estaba presente en las primeras proyecciones de lo que aún era un invento inaudito. Y es lo que, pese al impacto de su industrialización, todavía es capaz de conseguir un arte así de poderoso.

Igualarnos y unirnos constituye una de las mejores cosas del cine en salas, pero también es lo que logran unos servicios públicos robustos, los cuales además escapan del elitismo de aquellas primeras proyecciones. Qué hermosa coincidencia, por tanto, que el germen de las películas en Madrid sea ahora un centro sanitario preocupado por generar conciencia social.