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Existe el peligro real de que nazca un Tea Party europeo

El crecimiento de los partidos nacional populistas o ultraderechistas coincide con las elecciones al Parlamento Europeo, un marco muy favorable para lograr un buen resultado.

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Marine Le Pen es para la mitad de los franceses quien mejor encarna a la oposición

La líder ultraderechista francesa Marine Le Pen. / Efe

A algunos puede parecerles una fantasía. Pero ciertos datos, y no pocos sondeos, sugieren que tal vez no lo sea tanto: existe una posibilidad real de que el multiforme nacional-populismo que está creciendo por todo el continente –y que en algunos de sus países es la versión actual de la ultraderecha de siempre– se convierta en una fuerza decisiva en el Parlamento Europeo que surgirá de las elecciones de la próxima primavera.

Le Monde, The Guardian y hasta el Financial Times han escrito en estos días que esa es una hipótesis muy a tener en cuenta. "¡Atención al crecimiento de un Tea Party europeo", ha advertido este último. Y Jan-Werner Müller ha escrito en The Guardian que no se puede descartar que ese Tea Party llegue un día a provocar una versión europea del cierre de la administración pública que acaba de sufrir Barack Obama.

La citada hipótesis se basa en dos argumentos. El primero es el crecimiento electoral que los partidos nacional populistas o ultraderechistas están registrando en todo el continente, con muy pocas excepciones. El segundo es que, por distintos motivos, las elecciones al Parlamento Europeo constituyen un marco muy favorable para un resultado de esa índole.

Los datos en torno al primero son bien conocidos: el FPÖ austriaco ha logrado hace pocas semanas el 21% de los votos en las generales; el nacional populista Partido del Progreso –en el que militó el ultraderechista Anders Behring Brewik, asesino de 77 jóvenes socialistas– acaba de entrar en el Gobierno noruego con siete carteras, tras obtener el 16,3% de los votos. Y lo que es aún más llamativo, y no sólo porque nos pilla más cerca, el Frente Nacional francés de Marine Le Pen acaba de hacerse con la alcaldía de Brignoles, una localidad próxima a la Costa Azul, rompiendo el tradicional bloqueo que el bipartidismo de la derecha y los socialistas había supuesto desde siempre para las aspiraciones de la ultraderecha gala y abriendo la perspectiva de que esa situación vuelva a repetirse.

También es conocido que el Frente Nacional es, según los sondeos, el partido que puede ganar las elecciones europeas en Francia. Se ha hablado menos de que el UKIP británico –un partido que comparte con su colega francés la ideología antiinmigración, ultranacionalista y euroescéptica– se encuentra en idéntica posición de ventaja en el Reino Unido, por encima de conservadores y laboristas. Y que lo mismo le ocurre al PVV holandés de Gert Wilder. Otras formaciones de similar cuño (aunque las diferencias entre unas y otras no son pequeñas, debido justamente a la fuerte impronta nacionalista de todas ellas) cuentan con buenas posibilidades en Dinamarca, Polonia, Grecia y Hungría, entre otros países del Este. La Lega Norte italiana no se aleja mucho de esas posiciones.

Entre las pocas excepciones, destacan dos países: Alemania y España. Ambos casos tienen algo en común: en Alemania, la actitudes contrarias a los inmigrantes, o xenófobas, están contenidas, y bastante disimuladas, dentro del partido de Angela Merkel y de su socio el CSU bávaro y el euroescepticismo ha quedado formalmente limitado a los votos obtenidos por Alternativa por Alemania, que hace un mes no ha logrado, por poco, superar la barrera del %. En España, esas actitudes y, en general, las ultraderechistas e hipernacionalistas (que aquí toman la forma de un centralismo irredento) también están dentro del PP. Pero bastante menos contenidas y disimuladas que en el caso germano.

En cuanto a que las próximas elecciones europeas pueden favorecer las posibilidades de las formaciones nacionalpopulistas, al hecho de que el sistema electoral sea proporcional se añade la escasa participación que tradicionalmente han tenido esos comicios. Fue apenas del 43% en las de junio de 2009, y la mayor parte de los abstencionistas fueron votantes habituales de los partidos moderados, de centroderecha o de centroizquierda. Todo hace suponer que en 2014 se repetirán esas tasas, si es que no crecen a la vista de que, según otros sondeos, nada menos que el 60% de los ciudadanos de la UE se declara en estos momentos euroescéptico, lo cual no augura precisamente una gran participación.

En definitiva, que si los partidos ultraderechistas logran movilizar a su electorado, y buena parte de ellos parecen muy empeñados en ello, pueden obtener un espléndido resultado gracias a la abulia de los votantes de sus rivales. El primer ministro italiano Enrico Letta acaba de declarar a The New York Times que los grandes partidos europeístas europeos deberían obtener cuanto menos el 70% de los escaños si se quiere evitar “una legislatura de pesadilla”.

Varios de los análisis citados subrayan, además, que hoy el Parlamento europeo está dotado de más poderes que nunca. Porque no sólo tiene facultades para elegir indirectamente al presidente de la Comisión, o incluso para bloquear su nombramiento, sino, y sobre todo, ya tiene potestad suficiente para aprobar o rechazar el presupuesto comunitario y muchas leyes más de primera importancia. Un Tea Party nacionalpopulista o ultraderechista (aunque en algunos casos los términos no son intercambiables) podría tener una fuerza enorme, condicionar extraordinariamente la política europea y quién sabe si hasta poner en cuestión su existencia misma.

Queda por ver si partidos tan dispares, y tan encerrados, en su mayoría, en sus respectivos escenarios políticos nacionales, quieren y pueden ponerse de acuerdo para tener una voz única en Bruselas y en Estrasburgo. Marine Le Pen lo está intentando, mediante acercamientos a sus colegas holandeses y austriacos. Y muy probablemente habrá nuevos pasos en esa dirección a medida que trascurran las semanas. El entendimiento con los ultras de los países del Este no parece fácil en estos momentos. Pero esas barreras podrían desaparecer si unos y otros obtienen buenos resultados en las europeas.

El peligro es, por tanto, real. Y lo peor es que los grandes partidos europeístas, conservadores y socialdemócratas, en lugar de prepararse para hacerle frente, a lo que se están dedicando es, en general, a tratar de atraerse a los votantes ultraderechistas proponiendo lo mismo que esas formaciones. Cuando en política se ha demostrado casi siempre que la gente prefiere el original a la copia. 

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