Murcia o el riesgo de parecerse a sí misma
Hay territorios cuya identidad parece haberse vuelto visible solo cuando se representa, como si lo vivido necesitara de su escenificación para ser reconocido. La Región de Murcia pertenece, en parte, a ese tipo de geografías: un espacio cuya imagen pública —y, en ocasiones, su autopercepción— se articula en torno a rituales periódicos intensos, codificados y reiterados. La Semana Santa, con su solemnidad estética, y las Fiestas de Primavera, con su vitalismo expansivo, constituyen los dos polos de esa representación. Entre ambas, se despliega una narrativa de lo murciano que oscila entre la ceremonia barroca y la exuberancia popular.
La Semana Santa murciana, particularmente en la capital y en localidades como Lorca o Cartagena o Jumilla, ofrece una escenografía de gran densidad simbólica. No es únicamente una manifestación religiosa, aunque su raíz lo sea; es, sobre todo, una forma de ordenar el tiempo y de estructurar la comunidad en torno a un relato compartido. Los pasos, las túnicas, la música procesional, los itinerarios que se repiten con precisión casi litúrgica, constituyen un lenguaje que expresa continuidad. En términos culturales, no estamos ante un adorno, sino ante un dispositivo de memoria. La identidad, en este contexto, aparece como una práctica reiterada que permite a una comunidad reconocerse en el tiempo.
Algo semejante ocurre con las Fiestas de Primavera de Murcia capital, aunque en un registro distinto. Del recogimiento se pasa a la expansión, del silencio ritual al ruido festivo. El Bando de la Huerta (recomiendo la película ¿dónde está mi acequia? Anatomía forense de una ciudad, del director murciano Joaquín Lisón por su crítica a la pérdida real de la huerta murciana y de los huertanos) y el Entierro de la Sardina funcionan como formas de afirmación identitaria en clave celebratoria. El traje huertano, la gastronomía, la ocupación del espacio público, configuran una estética de la abundancia que no reproduce fielmente el pasado, sino que lo reinterpreta. La tradición se vuelve performativa: no se hereda sin más, sino que se actúa. Y en esa actuación hay una simplificación inevitable, una estilización que convierte lo vivido en símbolo, y para algunos, en mito.
Hasta aquí, podría afirmarse que ambas celebraciones constituyen expresiones legítimas y valiosas de la identidad regional. Sin embargo, su misma potencia plantea una ambigüedad: lo que se muestra con tanta claridad tiende a ocupar todo el campo de lo visible. La Región corre el riesgo de ser percibida —y de percibirse a sí misma— a través de estas imágenes recurrentes. Como si lo murciano pudiera agotarse en la solemnidad de sus procesiones o en la alegría de sus desfiles.
Es en este punto donde se hace necesaria una crítica, no destructiva, sino clarificadora. Porque quizá el problema no resida en la existencia de estas fiestas, sino en su conversión en un fetiche de la identidad. Siguiendo la intuición de Rafael Sánchez Ferlosio, el fetiche no es simplemente algo venerado, sino algo que sustituye a lo real. Una forma que, al repetirse, deja de remitir a una experiencia viva y se convierte en un objeto autosuficiente. La identidad, cuando se fetichiza, se vuelve manejable, consumible, tranquilizadora.
Así, la identidad murciana, tal como se escenifica en estos eventos, corre el riesgo de convertirse en un artefacto cerrado. Una imagen que ya no necesita ser interrogada porque parece decirlo todo. Ferlosio desconfiaba de las palabras que, a fuerza de repetirse, se vacían de contenido; algo similar ocurre con ciertas formas de representación cultural. Cuando se reiteran sin fisuras, dejan de señalar algo exterior a ellas y comienzan a girar sobre sí mismas.
La consecuencia más problemática de este proceso no es la pérdida de autenticidad —categoría siempre discutible—, sino la clausura de posibilidades. La identidad, en lugar de ser una relación abierta, se convierte en un objeto fijo. Y, lo que es más relevante, se vuelve normativa: define qué cuenta como propio y qué queda fuera. Aquello que no participa de esa estética —lo que no es procesión ni desfile, lo que no encaja en el repertorio festivo ni en el programa de las concejalías de cultura (ocio, realmente)— tiende a quedar relegado a una zona de invisibilidad.
Sin embargo, es precisamente en esa zona donde se está configurando, cada vez con mayor claridad, un tejido cultural no oficial. Un conjunto de prácticas que no se reconocen en la lógica del folclore ni en la del ocio festivo. Espacios independientes, iniciativas artísticas, proyectos colectivos que no buscan representar a la Región, sino habitarla de otro modo. Aquí la cultura no se presenta como repetición, sino como exploración. No como identidad fijada, sino como proceso.
Este tejido no compite con las celebraciones tradicionales; más bien, introduce una tensión necesaria. Mientras aquellas estabilizan la identidad, estas la problematizan. Y en esa problematización reside una forma más exigente de belleza. No una belleza inmediata, sino una que requiere atención, tiempo y disposición para lo no evidente. Una belleza que no se ofrece como espectáculo, sino como experiencia.
La crítica constructiva consistiría, por tanto, en reabrir la pregunta por la identidad. No asumir que ya sabemos qué es lo murciano porque lo vemos escenificado cada año, sino interrogar qué queda fuera de esa escenificación. Reconocer que la cultura de un territorio no se agota en sus momentos de máxima visibilidad, sino que incluye también aquellas prácticas menos codificadas, más frágiles, pero no por ello menos significativas.
Desde esta perspectiva, la lección que puede extraerse es una invitación a la desconfianza productiva. Desconfiar de toda identidad que se presente como definitiva, que se deje consumir sin resistencia. Y, al mismo tiempo, atender a aquello que no encaja, a lo que no se deja representar fácilmente. Porque es ahí, en ese excedente, donde la cultura conserva su capacidad de generar sentido y comunidad abierta.
Tal vez convendría, en suma, desplazar la mirada. No para negar la importancia de la Semana Santa o de las Fiestas de Primavera, sino para situarlas en un contexto más amplio. Entenderlas como una parte —relevante, pero no exclusiva— de una realidad cultural más compleja. Y asumir que la verdadera riqueza de la Región de Murcia no reside únicamente en aquello que se celebra, sino también en aquello que, sin calendario ni ceremonia, sigue ocurriendo.