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La normalización de lo inmoral

Presidente de la CARM, Fernando López Miras, la vicepresidenta Isabel Franco y la consejera Valle Miguélez -tránsfugas de Cs-

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Durante unos días, parecía que la sociedad de la Región de Murcia tomaba conciencia de los graves acontecimientos que sucedían: cuatro tránsfugas de Cs y tres de Vox prestaban sus votos al gobierno; la ultraderecha -homófoba y con un discurso antivacunas- tomaba las riendas de una consejería clave en cualquier ejecutivo como la de Educación y Cultura. Hubo manifiestos, protestas, activismo en redes sociales, artículos de opinión. El estupor y la indignación pesaban más que la indolencia inveterada. Pero, en el plazo de dos semanas, este estado de ánimo de no-aceptación de sucesos poco democráticos se disolvió como un azucarillo en el agua de la resignación. Es muy probable que, en cualquier otra región de Europa, tales acontecimientos habrían desencadenado una protesta sostenida en el tiempo que, en última instancia, se hubiera traducido en dimisiones y una convocatoria de elecciones. Pero, en la Región de Murcia, no. Ha transcurrido poco más de un mes de aquellos días que nos convirtieron en actualidad nacional, y lo que queda de aquellos efluvios es la normalización de lo inmoral.

La sociedad murciana ha generado una pasmosa tolerancia a lo intolerable. Los episodios de transfuguismo que han asolado su panorama político han adquirido fundamento de legitimidad por el silencio ciudadano, y han establecido a lo inmoral como un nuevo status quo. El profesor y filósofo Jason Stanley -autor de un libro de lectura obligatoria para nuestros tiempos: How Fascism Works- declaraba recientemente que una de las señas de identidad del fascismo es su capacidad para regularizar lo excepcional: “La normalización transforma lo moralmente extraordinario en ordinario. Nos hace capaces de tolerar lo que antes era intolerable al hacer que parezca que así es como siempre han sido las cosas”. Cuando este diagnóstico se traslada al marco de estudio de la estructura social de la Región de Murcia, las conclusiones que afloran solo pueden conducir a la preocupación. La capacidad de absorción de lo moralmente inaceptable que tiene la ciudadanía es propia de los contextos históricos más propicios para la emergencia del fascismo. Y así sucede porque lo “moralmente aceptable” ha perdido toda condición de objetividad y se ha transformado en una materia peligrosamente dúctil y relativa. Una región -como es el caso de la Murcia- puede ser mayoritariamente conservadora, pero lo que bajo ningún concepto se puede permitir es caer en un relativismo moral tan obsceno como en el que ahora vive inmersa. Por encima de la lealtad a las siglas, está el compromiso con los valores democráticos. Y estos valores han sido vapuleados con los recientes y generalizados casos de transfuguismo. Cuando el apoyo a un partido se prioriza por encima del respeto a las normas democráticas, el panorama comienza a oscurecerse y a acercarse a territorios más próximos a los del totalitarismo.

Una de las principales características de este relativismo moral es la “neutralización de las críticas”. Ante un caso como el de los tránsfugas -tan execrable desde todos los puntos de vista-, lo lógico es que se hubiera generado un movimiento de contestación transversal a todas las sensibilidades. Pero no ha sido así. Quienes apoyan al partido en el gobierno -el PP-, han considerado que la única moral existente es que “los suyos” se mantengan en el poder a pesar de lo que sea. Por cuanto quienes han denunciado los casos de transfuguismo han sido exclusivamente quienes forman parte de la oposición. La perversión del relativismo moral imperante ha llevado a que todas aquellas críticas vertidas contra la compra de votos sean interpretadas por el espectro conservador de la región como un estricto ataque al partido del gobierno, y no como lo que verdaderamente es: una acusación de fraude electoral que atenta contra los fundamentos mismos de la democracia. “Quienes critican a los tránsfugas y los califican como corruptos están en contra del PP” -ésta sería la fórmula empleada por el relativismo moral para desactivar las críticas. De esta manera, las estrategias de denuncia del transfuguismo son neutralizadas al ser reducidas al gueto de “los cuatro de siempre” -en palabras del “libre de Vox”, Juan José Liarte-, y estereotiparlas, además, como un ataque a la “moral oficial” de la Región de Murcia -que, en un claro ejemplo de milagrosa hipóstasis, coincide con la del partido en el gobierno. La moral ha dejado de ser un escudo contra lo inaceptable para convertirse en su principal elemento de legitimación. Mal futuro nos espera.        

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4 de mayo de 2021 - 07:22 h

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