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“Y tú, ¿dónde viajas estas vacaciones?”

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A comienzos de agosto, un fragmento de la entrevista al cómico murciano Miguel Maldonado en el pódcast Saldremos mejores, conducido por Inés Hernand y Nerea Pérez, se compartió bastante en redes. Maldonado, con su habitual tono donde reflexiones afiladas se camuflan en medio de sarcasmos y chascarrillos, reivindicaba no viajar en vacaciones: “Hace ya años que vengo reivindicando no viajar a no ser que haya un motivo de peso. (…) Ir a un sitio por ir a verlo es de mala educación. Es una cosa ridícula, absurda, allí molestas, además contribuyes a que suban los precios del alquiler, de la hostelería… No hay que ir a los sitios”.

En mi entorno me encuentro cada vez más gente que, incluso aunque pueda permitírselo, decide no hacer un gran viaje en las vacaciones de verano. En algunos casos, esta postura antiviajera esconde en realidad una economía más ajustada de lo deseado y, muchas de las veces, se comparte en entornos de confianza, entre familiares o amigos, y no tanto en redes, donde los viajes por el mundo siguen siendo las historias destacadas de Instagram, aquello que permanece en nuestro perfil y define quiénes somos.

No obstante, la gran cantidad de likes al discurso de Maldonado nos habla de una nueva sensibilidad, un deseo de cambio y un cambio de deseo, es decir, un posible agotamiento de las prácticas de ocio productivo que han caracterizado, especialmente, a la generación millennial. Una posible transición del FOMO (“Fear of Missing Out”) o miedo a perderse algo, al JOMO (“Joy of Missing Out”) o alegría de perderse algo.

Antes que Maldonado, el director español Jonás Trueba intuyó algo de esto en su celebrada película La virgen de agosto. En esta película, Trueba cuenta la historia de una chica madrileña en la treintena que, sin otro plan mejor, se queda a pasar sus vacaciones de verano en Madrid, en ese Madrid tórrido del que escapa todo el que puede. Trueba propone un descanso de Google Maps, Tripadvisor y la Lonely Planet, para revisitar la ciudad conocida, las calles de siempre, pero con otra mirada, otros ojos. Y muestra una paradoja: que un recorrido sin planificar y sin grandes expectativas por tu lugar de siempre puede llegar a sorprenderte y atravesarte igual o más que un viaje hiperplanificado por el sudeste asiático.

Otro ejemplo de esta nueva inclinación hacia la quietud y el descanso es el nuevo libro de Juan Evaristo Valls Boix, profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid, El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (Ariel, 2025). En este ensayo, Valls Boix reactualizada el provocativo libro de El derecho a la pereza de Paul Lafargue, publicado en Francia a finales del siglo XIX, y plantea una crítica mordaz al mantra de la productividad, la competitividad laboral y el crecimiento personal para defender la vida relajada, el bostezo y la decisión de parar.

Dice el autor en una entrevista reciente para Vogue: “Lo que vindica este ensayo es un derecho transversal al tiempo sin objeto. Al tiempo medido, no por su eficiencia, sino disfrutado en su curiosidad, en su exploración, en su abandono”. En el libro se cuestionan las narrativas sobre la identidad y la realización orientadas al trabajo y al ocio convertido en trabajo. El ensayo de Valls Boix viene a conectar con una cierta saturación del discurso neoliberal que obliga al individuo a ser una empresa de sí mismo, donde el éxito laboral, la gestión emocional y la rutina física funcionan como una suerte de autofabricación de individuos preparados para rendir en todos los mercados, de trabajo, de consumo y en el social. Sirva como ejemplo el éxito de libros como los del filósofo coreano Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010) o Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, de Eva Illouz (2007).

Así pues, no debe ser el trabajo ni el ámbito profesional el que nos defina como sujetos. Pero tampoco su contrario, esto es, el ocio convertido en un espacio aún más competitivo y estresante que el trabajo, donde los viajes trufados de actividades y experiencias -socialmente valoradas- nos desgastan más que nuestra empresa.

Son interesantes este tipo de posturas que nos invitan al descanso, a la pereza, a no tener vergüenza en decir que este verano “no hago nada”, aunque 'ese no hago nada' en realidad sean muchas cosas, menos planificadas, como cuidar o buscar planes por la ciudad, como hace la protagonista de La virgen de agosto. Y comprobar, por ejemplo, que tampoco Murcia se vacía en agosto, que hay mucha gente que se queda y que merece seguir teniendo una mínima oferta cultural y recreativa, lugares en los que poder resguardarse del calor y espacios que garanticen su bienestar en verano, como recordaba recientemente la socióloga Marta Latorre en un artículo en La Verdad a propósito de las piscinas públicas.

Sin embargo, también es importante no romantizar en exceso la actitud antiviajera, sobre todo si esconde una condición de privilegio de clase más que una revolución perezosa. Para muchas familias de clase trabajadora las vacaciones, cuando las hubo, fueron la única oportunidad para romper momentáneamente con vidas repetitivas y agotadoras basadas en la explotación laboral y el ocio en el hogar. Y para nosotros, sus hijos e hijas, poder coger un avión en verano y conocer otros lugares supuso un cambio sin precedentes, impensable para ellos.

Sin duda, es una estupidez hacer del trabajo, pero también del ocio convertido en trabajo, el centro de la valoración de uno mismo y del otro, donde nuestras vacaciones compiten en publicaciones en las redes -unas más introspectivas, otras más irónicas, unas más constantes, otras más sutiles donde apenas se menciona el destino- que demuestran hasta qué punto llevamos dentro el espíritu productivista y no sabemos descansar. Pero tampoco conviene olvidar de dónde venimos, saber que hasta hace muy poco moverse era un privilegio de unos pocos, y que no siempre el desplazamiento tiene que ser una experiencia consumista y depredadora. Que así sea.