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Soy Juan Carlos Navarro, idiota

El jugador del FC Barcelona Lassa, Juan Carlos Navarro (d), trata de tapar al jugador del Iberostar Tenerife, Ferran Bassas (i), en el Palau Blaugrana. EFE/Toni Albir

Me gustaría comenzar estas letras con una confesión: cuando era más joven de lo que soy, vivía el baloncesto apasionadamente desde la grada. No es que ahora no lo viva con pasión, pero procuro contener los incontenibles latidos de mi corazón y expresarme de una forma más introspectiva. Sin embargo, antes veía los partidos con mayor profusión en el lenguaje no verbal y sin pisar el freno en el verbal, y participaba tanto en la ‘animación positiva’ hacia mi equipo, como en aquello que podríamos llamar ‘animación negativa’ o ‘guerra psicológica’ hacia el rival de turno. Y puntualizo: el insulto no solía entrar en mis planes; mi guerra psicológica iba más en la línea del humor y del sarcasmo, del dispendio de sustantivos y epítetos floridos, cuanto más rebuscados y absurdos, mejor. Andaba yo llamando “osobuco”, “concomitante” o “filibustero” a tal o cual rival, o acusando el diferente criterio arbitral en una y otra pintura, o alabando el largo del pantalón de los colegiados, y la verdad es que me reía bastante de mi propia simpleza, por lo demás bastante sana, si me permitís la inmodestia.

Así, en una época en la que ‘mi’ CB Murcia estaba sufriendo una etapa de palizas entrelazadas, comenzó a venir por aquí quien ya era un genio prematuro, un ídolo reconocido, el ‘suma cum laude’ de una generación nueva de sobresaliente: don Juan Carlos Navarro. El 7 ante el cual ya me quitaba el sombrero en la Selección Española era el 11 que reventaba sin piedad a mi club. ¿Qué hice yo en uno de esos días? Pues, desesperado, cuando Navarro se fue al banquillo en un cambio, probablemente con veinte o treinta puntos de ventaja para su Barça, le grité: “¿Quién es el once? ¿Ése quién es? ¡Eh, once! ¿Quién eres?”, y añadí un adjetivo peyorativo de baja intensidad: “¡’Flipao’!”. ¿Qué pensáis que hizo Navarro? Pues torció el gesto, elevó la ceja y se puso a buscarme con la mirada por la grada, tranquilo pero desafiante, incrédulo y un tanto contrariado. Está claro que no pilló la ironía; no lo dijo, pero en su cara leí un “soy Juan Carlos Navarro, idiota”. ¿Y qué pensáis que hice yo, entonces? Pues grité algo así como “¡acho, Juan Carlos, es broma! ¡No me jodas, que vais ganando de paliza!”. Ante cualquier otro me habría ahorrado la explicación, pero ante Juan Carlos Navarro me salió de forma instintiva.

Ahora que ya lo sabemos, que ya se ha anunciado su retirada, me vienen (nos vienen) a la mente y a la retina tantos y tantos momentos que he (hemos) vivido, tanta felicidad que me (nos) ha dado Juan Carlos Navarro con un balón y sobre una cancha de baloncesto, y el pulso se me (se nos) vuelve a acelerar, y casi salto otra vez (saltamos) del asiento, y me llevo (nos llevamos) las manos a la cabeza, y me tiro (nos tiramos) de los pelos. Y grito, y gritamos. Esta ‘pérdida’ es colectiva pero la vivimos desde lo más íntimo y personal, desde el yo que éramos cuando éramos felices viéndolo jugar. Desde ese yo más joven, expectante, que disfrutaba del momento y de lo pronto que era. El disfrute doble de saber que estás disfrutando y la seguridad de que te queda mucho por disfrutar. Felices al ganar y al tener un horizonte por delante de seguros triunfos, o quizá de derrotas, pero siempre jugando finales. Con la cabeza alta, mirando de frente.

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Es cierto que dos es más

Es cierto que dos es más

Ningún partido regional está haciendo bandera de la ya vieja conocida propuesta de creación de una segunda provincia para nuestra Región. Además de que con el cambio ganaríamos diputados y senadores, es decir, peso político nacional, algo de lo que no vamos sobrados, dejar que esta reivindicación sea exclusivamente defendida por un partido localista agranda la preocupante brecha entre Cartagena y el resto de la Región, que debe ser un proyecto común y a 45 bandas, lejos de cualquier centralismo.

Es cierto que la provincia de Cartagena es una propuesta tradicionalmente ligada a sectores conservadores. De hecho, Ramón Luis Valcárcel la defendió en su día junto a parte del empresariado de la ciudad portuaria, pero la traición y el olvido del PP a Cartagena es una oportunidad para agregar demandas diversas y hacer posible la transformación política que necesitamos a nivel regional.  Desde que en 1833 Cartagena dejó de ser una provincia marítima para ser parte de Murcia ha perdido visibilidad, castigada recientemente por la ausencia de cohesión territorial en las políticas públicas regionales, y su identidad se diluyó con los gobiernos de PP y PSOE, que consiguieron arrinconar al Partido Cantonalista –movimiento político que incluso ocupó la alcaldía entre 1987 y 1991–.  En 2015 las cosas empezaron a cambiar y Movimiento Ciudadano ha conseguido reactivar un sentimiento nunca muerto que es hoy ya un movimiento social de considerables dimensiones. Sin embargo, hay que recordar a parte de los miembros de este movimiento que el problema político que afecta a Cartagena nada tiene que ver con los murcianos, sino con quién ha ostentado el poder. Es equivocada la estrategia que rechaza construir Región en común, como equivocada es la estrategia de no atender a las demandas cartageneras de dignificación.

La provincia es un proyecto viable económicamente, imprescindible políticamente y con cobertura legal. La Región de Murcia atraviesa una preocupante crisis de identidad colectiva (si es que eso existió alguna vez), que solo se puede revertir reconociendo e impulsando las innegables diversidades de esta tierra.  Y esta bandera la tienen que levantar, necesariamente, las opciones progresistas, pues nadie más está dispuesto a comprender que los territorios, da igual que sean países o regiones, no pueden formarse de espaldas a las gentes que los conforman. Además, reconocer a Cartagena como sujeto político es una interesante forma de practicar regionalismo. Son más los cartageneros que no odian a los murciano; simplemente están hartos, como también lo están los habitantes de otros pueblos y comarcas,  de que la vida empiece y termine en Trapería.

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La Paz, El Carmen y los buitres

Caseta de ventas de López Rejas en el solar de la guardería de La Paz / MJA

Como decía aquel, ‘Murcia no typical’. Efectivamente lo que no se barrunte en Murcia no se barrunta en ninguna parte. Y aquí sobre urbanismo se ha barruntado todo, incluso lo más inverosímil, y ha logrado salir adelante para convertirse en un pelotazo. Cuando traté de explicar en un foro en Madrid que en Murcia había una práctica conocida como ‘teletransporte’ de edificabilidad, los que me escuchaban no daban crédito: ¿cómo se le puede dar la misma edificabilidad a un barranco situado en el pico de una montaña que a una parcela urbanizable en el valle?, preguntaban atónitos al percatarse de que eso significaba asignarle el mismo valor económico al metro cuadrado del picacho barrancoso que al suelo urbanizable previsto dotar de servicios urbanísticos.

Pues sí, eso es así porque así lo han decidido los políticos murcianos, y así lo han avalado una serie de altos funcionarios puestos a dedo por esos políticos, y ello utilizando tres artículos del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Murcia con una redacción ambigua y contradictoria que, convenientemente retorcidos e interpretados, dan cabida a aparentar que amparan esta kafkiana práctica del ‘teletransporte’. Kafkiana y absurda, pero que durante los años en los que se materializó convirtió en millonarios a unos cuantos promotores espabilados, y es de suponer que también a ese puñado de políticos y altos funcionarios indispensables para poder llevarla a cabo.

Otro ejemplo: la desprotección de todo el suelo de huerta del municipio tan solo cuatro años después de haberlo protegido, y ello sin hacer una evaluación de impacto ambiental ni informes que se le pareciesen. Así por las bravas. Y coló esa desprotección de 75 millones de metros cuadrados de huerta tradicional de la noche a la mañana sin que nadie abriese la boca. Otra hazaña de los mismos políticos y altos funcionarios que ya tenían en su haber el milagro del ‘teletransporte’.

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El legado de Paco Martín

Fallece Paco Martín, director de La Mar de Músicas

Es difícil generar unanimidad a la hora de que valoren tu aportación a la sociedad. Incluso cuando te has ido de este mundo. Eso está pasando con Paco Martín, creador de La Mar de Músicas, en Cartagena, una de las demostraciones culturales que más han aportado a esta Región. Y que más quebraderos de cabeza le ha dado a este gestor cultural, fallecido este martes a los 61 años, que también tuvo sus días de vino y rosas con su criatura.

No quiero ser presuntuoso pero me atrevería a asegurar que Paco Martín ha hecho por la música, en particular, y por la cultura, en general, de esta comunidad autónoma, mucho más que casi toda la pléyade de gestores con los que ha contado su gobierno a lo largo de estos años. La Mar de Músicas nos puso en el mapa nacional, e incluso internacional, con presencia asidua en los telediarios, las emisoras de radio y los principales periódicos de este país. A mí, en particular, y será algo que le agradeceré eternamente, me posibilitó entrevistar para TVE a uno de los mitos de la canción italiana, Gino Paoli, quien recaló para ser premiado en su edición de 2015 con su "Sapore di sale, sapore di mare".

A Paco Martín lo recordaremos siempre no solo por lo que hizo sino por cómo lo hizo. La Mar de Músicas sobrevivirá a su mentor porque esa era la idea última que atesoraba. En una tierra donde la cultura sigue siendo una 'maría', como aquellas asignaturas nuestras del bachillerato, que aflorara gente como él o como Alberto Nieto, en el Festival de Jazz de San Javier, era casi un milagro. Y que los políticos confiaran en ellos, casi una alegoría.

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El Faro de Cabo de Palos es de todas y todos

El Faro de Cabo de Palos

El año pasado, tras más de 150 años alumbrando nuestros mares, el mayor icono de la Costa Cálida y uno de los símbolos por antonomasia de la Región de Murcia sufrió la primera tentativa de perder su titularidad pública tras una partida de póker con unas cartas más descubiertas de lo que se pensaba.

El 20 de marzo de 2017 dos empresarios formaron la sociedad denominada “Faros de Levante S. L.” y, a finales de este mismo mes, expusieron un proyecto de privatización del Faro de Cabo de Palos a la Autoridad Portuaria de Cartagena.

Esta empresa de nuevo cuño contaba con el ex diputado del PP Andrés Ayala como asesor legal, por lo que no es de extrañar que, tras la proposición no de ley presentada por el diputado popular Teodoro García en el Congreso de los Diputados el 18 de abril, saltasen todas las alarmas en Cabo de Palos. Un hotel y un restaurante se barajaban como posibles opciones para la explotación del edificio. El faro estaba en peligro.

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Abarán: Quintaesencia frutal

Abarán: Quintaesencia frutal

El ínclito don Bernardo Espinalt y García, cronista y oficial del Correo General de la Corte de España, no tuvo a bien describir la villa de Abarán en el tomo correspondiente al «Reyno de Murcia» de su obra magna «Atlante español, o descripción general de todo el reyno de España» (Madrid, 1778). Ni dispuso de espacio para incluirla en el sumario «mapa del reyno de Mvrcia dividido en svs partidos» con que abría su documentado libro. Junto al río, en el mapa sumario que incluye en la obra, sólo destacan dos referencias toponímicas: Cieza y Ricote.

No mucho más expresivo al respecto fue Fray Pablo Manuel Ortega en su obra «Descripción Corográfica». En ésta, fija en once los lugares del valle de Ricote, que da nombre a la comarca, de la que es indiscutible cabeza. Todo queda reducido a una mención de pasada: «De estos once lugares cuatro están a la banda del Norte de dicho río —como esta ciudad de Murcia— y los otros siete a la del Austro. Los cuatro del Norte son: Lorquí, Ulea, Blanca y Abarán. Los del Austro: Ricote, Villanueva, Archena, Ojós, Alguazas, Cotillas y Ceutí». Santa palabra.

Tirando de apuntes, para unas notas de andar y ver de la región, recupero del olvido para la memoria dos apuntes descriptivos de Abarán y su comarca que me pareció obligado incluir en «Murcia desde el cielo (1995)». El primero de ellos alude a la villa propiamente dicha y el segundo a sus celebradas norias.

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Destrucción a toda costa

Bahía de Portmán

Hace poco tiempo conocíamos los informes  “A toda costa” de Greenpeace y  “Banderas Negras” de Ecologistas en Acción sobre el litoral español, que vienen a señalar el lamentable estado de nuestras costas y a confirmar el deterioro imparable y continuo de nuestras costas basado en la especulación urbanística unidad a la presión sobre las playas y zonas no urbanizadas.

Nuestro litoral es un ecosistema bastante frágil con una la baja cobertura vegetal del territorio costero y pequeñas extensiones del matorral muy reducidas. En 1992 se creaban nuestros seis espacios naturales protegidos del litoral murciano (tres parques naturales y tres paisajes protegidos) con el 5,3% de la superficie costera pero desde esa época no se ha producido ninguna ampliación de la protección de nuestro litoral. Por otra parte, La bahía de Portmán ha sido y sigue siendo el escenario de uno de los mayores y más graves casos de contaminación industrial en todo el litoral del Mediterráneo.

La urbanización de las playas se ha incrementado y como consecuencia de ello, las playas naturales sin urbanizar se han reducido casi un 4%”; a esto se añade la degradación del paisaje natural de nuestras costas y el aumento del riesgo de erosión. Tenemos también el dudoso honor de que el parque regional de Cabo Cope-Puntas de Calnegre sea uno de las zonas costeras más contaminada por residuos plásticos de todo tipo como señalaba un reciente estudio.

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Los buenistas

Foto difundida por EFE en 1940 de la entrevista de Franco y Hitler en Hendaya. La imagen de los dictadores fue superpuesta y procedía de otra foto de más calidad.

A veces en la vida, sobre todo en vacaciones, es conveniente divagar, soltar las riendas, y equivocarse. Eso promueve la polémica, porque tener siempre la razón resulta aburrido y poco estimulante, además de imposible.

Permítanme que les plantee una cuestión peliaguda y muy polémica; en todo caso muy adecuada para una relajada siesta de agosto. El interés de dicha cuestión no está en su originalidad, sino en el fondo asunto:  cómo lo vemos cada un@ de nosotr@s.

Antes, creo que es conveniente que nos pongamos de acuerdo en algo básico. Para ello les sugiero lo siguiente: Imaginen una encuesta promovida por el Ministerio de Ética  en el año 3641, con una pregunta y dos únicas  respuestas: “¿Se considera Vd. Buen@ o Mal@?  Marque la B o la M. Muchas gracias”.

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Es mejor que haya tontos

El voto útil

En su ‘Escuela de mandarines’ (1974), el escritor caravaqueño Miguel Espinosa sostenía que "la casta que sistemáticamente engrandezca al bobo, reinará perpetua, porque los memos solo piden beneficios y rito". Y concluía que la Gobernación no necesita intelectos, sino sumisiones.

Habitamos un país en el que los discursos se construyen a golpe de tuit y no desde la tribuna del Parlamento; donde la manija no la suelen llevar los mejores sino los más oportunistas; donde la mediocridad es la norma, y la excelencia, la excepción; y donde no ha lugar para la verdad que, como en el caso del poder, era para Espinosa “esa pelandusca manoseada por la gentecilla”.

Muchos son los que aún creen que los problemas se solucionan tan solo votando cada equis tiempo. Ya hemos visto lo que el actual sistema electoral ha resuelto con ese procedimiento últimamente en nuestro país. Y es que no es lo mismo votar sin juicio aparente que hacerlo en calidad de electores informados. Vivimos en un país donde por lo general se vota a las siglas, sin detenerse no ya a ojear el programa, hecho para no cumplirse, que dijo el viejo profesor, sino a mirar por encima el pedigrí del candidato. La inteligencia nada engendra sino rebeldía, aseguraba Espinosa en su vasta obra, pero la necedad enmucetada y condecorada produce colaboracionistas, aseveraba concluyente. Y resolvía: “Los más sabios guiñan el ojo y confiesan: mejor es que haya tontos”.

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Lo que nos traerá la orden de precios universitarios 2018-2019

Claustro del campus de la Merced, Universidad de Murcia / um.es

A finales de julio estará lista la nueva orden de precios públicos por servicios académicos de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Lo hará, un año más, con retraso respecto al plazo de inicio de matriculación. Y lo hará, un año más, sin la igualación del precio de los másteres respecto a los grados y sin la bonificación del 99% de los créditos aprobados en primera matrícula para no becarios, una medida que garantiza la progresiva gratuidad de la educación superior.

Que cada asignatura aprobada te haga no tener que pagar otra es una medida razonable e incentivadora. Más allá de las idas y venidas del sistema de becas o de sus particulares baremos –que hacen perder en ocasiones la beca a buenos estudiantes–esta medida permitiría a muchas compañeras y compañeros cursar sus estudios de Grado abonando casi únicamente el primer curso, con un ahorro del 75% de los costes, y a los estudiantes de Máster, habilitante y no habilitante, afrontar sus estudios de posgrado de forma casi gratuita. Es una propuesta moderna y que mitigaría los efectos de la pérdida de beca para muchos compañeros y compañeras, a los que tampoco llegan unas exiguas ayudas al estudio propias. Es cierto que de esta medida se pueden beneficiar alumnos de familias con un alto poder adquisitivo, pero es que los servicios del Estado de Bienestar no se deben financiar por precios públicos, sino a través de un sistema tributario progresivo capaz de redistribuir la riqueza.

La gratuidad de la educación superior da buena cuenta de la fortaleza y madurez de un Estado de Bienestar y es un instrumento fundamental para luchar contra la desigualdad dentro y fuera de los límites de las instituciones educativas. Es un verdadero “mazazo” que los estudiantes murcianos no puedan disfrutar de esta bonificación mientras que a 200 kilómetros, en la Universidad de Almería, ya está puesta en marcha. También lo estará dentro de poco en otras regiones como Extremadura o Valencia. Se trata de un problema de voluntad política por parte del Gobierno regional. Los aproximadamente 15 millones en los que se cifra su coste –compensación por pérdida de ingresos que se debería hacer– no deben ser tan difíciles de cuadrar en un presupuesto que supera los 4.500 millones de euros, si bien, como en todo presupuesto, la asignación de partidas responde a un orden de prioridades coincidente con los valores del Ejecutivo que lo redacta.

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