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María Sanz de Sautuola, la niña que descubrió Altamira

María Sanz de Sautuola (Santander, 1871 - Santander, 1946) pasó a la historia un día de verano de 1879, cuando se convirtió en la primera persona en contemplar las pinturas de Altamira desde que la entrada de la cueva se derrumbó hace 13.000 años

María, que tenía ocho años cuando descubrió las pinturas, acompañaba a su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, paleontólogo aficionado que catalogó el hallazgo y lo defendió durante años de la incredulidad de la comunidad científica

Ilustración de María Sanz de Sautuola | ANDREA FERNÁNDEZ DIEZ

Ilustración de María Sanz de Sautuola | ANDREA FERNÁNDEZ DIEZ

Un día acompaña a Marcelino Sanz de Sautuola su hija María, chiquilla de nueve años. Mientras el padre examina unos utensilios que acaba de desenterrar, la niña corretea por la gruta. De pronto, levanta la mirada hacia lo alto de la cueva y grita:
"¡Papá, mira, toros pintados!"
(Kühn, H. 'El arte de la época glacial')

Ocurrió hace 35.000 años: un ser humano de aspecto tosco entró en la cueva de Altamira. Así comenzó una historia fascinante. Aquel homo sapiens errante, del que por supuesto lo ignoramos todo, fue el primer residente de un lugar que permaneció habitado de manera ininterrumpida durante los siguientes 20.000 años. Altamira fue durante doscientos siglos el espacio central de diversas culturas prehistóricas que se desarrollaron en las cercanías de lo que hoy es Santillana del Mar. Aquellos hombres dejaron de su paso, como testigos mudos, los despojos de su día a día: puntas de flecha, huesos tallados, buriles, raspadores, cuentas y colgantes. Sobre las paredes y el techo de la cueva dejaron algo más, algo que permanecería oculto durante casi 13.000 años. Algo que asombraría al mundo moderno.

En 1868 un hombre llamado Modesto Cubillas buscaba a un perro extraviado por los alrededores de Altamira. Cubillas procedía de Asturias y se ganaba la vida como labrador y tejero. Como todo el mundo en la zona desconocía la existencia de la cueva. Hemos dicho que el tesoro de Altamira fue ignorado por el mundo durante 13.000 años y todo tiene una explicación: la entrada principal de la cueva había quedado sellada por un derrumbe y durante 130 siglos a nadie se le ocurrió que en aquel lugar inofensivo latía el corazón adormecido de un descubrimiento deslumbrante.

La situación, después de tanto tiempo de espera, es la siguiente: Cubillas encuentra a su perro atrapado entre las grietas de una pared de roca. Al intentar liberarlo las piedras ceden, la entrada queda al descubierto y Altamira se muestra a unos ojos humanos por primera vez desde el Paleolítico Superior.

Cubillas vio oscuridad y polvo. Quizás intuyó a vislumbrar también, sin reconocerlo, el peso de los milenios amontonados. Viera lo que viera, no se tomó la molestia de entrar. Sí se tomó el tiempo, en cambio, de llevar la noticia del descubrimiento a Marcelino Sanz de Sautuola, un rico propietario local para el que había realizado trabajos esporádicos de poda en sus fincas. Sanz de Sautuola escuchó al labrador, le agradeció la información, y lo despidió, indiferente. Sanz de Sautuola, aficionado a la paleontología, sabía que la zona se encontraba sobre un terreno kárstico en el que las grutas se contaban por miles. ¿Qué diferencia hacía una más?

María Sanz de Sautuola nació en Santander en 1871. Pasó su infancia en la finca de su familia en Puente San Miguel y en 1879, a los ocho años de edad, se convritió en el primer ser humano en 13.000 años en contemplar las pinturas de Altamira.

María Sanz de Sautuola nació en Santander en 1871. Pasó su infancia en la finca de su familia en Puente San Miguel y en 1879, a los ocho años de edad, se convritió en el primer ser humano en 13.000 años en contemplar las pinturas de Altamira.

Sanz de Sautuola no visitó la cueva hasta 1875. Cuando lo hizo recorrió una de las galerías principales y descubrió signos que se repetían en un patrón definido. Rayas laterales que parecían hendiduras en la piedra y que pasó por alto, convencido de que no tenían un origen humano. Altamira, que había esperado 13.000 años, esperó un poco más, hasta 1879. Un día de verano de aquel año Sanz de Sautuola regresó a Altamira con la idea de excavar la entrada de la cueva en busca de restos de presencia humana. Lo acompañaba una niña de ocho años, su hija María.

Casi todo lo que se sabe de María Sanz de Sautuola está contenido en ese día de verano de 1879. Había nacido en 1871, en Santander, y murió en la misma ciudad 75 años más tarde, en 1946. Creció en Puente San Miguel, en la finca de 300 hectáreas que poseía la familia. En 1898 se casó con Emilio Botín López, un matrimonio que puso la primera piedra de una de las dinastías familiares más conocidas de Cantabria.

María Sanz de Sautuola fue la primera persona que vio las pinturas de Altamira en 13.000 años. Mientras su padre excavaba la entrada de la cueva, la niña se adentró por una gruta lateral y miró hacia el techo. Por las rocas ondulaban bisontes de piernas delgadas y gibas macizas, caballos, figuras que recordaban a hombres de aspecto geométrico, huellas de manos humanas. La niña corrió al lado de su padre. Le dijo que dentro había visto vacas pintadas. Así terminó una historia que había comenzado 35.000 años antes.

Marcelino Sanz de Sautuola supo interpretar la importancia del hallazgo. En menos de un año redactó un informe titulado Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander y presentó las pinturas en público. El debate no se hizo esperar. La mayoría de los expertos desacreditaron el descubrimiento y la datación de Sanz de Sautuola. Consideraron que unas pinturas tan evolucionadas no podían haber salido de la mano de un sapiens del Paleolítico. Los arqueólogos franceses Gabriel de Mortillet y Émile Cartailhac, máximas autoridades de la época en la materia, llegaron a insinuar en el Congreso Internacional de Lisboa de 1880 que las pinturas eran falsas.

 María realizó su descrubrimiento mientras acompañaba a su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, en una visita de exploración a la cueva. Marcelino catalogó el descubrimiento y lo defendió durante años ante una comunidad científica que siempre le dio la espalda.

María realizó su descrubrimiento mientras acompañaba a su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, en una visita de exploración a la cueva. Marcelino catalogó el descubrimiento y lo defendió durante años ante una comunidad científica que siempre le dio la espalda.

Tampoco a nivel nacional el descubrimiento tuvo recorrido. Después de todo, Sanz de Sautuola era un abogado demasiado rico para ejercer que se dedicaba a la paleontología por afición. Los expertos del país rechazaron sus hipótesis. La Institución Libre de Enseñanza concluyó que las pinturas habían sido realizadas por legionarios romanos. Solo el catedrático de Paleontología de la Universidad de Madrid Juan Vilanova y Piera y el periodista de la Ilustración Española y Americana Miguel Rodríguez Perrer defendieron la veracidad de las pinturas. Marcelino Sanz de Sautuola murió en 1888, con sus trabajos sobre Altamira ampliamente rechazados por la comunidad científica.

Hoy sabemos que los bisontes que María Sanz de Sautuola confundió con vacas fueron pintados hace alrededor de 15.000 años, durante el periodo magaleniense, por los últimos hombres y mujeres que vivieron en Altamira. Sabemos que los trazos uniformes que Marcelino Sanz de Sautuola confundió con grietas habían sido realizados durante el periodo añuriense, hace más de 35.000 años. Sabemos que hubo hombres y mujeres habitando Altamira durante 20.000 años y que durante 20.000 años aquellos hombres y mujeres dejaron rastros de su cultura en las paredes de la cueva.

En 1895 se descubrieron los grabados de la Mouthe, en Francia. Henri Breuil publicó en 1902, un estudio basado en la Mouthe en el que confirmaba el descubrimiento de Altamira. El principal crítico de las pinturas, Émile Cartailhac, visitó la cueva en 1902 acompañado de Breuil y admitió su error. Cartailhac se acercó hasta la finca familiar de los Sanz de Sautuola en Puente San Miguel y pidió disculpas a María por haber desacreditado su descubrimiento. En un artículo publicado poco después y titulado de manera directa Mea Culpa d'un sceptique reconoció la autenticidad de Altamira y la exactitud del trabajo de Marcelino Sanz de Sautuola.

En la actualidad la cueva de Altamira está catalogada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tras permanecer cerrada al público durante años por el desgaste que las visitas produjeron en los pigmentos de las pinturas a lo largo del siglo XX la cueva se reabrió con polémica y contra la opinión de los conservadores en 2014: a día de hoy cinco personas a la semana pueden visitar la gruta original durante 37 minutos. En 2001 se inauguró el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, en el que se puede acceder a la Neocueva, una réplica de la cueva con sus pinturas que recibe más de 250.000 visitantes al año. El conjunto que descubrió María Sanz de Sautuola está considerado una de las muestras más importantes del arte prehistórico. La historia empezó hace 35.000 años, en un valle donde pacían los bisontes y se desperezaba la humanidad, cuando un hombre de aspecto tosco entró por primera vez en una cueva que ofrecía buenas perspectivas de asentamiento para una comunidad vagabunda. 

Hoy sabemos que las primeras pinturas encontradas en Altarmira tienen cerca de 35.000 años. Los bisontes pintados en el techo, la parte más representativa del conjunto, fue realizada durante el periodo Magdaleniense, hace 15.000 años. Altamira está considerada uno de las muestras más importantes del arte del Paloelítico.

Hoy sabemos que las primeras pinturas encontradas en Altarmira tienen cerca de 35.000 años. Los bisontes pintados en el techo, la parte más representativa del conjunto, fue realizada durante el periodo Magdaleniense, hace 15.000 años. Altamira está considerada uno de las muestras más importantes del arte del Paloelítico.

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