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Cambiar los muebles de sitio

No inmiscuirse en la vida privada y en el pensamiento de los demás puede entenderse como una defensa del liberalismo. Yo prefiero llamarlo ecología mental.

Casado presenta su candidatura como de "integración real" y de la unidad

El presidente del PP, Pablo Casado. | EFE

Un día, el fotógrafo de un periódico recibió el encargo de hacer unas fotos a una monja para un reportaje. Llegado al lugar en donde vivía recluida, fue dirigido a una estancia donde esperarla. Como la monja se retrasaba, el fotógrafo cambió una mesita de sitio. Quedaba mejor para la foto. Unos minutos después, la monja seguía sin aparecer y lo que cambió de sitio fue una butaquita. Un cuarto de hora después, el tresillo, un aparador con estampitas y dos cuadros mudaron de lugar. Ya puestos en faena, y visto que la monja no aparecía, no quedó nada de la habitación en su sitio. Cuando la monja abrió la puerta, se encontró a un joven sin resuello y un cambio total de decorado. La monja quedó en suspenso unos segundos y finalmente, con la mano aún en el pomo de la puerta, dijo:

-Usted disculpe, me he equivocado.

Y se fue.

Los políticos en muchas ocasiones son como el fotógrafo del periódico: tienen una tendencia irresistible a cambiar los muebles de sitio. Es cierto que pueden justificarlo de varias maneras, pero realmente es una monomanía irrefrenable. Del mismo modo que los hay más respetuosos con el entorno que encuentran; otros, tarde o temprano, acaban cambiando el aparador de lugar.

No es por aburrimiento, es por esa tendencia irrefrenable al endiosamiento y la dictadura de lo íntimo, esa necesidad que tienen no solo de dirigir la sociedad y gestionar la 'res publica', sino también de decirle a los ciudadanos dónde tienen que poner los muebles en su casa, lo que, desde hace milenios, exactamente desde que san Pablo se cayó del caballo, se reduce a dos cosas: a quién hay que amar y qué se puede hacer con el aparato genital.

El amor, tanto en teoría como en la práxis, es cosa que se dirige al coleto. Pero no falta quien se dirige a los demás diciéndoles cuál es el amor o pensamiento conveniente para su coleto y qué ha de hacer con su aparato, lo cual se acompaña, para quien no se dé por aludido, de una caterva de policías del pensamiento y una serie legislativa para reprimir toda disidencia.

Hoy tenemos lo de siempre, pero abiertamente manifestado. Se reparten certificados de compromiso y/o amor patrio, se proponen sin recato listas de desafectos potencialmente represaliables, se manifiestan deseos nada inconfesables de control ideológico de funcionarios, marcaje social de elementos díscolos, incursiones en la libertad de cátedra, de prensa y en los proyectos curriculares con conceptos como el diseño inteligente, el negacionismo, la seudociencia, la inteligencia emocional, el darwinismo racial y la ya milenaria educación religiosa, por no hablar de la educación financiera de tiernos infantes, la meritocracia y el consumismo salvajes, el soma televisivo y el no menos milenario deporte. Acabarán proponiendo carnés de ciudadanía como en China, y al igual que a chinos, si somos buenos chicos, podremos viajar en tren o en avión a la costa alicantina y alojarnos en un hotel, cosa que no podrán hacer los irreductibles.

Uno puede llevar la vida que quiera pero hay quien no puede evitar decir a los demás cómo tienen que llevar la suya. Descubrimos que las mujeres deben reflexionar sobre lo que llevan dentro cuando quedan encintas y no falta quien comprenda que si se quedan en casa y alimentan al caballero de vacía armadura con el que conviven se ahorrarán desagradables episodios como una violación en grupo a las cuatro de la tarde.

Tampoco hay que equivocarse de voto ni mantenerse de brazos cruzados cuando hagan el paseíllo los amantes de lo patrio, callado está dicho. Como calvinistas, se dicta que las cosas van mal cuando no se piensa en la dirección correcta, cosa que muchas veces ocurre, quod erat demonstrandum, aunque se omite el detalle de que si va mal puede darse al contexto y a alguna ayudita interesada de quien no piensa igual.

No inmiscuirse en la vida privada y en el pensamiento de los demás puede entenderse como una defensa del liberalismo. Yo prefiero llamarlo ecología mental porque en casa de cada uno la amuebla cada cual la amuebla como le peta.

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