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Cuando nievan pavesas

El de Santander fue un incendio extraño, extemporáneo, que marcó profundamente con su simbolismo a toda una generación. Todos recuerdan dónde estaban, qué hacían aquel día.

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Antonio San Miguel es el ciclista profesional más veterano de los que quedan en Cantabria. Alguien que corrió con los Trueba, con Vicente, con Fermín, también con Chele o Manuel. Alguien que ganó la primera competición de la Subida a la santanderina Cuesta de la Atalaya. Un recuerdo de otros tiempos.

Hace unos meses a Antonio lo entrevistaron en la radio. Cuerpo pequeño, aun curtido, memoria prodigiosa que recuerda sin tacha. Le preguntaron por la bici, claro, por cuando se retiró y fue hombre de confianza de Bahamontes, de Ocaña, por aquel Tour del conquense que él, contaba, le ayudó a ganar. Y por el incendio, claro. El incendio. No hace falta decir cuál, de dónde, de cuándo. El Incendio.

A Antonio el incendio le pilló haciendo el servicio militar en Cáceres, creo, hablo de memoria y la mía no es como la de él. Tan trágico fue que le dieron cuatro o cinco días de permiso para que viniera a su hogar, para ver a su familia, su vivienda, sus amigos. Recorrer toda España en uno de aquellos trenes que avanzaban a paso de mula, con asientos de madera y un traqueteo que batía por completo los huesos. Y el temor en la mente, claro. Qué habrá, qué me espera.

Dice que muchos kilómetros antes de llegar empezó a oler a quemado, que toda Cantabria tenía ese aroma que algunos han recordado no hace demasiado, con los incendios del pasado diciembre. Que cuando se iba acercando a la ciudad empezó a nevar, y no sabía qué ocurría, porque no hacía frío, no había nubes en el cielo. Que eran, claro, pavesas, trocitos de ceniza gris que venían a posarse, bromistas, sobre la cabeza de los hombres. Y que todo, o casi todo, estaba derruido. Apenas un vistazo a aquel esqueleto urbano y vuelta al ferrocarril. Tenía que volver. Cuatro días en aquella España era tiempo insuficiente si viajabas en transporte público…

Antes las ciudades se quemaban. En épocas históricas, digo. En la preciosa 'La Poesía de los números', Daniel Tammet cuenta cómo el mismo Tolstoj pone en tela de juicio la opinión tradicional sobre el incendio de Moscú durante la invasión napoleónica. Para el escritor, y para algunos historiadores, no fue producto de una política de tierra quemada por parte de los rusos, sino un hecho casi "lógico" cuando los franceses entraron en aquella capital y se hacinaron en lugares poco adecuados, haciendo numerosas hogueras y no manteniendo el cuidado que los lugareños sí tenían. Siglo y medio antes la ciudad de Londres había ardido hasta sus cimientos, creando un pozo de caos y restos del cual emergió la moderna capital. Incluso, dentro de nuestra escala, hay varias obras publicadas que recogen diferentes incendios acaecidos en Cantabria durante la época moderna.

Con esto quiero decir que lo de los incendios no era algo, en modo alguno, extraño para los habitantes de estas tierras hace cien o doscientos años. Casas con la madera presente como uno de los materiales principales, habitáculos donde el fuego para cocinar se encendía de forma rudimentaria e, incluso, algunos otros elementos típicos del paisaje cántabro, como las solanas, hacían que las llamas aparecieran de forma periódica dejando tras de sí daños de diferente magnitud. En ocasiones, una vivienda. En otras, barrios enteros. O más.

La ciudad de los ricos, de los burgueses, de quienes tenían dinero. Esa se mantuvo. O se acabó reconstruyendo, ya me entienden. Fue la otra, la del vecindario, la antigua, tradicional, la que quedó arrasada por las llamas.

Por eso, las ordenanzas concejiles, esos cuerpos legales que rigieron la vida diaria en los pequeños pueblos montañeses durante siglos, recogían siempre previsiones de cara a los incendios. Cómo prevenirlos. Cómo intentar apagarlos. Cuántos árboles del monte común podían talar los perjudicados para reponer sus pérdidas. El que todos los vecinos tuvieran que ayudar a levantar de nuevo las casas que habían sido arrasadas por el fuego (sí, esto se hacía así, aunque hoy en día parezca increíble). Esas cosas.

Nada de ello ocurrió, claro, con el gran incendio de Santander. Por extemporáneo. Por, también, extraño en su contexto. Porque no hablamos ya de esos fuegos que arrasaban villas en época del Antiguo Régimen, cuando concurrían las circunstancias particulares que vimos más arriba. Y tampoco pensamos en el medio rural, en esas casas construidas casi íntegramente con madera.

No, en eso también fue particular el incendio de Santander. El que se llevó por delante casi todo lo que quedaba de la villa medieval y moderna, de esa que enseñoreaba la costa cantábrica junto con las otras tres. El que apenas tocó nada de la nueva ciudad surgida en el siglo XIX, sobre todo al amparo de la aparición de la banca y de los últimos coletazos del comercio de ultramar. La ciudad de los ricos, de los burgueses, de quienes tenían dinero. Esa se mantuvo. O se acabó reconstruyendo, ya me entienden. Fue la otra, la del vecindario, la antigua, tradicional, la que quedó arrasada por las llamas. Hasta en eso fue particular el incendio de Santander. 

Nada, claro, de los aspectos señalados más arriba sobre los incendios "menos importantes", de la posibilidad de cortar árboles del monte común, de la ayuda vecinal. Otros tiempos, otros lugares. La nueva política del Régimen, que en 1941 ni era nueva ni tenía necesidad siquiera de disfrazarse de política, se enseñoreó de la catástrofe y puso todo de su parte para forrarse con ella. Y quien tantas veces fue torpe se mostró extremadamente habilidoso en ese sentido, como bien pueden ustedes leer en otras páginas de este mismo diario (solamente en este, ojo). Yo nada más que actúo, aquí, de prologuista.

Y volvemos al principio, a ese ciclista-soldado que tuvo que cruzar media España para llegar a Santander, contemplar ceniza, miseria y dolor, y volverse a subir en aquel tren perezoso y doliente. El mismo que recuerda perfectamente lo que hacía cuándo le dijeron que la ciudad, su ciudad, estaba siendo arrasada por las llamas. Porque aquel incendio se le clavó a toda una generación de santanderinos en la retina, a toda una generación de cántabros en la mente. Es difícil sobreestimar el impacto simbólico que tuvo entre la población de la época. El mismo que hoy hace recordarle, en algunos sitios con todo el boato y la pompa, no se vayan a creer. Cosas veredes. Y tal.

Por cierto, hace poco más de un mes quedaron calcinadas miles de hectáreas de monte en Cantabria. Sé que dentro de 75 años nadie va a pensar en ellas, y quizás hasta sea lógico. Quizás. Pero, insisto, fue hace 45 días, y en algunos sitios casi rescoldan. Pues eso. Que también allí hubo fuego, también nevaron pavesas. No se me olviden. Que olvidamos fácil.

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