Una agresión contra América Latina, una amenaza global

4 de enero de 2026 22:24 h

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En la memoria de varias generaciones de latinoamericanos y europeos perduran aún las intervenciones militares de Estados Unidos contra América Latina durante la segunda mitad del siglo XX. La gravedad y las consecuencias de aquellas operaciones tiñeron de sangre numerosos países, perpetuaron dictaduras dóciles a los intereses de Washington y alimentaron conflictos a lo largo de todo el continente, desde el sur del Río Bravo a la Patagonia. Cuando en los inicios de 2026, vemos repetirse un esquema mediante el cual Estados Unidos, previa intervención de la CIA, secuestra a un jefe de Estado de un país soberano, la memoria colectiva se activa de inmediato.

Nadie con criterio propio cree que Trump ataca Venezuela para luchar contra el narcotráfico. Como tampoco nadie cree que lo hace para defender la democracia. Él, que recibió hace solo unas semanas a Mohammed Bin Salman con honores en la Casa Blanca. Como en el siglo XX, lo que prima es el control de los recursos naturales y la riqueza ajena. Y ahora ni siquiera se disimula: “Nos vamos a ocupar del petróleo”, subrayó abiertamente en su comparecencia.

La línea roja atravesada en Venezuela abre muchos más interrogantes que certezas y dibuja un mundo de anomia en la esfera internacional. Hoy, todos los demócratas deberían criticar con contundencia la violación del derecho internacional. Aunque esa ha sido la tónica de las primeras reacciones entre los principales líderes, la tibieza de algunos Estados y la falta de contundencia de la Unión Europea son un error muy serio, especialmente cuando sobre la mesa hay un plan explícito de injerencias en todo el hemisferio occidental que incluye a los países europeos.

Pero también es necesario hacer una lectura crítica del rol que están jugando los supuestos aliados de Venezuela. La mayoría de los analistas coinciden en no esperar que China y Rusia pasen de la política declarativa de las últimas horas. Como tampoco jugaron ningún rol disuasorio real previamente, priorizado su propia agenda. En el actual contexto de equilibrios geopolíticos, esa inacción ayudó, muy probablemente, a que Trump ordenase un ataque como este.

La incertidumbre reina tras la agresión. Aun siendo pronto para hacer pronósticos a largo plazo, se pueden dibujar algunas consecuencias, tanto en el tablero internacional como en el latinoamericano. En su intervención desde su residencia vacacional, Trump repitió varias veces que Estados Unidos va a liderar Venezuela, lo cual agrava aún más el escenario. Una cosa son las intervenciones en África, Asia Central u Oriente Medio, donde no estaría de más recordar sonoros fracasos, como Iraq o Afganistán. Otra es invocar la guerra en una de las pocas regiones del mundo donde, pese a las múltiples tensiones, había paz.

No es la primera vez que Estados Unidos confía en exceso en su supremacía militar, incuestionable para desplegar operaciones como la que acabamos de ver, pero de dudosa utilidad para aplicar un plan viable el día después. ¿En nombre de quién Estados Unidos está legitimado para gobernar Venezuela? ¿Qué esperan que ocurra si ninguno de los actuales miembros del Gobierno venezolano ni de los mandos de su ejército ceden ante la agresión? Es evidente que, en la mente de Trump y su corte, este escenario no existe y confían en la división de los sectores políticos y militares del actual Gobierno para avanzar en la invasión y posterior expolio del país, lo cual aún está por ver.

El ataque a Venezuela tiene implicaciones que van más allá de sus fronteras y que impactan a nivel regional. La contundencia de la condena hacia lo ocurrido por parte del presidente de Colombia, Gustavo Petro, debe ser leída en detalle. Ambos países comparten más de dos mil kilómetros de frontera, lo que hace que la preocupación por la deriva de la situación sea alta en Bogotá, a las puertas de un ciclo electoral clave, que incluye elecciones presidenciales en mayo de este año. Si el ataque contra Venezuela queda impune, ¿qué incentivos tiene Trump para no intervenir después –en la forma que sea– en Colombia, en México o en Brasil? Es un hecho que su capacidad para la inventiva, para fabricar causas y para mentir está intacta. En buena medida, lo que ocurra en las próximas semanas y meses dependerá de la reacción del resto del continente.

En España, algunos líderes de la oposición, siempre tendientes al exabrupto fácil, han salido raudos a celebrar el ataque de Estados Unidos contra Venezuela. Deberían caer en la cuenta de su incoherencia cuando, a la vez, dicen condenar la invasión de Rusia a Ucrania, por ejemplo. Si a partir de ahora impera la ley del más fuerte, no parece que Putin vaya a encontrar demasiadas razones para dejar de atacar Kiev. Si sólo opera la lógica de la fuerza, ¿con qué argumentos puede alguien oponerse a una posible invasión de Taiwán, si China así lo desease? O ¿cómo se neutraliza una hipotética invasión a Groenlandia, sugerida por el propio Trump?

Lo más grave de lo ocurrido contra Venezuela es, en definitiva, el precedente que Trump crea. Hoy la excusa es el narcotráfico y mañana podrá ser cualquier otra que sirva para defender los intereses propios. Si las reglas no se respetan, si los Estados no responden ante el derecho internacional, hemos de asumir que estamos inaugurando un tiempo en el que la barbarie y la violencia justifican cualquier afán imperialista.