La caída de Maduro: una violación del derecho que no se explica por el narcotráfico
Los ataques de EEUU a Venezuela y la captura del presidente Maduro y su esposa no tienen nada que ver con el narcotráfico y el famoso Cartel de los Soles, de cuya existencia solo tenemos noticia porque Washington dice que existe: Trump acaba de indultar a un expresidente hondureño de derechas, condenado en EEUU a 45 años de prisión por introducir grandes cantidades de droga en ese país, porque con ello le despejaba el camino a un candidato del mismo partido en las elecciones presidenciales del país centroamericano. Tampoco guardan relación con que Maduro sea un autócrata: EEUU ha demostrado a lo largo de su historia que sabe convivir con dictadores, incluso ponerlos en el cargo, eso sí, cuando convienen a sus intereses. “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, se dice que dijo el presidente Roosevelt del tirano nicaragüense Somoza.
No hay que ser un lince para saber que la violación flagrante del derecho internacional por parte de EEUU a la que estamos asistiendo tiene motivaciones geoestratégicas y económicas, además de ideológicas, en un momento de reacomodación del denominado orden internacional. Lo cual no excluye otros móviles secundarios, como desviar la atención de los estadounidenses de los problemas internos de su país, donde el Make America Great Again no termina de arrancar. Venezuela es una de las mayores potencias petroleras del mundo, y Maduro mantenía una estrecha relación con Rusia (sobre todo en materia de asistencia militar) y el régimen iraní, la bestia negra de Washington. Había que quitárselo de enmedio. Ya estaban demorando.
Antes de la intervención militar de este sábado, Trump había dejado clara su voluntad de desempolvar la vieja Doctrina Monroe, de 1823, aquella que Estados Unidos presentó como un escudo contra la injerencia de los países europeos en el continente americano y que, en realidad, era la consagración de la hegemonía estadounidense en el hemisferio. El grito aparentemente solidario de “América para los americanos” escondía una operación diseñada en Washington para imponer su ley desde Alaska hasta Tierra del Fuego. El historial de las intervenciones militares o apoyos a golpes de Estado al sur del Río Grande por parte de EEUU es extenso. En 1954 bombardeó al palacio presidencial de Guatemala y derrocó al mandatario socialdemócrata, Jacobo Árbenz, por intentar meter en cintura a la United Fruit Company. La lista de derrocamientos incluye a presidentes de Haití, Granada y Panamá o apoyos a golpes en Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay…
Casi todas aquellas operaciones se llevaron a cabo en el contexto de la Guerra Fría. La de ahora en Venezuela se produce en otro escenario, aunque, a fin de cuentas, el motivo de fondo es el reparto de órbitas de influencia entre las potencias y los nuevos condicionantes de un sistema económico internacional cada vez más difícil de embridar. Rusia está metida hasta el cuello en su guerra con Ucrania, y el hecho de que no haya condenado la intervención en Venezuela, donde tenía destinado un contingente militar, solo puede significar que espera en retribución una actitud comprensiva de Washington en sus planes europeos. China, por su parte, mantiene una actitud cauta y continúa con su estrategia de expansión económica sin interferir en los asuntos políticos de otros países y regiones.
Muchos venezolanos, y no solamente las oligarquías, estarán a estas horas celebrando la caída de Maduro. Otros estarán iracundos ante lo que ven como una humillación a la dignidad nacional. Nicolás Maduro ha gobernado como un autócrata. Y se robó descaradamente las últimas elecciones presidenciales en su país. Millones de sus conciudadanos se han marchado de Venezuela, en un éxodo sin precedentes, por la nefasta gestión económica del chavismo. Un personaje así no puede ser defendible por ningún demócrata. Pero tampoco puede ser defendible la intervención estadounidense para derrocarlo. Cuando se ignora de manera tan olímpica el derecho internacional, la imposición de la fuerza bruta es lo que queda para dirimir los conflictos.
El presidente colombiano Gustavo Petro tiene sus motivos para condenar enérgicamente la intervención. Él sabe que puede ser el próximo. Es de izquierdas, su país tiene enormes reservas de petróleo y está desarrollando una diplomacia económica en el mundo árabe y oriental que no gusta en Washington. Súmense a ello su discurso beligerante contra el coloso del norte, y el cóctel está servido para que la ofensiva norteamericana se extienda al país vecino de Venezuela. En contra de lo que quisieran Petro o el presidente cubano Díaz-Canel, Latinoamérica no está unida en este asunto, como no lo estuvo cuando la guerra de las Malvinas en la que Reino Unido aplastó a las fuerzas argentinas que habían ocupado el territorio. Ironías de la historia, uno de los mayores apoyos en el continente a la acción de EEUU lo está brindando el presidente argentino, Javier Milei.
Las noticias sobre la operación de EEUU son aún confusas. Está por ver qué planes hay con el cautivo Maduro. De momento, Trump ha enviado un mensaje contundente a los gobernantes díscolos de América Latina: Washington no va a permitir más desafíos desde su “patio trasero”.
99