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Ser dignos de nuestro tiempo

Pancartas en la acampada en la Puerta del Sol, a 13 de octubre de 2026, en Madrid (España).
15 de octubre de 2026 22:03 h

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Escribo este artículo a cuarenta y seis días de las elecciones, lo cual quiere decir que escribo este artículo a cuarenta y siete días de que la conversación sobre quién tiene la culpa de los buenos resultados de la extrema derecha tenga lugar en los platós de tertulias políticas que tratan de situarse en el lado progresista del espectro ideológico de este país. Durante los últimos dos años, la culpa del auge de la extrema derecha ha sido endosada a los hombres jóvenes, y este giro político se ha analizado como la consecuencia de un feminismo al que se le ha ido la olla y ha enfadado a quienes no había que tocar. 

Durante los cuarenta y cinco días de precampaña y campaña electoral que tenemos por delante, la conversación de la culpa, que nos ocupará dentro de cuarenta y siete días, se irá fraguando al calor de los mensajes de los múltiples partidos de izquierdas que se presentarán a las próximas elecciones generales. Mensajes electorales que nombrarán la alerta antifascista, que apelarán a nuestra responsabilidad para frenar a la extrema derecha o recurrirán a nuestro deseo de convertirnos en el Estado que se imponga como el faro antifascista en un mundo con una clara tendencia hacia la extrema derecha. De cualquier manera, tratarán de dar forma a un superyó que funcione como la instancia moral que trata de generar un sentimiento católico de la culpa entre quienes plantean abstenerse. Este superyó de la orden se contrapone a la ilusión y la alegría con la que animaban al voto no hace demasiado. El uso de las emociones en política es un clásico, lo que no es tan tradicional es analizar por qué se movilizan unos afectos y no otros.

No creo que me equivoque al afirmar que el uso de consignas que hacen referencia a la responsabilidad o la culpa suelen ser parte de discursos políticos de formaciones partidistas que saben que no han conseguido movilizar desde la esperanza y la posibilidad. Algo que parecería contraintuitivo al mirar alrededor. Desde el 26 de septiembre, las acampadas por la vivienda inundan nuestras plazas, la fuerza y la movilización por la justicia social nos mostraban una cara mucho más amable y combativa de una ciudadanía sobre la que se escupían profecías autocumplidas sobre su tendencia hacia la extrema derecha o su desinterés. La demostración de fuerza social llegó al parlamento y dio lugar a un impás que bien podría haber sido entendido por las fuerzas políticas a la izquierda del PSOE como el instante perfecto para tumbar la desafección y el hastío con el que la ciudadanía miraba a la (in)acción institucional. 

Los millares de personas que llevan semanas movilizándose por el acceso a la vivienda y por un cambio de paradigma conseguían dar cuerpo a la idea de Rosi Braidotti de ser dignos de nuestro tiempo. Para mí, la traducción política y activista de esta idea es clara: ser dignas de nuestro tiempo significa dejar de lado los intereses personales, las opiniones subjetivas y las diferencias narcisistas para otro momento y lugar: todas esas personas estaban allí por un derecho que consideran básico, aunque su espacio de militancia (asambleas, sindicatos, organizaciones) construyeran fines y medios distintos. Toca actuar sobre el contexto actual, no encerrarnos en debates sobre lo que nos parece dicho contexto. Lo importante es comprender que la acción política ha de superar las demandas individuales e incluso las de colectivos específicos para aglutinar el descontento. Ya discutiremos cuando hayamos conseguido lo que consideramos justo. 

Freud denominó narcisismo de las pequeñas diferencias a una inclinación agresiva (a la que no nos gusta renunciar) por la cual las diferencias más nimias acaban convirtiéndose en grandes elementos para la confrontación, el ataque y la hostilidad. No es difícil observar que los partidos a la izquierda del PSOE gozan de manera obscena de ese narcisismo, pero parecía que el momento de movilización social podría cambiar esa tendencia. Que la movilización social podría ser más fuerte que su perverso goce y que conseguiría apartar sus diferencias para trasladar la petición popular. Creo que todas estaríamos de acuerdo en que parecía que el brote verde de la esperanza podría surgir, pero estamos en otoño, y parece que todo se ha quedado en una hoja seca pisoteada sobre el suelo. La aparente incapacidad de las izquierdas de ser dignas de su tiempo es del todo bochornosa. Somos muchas las que decidimos guardar silencio ante el circo de sillas y candidaturas que viene a caracterizar la fallida precampaña de un espacio electoral que no le pertenece a nadie. Callamos por no entorpecer un proceso que se considera necesario, callamos por responsabilidad política, callamos por no dar carnaza a la extrema derecha, callamos por la vergüenza que supone adherirse a unos comportamientos partidistas que nada tienen que ver con el clamor por la justicia social. Pero lo cierto es que la falta de responsabilidad se sitúa en el otro lado de la ecuación.

La izquierda a la izquierda del PSOE olvida que se lo debe todo a la calle, a las acampadas, a las asambleas de barrio que llevan años dando forma a quienes realmente alimentan el ansia por la justicia social y que consiguen hacer más vivible la vida de quienes son machacados por este sistema económico desigual. La vergonzosa batalla por la candidatura no parece tener de fondo un desencuentro programático, puesto que aún no hay programa y, aunque podría tratar de bucear entre el fango que envuelve las posibles explicaciones, prefiero no hacerlo, puesto que sería traer más barro a un espacio que considero necesario. 

Si la discusión tiene que ver con quiénes representan mejor el clamor de las calles, permítanme que les diga algo: no existe nadie que pueda hacerlo. Eso es lo que hace necesaria y única a la movilización social, sus peticiones y demandas no pueden ser condensadas en una única cara, en un único nombre. La verdadera izquierda nace siempre en las calles. Incluso cuando esta consigue entrar en el Parlamento es, de nuevo, superada por la crítica social. La crítica social pertenece a la calle porque es ahí donde se fragua; toda petición de justicia que sea institucionalizada se encontrará siempre superada por una nueva causa. Nos piden que pensemos que el voto es como coger un bus y bajarse en la parada que te lleve lo más cerca de tu casa, aunque no te deje delante de tu portal. Lo que no han entendido aún es que da igual quién conduzca el autobús, con tal de que siga el camino que ha marcado previamente la necesidad de la calle. 

Para los partidos políticos, ser dignos de su tiempo debería entenderse como la obligación de convertirse en meros instrumentos del clamor social, dejar de lado su deseo de subsistencia: la crítica social dará lugar a otras formaciones partidistas igual que en su momento hicieron con ustedes. Quizás lo entiendan mejor así: nadie es imprescindible para esta misión, lo demás es el fetichismo de cuatro hooligans. Hacer política para vuestros feligreses es hacer partidismo, la política de las izquierdas debe ir más allá.

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