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El magistrado Marchena y la desconfianza ciudadana en los jueces

Imagen de archivo del juez Manuel Marchena. EFE/ Fernando Villar

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La Nación llevaba años enferma.

No era una peste de bubones ni de ratas. Era peor. Nadie creía ya en los oráculos ni en las sentencias. Los comerciantes pesaban dos veces las monedas, los novios se juraban amor ante testigos y los niños, cuando jugaban a jueces, preguntaban primero de qué partido era el acusado para amoldar la sentencia.

Los sacerdotes consultaron los libros antiguos.

—La ciudadanía ha perdido la confianza —dijeron—. Y ninguna democracia sobrevive mucho tiempo cuando deja de creer en quienes administran la Justicia.

El presidente de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, Manuel Marchena, anunció solemnemente:

—La desconfianza de los ciudadanos en la Justicia es una tragedia.

Un anciano pidió la palabra.

—Conozco una historia parecida.

Marchena asintió.

—Adelante.

—Hace tres mil años, una ciudad llamada Tebas también sufría una tragedia. Nadie confiaba ya en sus gobernantes. El rey, llamado Edipo, juró descubrir quién era el responsable de tanta desgracia.

—Un buen rey —interrumpió Marchena.

—Eso creyó él también. Mandó investigar a todo el mundo. A los extranjeros. A los sacerdotes. A los mensajeros. A los pastores. Incluso interrogó al viejo Tiresias.

—¿Y encontraron al culpable?

—Sí.

—¿Quién era?

—Él mismo: Edipo.

Marchena sonrió con indulgencia.

—No recuerdo esa parte.

—Es la parte importante. Edipo buscaba al asesino de Layo, su padre, sin saber que él mismo había matado a Layo muchos años antes. Lloraba la desgracia de Tebas sin saber que había esposado a Yocasta, su propia madre, y mujer de Layo.

—Qué ironía.

—Más aún. También buscaba la causa del suicidio de Yocasta sin comprender que la verdad que él mismo había construido era la que acabaría empujándola a quitarse la vida.

Marchena permaneció unos segundos en silencio.

—Interesante leyenda. ¿Y qué enseñanza tiene?

El anciano respondió:

—Que hay tragedias cuyo culpable organiza personalmente la investigación para descubrir al culpable.

Al cabo de un rato, Marchena dijo de nuevo.

—La tragedia continúa. Es incomprensible. Nadie aparece. Nadie confiesa. Nadie explica por qué el pueblo ya no cree.

Entonces un niño levantó la mano.

—Señor Juez…

—Habla.

—Si un médico pregunta quién ha propagado la epidemia mientras sigue visitando enfermos sin lavarse las manos, ¿la enfermedad se cura con otra investigación?

—Saquen del palacio a este insolente mocoso, ordenó Marchena.

Marchena reflexionó unos instantes y dijo.

—Muy bien. Pero yo no hablo de la peste en Tebas, hablo de la Justicia española.

—Yo también, dijo el anciano.

Marchena dio por terminada la conversación.

Aquella misma tarde volvió a declarar ante los periodistas:

—Lo verdaderamente trágico es la pérdida de confianza de los ciudadanos en los jueces.

El anciano, desde la última fila, murmuró con pesar:

—Edipo tampoco entendió la primera vez.

Los cronistas, que conocían a Sófocles, cerraron el pergamino con una nota al margen:

“Hay hombres condenados a buscar durante toda la vida al culpable de una tragedia cuyo protagonismo les pertenece.”

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