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¿Dónde están los pacifistas en España?

Concentración en apoyo al pueblo ucraniano en Torrelavega (Archivo)

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La guerra de Ucrania ha pasado a ser algo cotidiano y a convertirse en la nueva normalidad. Los datos son escalofriantes. Por un lado, se calcula que ha habido 240.000 víctimas. Unos cien mil soldados rusos y otros tantos soldados ucranianos han muerto o han resultado heridos en la guerra. Se estima en alrededor de 40.000 los civiles que habrían muerto en el conflicto. A ello hay que sumar casi 8 millones de desplazados y terribles destrucciones de todo tipo. Por otra parte, el mundo no puede vivir en el sobresalto de si cae un misil en el sitio equivocado por error, provocación o de forma deliberada. Europa no puede hipotecar su economía con el aumento del gasto militar que está planteando, cuando se necesitan recursos para hacer frente a la crisis económica y a la emergencia climática. Y la guerra se prevé larga, como si no hubiera otra alternativa que la resignación.  

Pero no todo el mundo acepta la normalidad de la barbarie. El 5 de noviembre más de 100.000 personas se manifestaron en Roma a favor de la paz en Ucrania. Mientras tanto en España la prensa se dedicaba a especular sobre los riegos del uso de armas nucleares en dicha guerra. Noten la diferencia: una sociedad movilizada por la paz y una opinión pública pasiva y alarmada sobre los riesgos extremos en la evolución del conflicto.

La invasión rusa de Ucrania es absolutamente injustificable, hay que condenarla y estar al lado de las víctimas. Las disputas no se pueden resolver con las armas, aunque cada parte tenga sus argumentos, pues el recurso a la guerra solo tiene consecuencias dramáticas para los pueblos ucraniano y ruso. El fondo del problema es la lucha entre oligarquías excluyentes por la depredación de los recursos. Los intereses geoestratégicos hacen que la OTAN juegue a una provocadora expansión y busca colocar a la Unión Europea en una posición subalterna a la política de Estados Unidos.

Todo ello provoca que haya una voluntad de guerra larga por parte de los dos bloques. El occidental, mientras espera la derrota de Rusia, obtiene dividendos para el complejo militar industrial y añade nuevos socios para la OTAN (Finlandia y Suecia). Por su parte Rusia, intenta salir airosa del laberinto en el que se ha metido y que le puede costar una fuerte agitación social al deteriorarse el nivel de vida de la población y por tener que recurrir a medidas autoritarias para hacer levas de jóvenes para el frente. 

Las consecuencias son terribles y previsibles: muertes, destrucción, hambre y frío, desplazamientos de población en los escenarios de la guerra y riesgos de escalada nuclear.  Pero además del sufrimiento para el pueblo ucraniano, y también para el ruso, los efectos son devastadores en el terreno económico. La guerra la están pagando ya los trabajadores europeos (inflación, subida de tipos de interés, aumento de la desigualdad y de la pobreza, restricciones energéticas, etc.). Y la sufre la población de África y otras zonas vulnerables del mundo con graves crisis alimentarias por las dificultades para sacar el trigo ucraniano del país. 

La otra gran perdedora de esta guerra es la lucha contra el cambio climático. Se abandonan objetivos de descarbonización, se revaloriza el papel de los combustibles fósiles para asegurar suministro a los países y se reabren minas de carbón. La coalición de Estados-gánster que domina el mundo desde los intereses del petróleo está encantada con una guerra que hace retroceder la conciencia ciudadana y las medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En este contexto, la COP27 de El Cairo es otro fracaso. El texto final no tiene ningún avance respecto a Glasgow en la reducción de las emisiones, por lo que se ha perdido un año en la lucha frente a la emergencia climática. 

 Pero el ejemplo italiano debería iluminarnos. La manifestación en Roma del 5 de noviembre convocada por la Plataforma EuropeForPace, en la que se integran todo tipo de movimientos sociales, ONGs y sindicatos, ha venido precedida de movilizaciones en diferentes ciudades. Y ha contado con el apoyo de la intelectualidad y de la Conferencia Episcopal. El Papa Francisco, en la misma línea, viene defendiendo “Que callen las armas y que se busquen las condiciones para una negociación capaz de conducir a soluciones no impuestas por la fuerza, sino acordadas, justas y estables”.

En Roma se ha condenado al agresor y se apoya a quienes se colocan del lado de la no violencia. Se pide que se pare la guerra ahora, que la Unión Europea y Naciones Unidas asuman la responsabilidad de negociar para detener la escalada y alcanzar un alto el fuego inmediato. Se exige que Naciones Unidas convoque urgentemente una Conferencia Internacional por la Paz para restablecer el respeto al derecho internacional y garantizar la seguridad mutua. También para comprometer a todos los Estados a eliminar las armas nucleares, reducir los gastos militares en favor de las inversiones para combatir la pobreza, la transición ecológica y el trabajo con derechos.

¿Qué pasa en España? En nuestro país el movimiento pacifista siempre tuvo una gran tradición y relevancia. Hay que recordar las Marchas contra las bases militares, el movimiento de objeción de conciencia que logró la supresión del servicio militar obligatorio, la campaña por el no a la OTAN o la oposición a la guerra de Irak. El pacifismo ha sido uno de los movimientos emancipatorios más importantes, junto al feminismo y al ecologismo. 

¿A qué esperamos en España para organizar una potente movilización pacifista? No es posible que haya desaparecido todo el espíritu pacifista y antiOTAN. ¿No hay intelectuales que levanten la voz y se posicionen por la paz? ¿dónde están los movimientos pacifistas, la izquierda, los sindicatos? No podemos olvidar que la mejor manera de defender la vida, la ecología, los salarios, los derechos laborales y la transformación social es garantizando la paz. 

Analiza bien Noam Chomsky cuando dice: “Es posible que después de las severas derrotas militares de Rusia, Putin esté listo para un acuerdo, más o menos en la línea de lo que propuso el presidente ucraniano, Zelenski, en marzo pasado: que Ucrania no sea miembro de la OTAN, garantías de seguridad y tal vez la posibilidad de un referéndum supervisado internacionalmente en las áreas de conflicto. No es inimaginable. Pero no hay forma de saberlo hasta que lo intentes” (NOTA 1). 

Por ello, es urgente y necesario apostar por la diplomacia y por la paz. No hay guerra justa, solo la paz lo es. Entre matar y morir hay una tercera posibilidad: vivir en paz. Es el momento de la política y la diplomacia para acordar una paz justa y estable. Por la paz y por el no a la guerra deben movilizarse todos los pueblos de Europa. También en España. 

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