Parar la guerra y construir la paz: contra las soluciones militaristas-patriarcales
Ahora mismo, con la invasión rusa en Ucrania en marcha, no nos interesa hablar de las causas del conflicto (sus raíces históricas, políticas, geopolíticas, etc.). Ya tendremos tiempo de dirimir esas cuestiones cuando paren las bombas. Lo que es necesario en estos momentos es identificar qué es lo que podemos hacer mejor para parar la guerra (solución a corto plazo) y qué tipo de arquitectura geopolítica podemos proponer como españoles y europeos para construir la paz (solución a medio plazo). De forma inequívoca tenemos que condenar la agresión rusa, no podemos apoyar a Putin simplemente porque se oponga a los designios estadounidenses en el mundo, tienen razón los que dicen que Hitler también lo hacía y no por ello la izquierda y los progresistas deberían de haberlo apoyado. Pero también tenemos que evaluar las respuestas que se están dando en España y en Occidente a esta cuestión, porque no está claro que alienten el restablecimiento de la paz.
Nuestros académicos más beligerantes ya han encontrado un nuevo monstruo al que acusar de todo. En los últimos años les ha servido Saddam Hussein, Mahmud Ahmadineyad o Kim Jong-un, y ahora tienen a Vladimir Putin. Se le puede asimilar fácilmente con Hitler a través de comparaciones históricas sobre el expansionismo, se puede afirmar que es “brutal y calculador” —abundando en el estereotipo del ruso— o, en general, afirmar que es un dictador ávido de sangre. Ninguna de estas narrativas ofrece ni una sola vía o medida para parar la guerra, y, además, analizar la especie de intelectuales belicistas no es objetivo de este comentario.
Ya conocemos la respuesta hegemónica que se está dando en los países occidentales a las dos cuestiones. Es fácil de resumir: hay que armar a Ucrania hasta los dientes (a cortísimo plazo), lo que no descarta la participación de tropas “voluntarias” si no funciona esta estrategia (a corto plazo), y reforzar la OTAN (a medio plazo) como instrumento de dominación global frente a las amenazas de los Otros desafiantes: Rusia, China y el ISIS o Siria o los hutíes del Yemen, que a la postre da igual (¿no les recuerda a la letanía huntingtoniana del choque con las civilizaciones ortodoxa, sínica e islámica?).
Esta es una solución militarista (como por la que previamente optó Putin en Rusia), tanto a corto como a medio plazo, porque militarista no es el que adora a las fuerzas armadas sino el que cree que las mejores soluciones a los conflictos son las militares. A corto plazo, ¿no estaban funcionando las sanciones? ¿No estaba Rusia arruinada económicamente y la perspectiva de no poder competir en el Mundial de Fútbol de Qatar había deprimido a todo el país? Sin pensar que este tipo de medidas sean eficaces de inmediato, parece muy poco tiempo para descartarlas, más aún cuando el invasor y el invadido se han sentado a una mesa de negociación. ¿O es que queremos reventar la mesa? Enviar armas “letales” (¿cuáles no lo son?) a una de las partes es alimentar la campaña bélica. Y las hordas de voluntarios ya se aprestan al parecer en Polonia a unirse a la resistencia ucraniana, junto con alguna —hasta ahora anecdótica— proclama en España (el alcalde de una pequeña población gallega, Agolada, ya se ha ofrecido a acudir junto a su teniente de alcalde).
La solución militarista cuenta con un amplio apoyo en España, en términos partidarios va desde Vox hasta sectores del Gobierno. La legitimación del envío de armas es muy variada: se trata de una guerra injusta a la que hay que oponerse con las armas; ya no es hora de pacifismos utópicos; sólo se oponen a la OTAN los “paleocomunistas”.
La guerra como expresión de la política militarista y patriarcal
La política de los países occidentales (y también de Rusia) no es sólo militarista, sino también patriarcal, como bien nos recordaba Eliane Brum en un artículo reciente en El País. La masculinidad “exacerbada” de Vladimir Putin tiene su contrapunto en las masculinidades militaristas de los líderes occidentales. Es cierto, como decía Brum, que “esta es otra guerra de hombres blancos aferrados al pasado mientras el futuro de las generaciones humanas del planeta —y las nacionalidades poco importan— está condenado un poco más cada día”. Y es así, porque militarismo y patriarcalismo van de la mano. La politóloga feminista Cynthia Enloe lo muestra a la perfección en su libro Globalización y militarismo (cuya traducción es de próxima publicación en España) al contraponer las concepciones de una seguridad nacional militarizada, en manos de élites mayoritariamente masculinas, frente a otras interpretaciones de la “seguridad”, que otorgarían un papel mucho mayor a grupos locales de mujeres que luchan por sentirse seguras en sus hogares y barrios.
La política de reforzar la OTAN a medio plazo, convirtiéndola decididamente en un actor global, está en el ánimo de la alianza. Pendiente de que se apruebe en la próxima reunión de Madrid el concepto estratégico 2022, ya podemos intuir cuáles serán los lineamientos del mismo a partir de la Declaración de Bruselas del año pasado tras la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, que afirmaba que existían crecientes desafíos a la seguridad de los países miembros, que provenían de “todas las direcciones estratégicas”, en particular se señalaba a Rusia y China, aunque el peligro y la instabilidad podría provenir de todos los continentes. La consecuencia lógica es el reforzamiento de la alianza y su ampliación, lo que no puede llevarnos más que a un mundo más enfrentado.
A corto plazo tenemos que reforzar la ayuda humanitaria a Ucrania (hay que aplaudir la apertura del espacio europeo a los refugiados ucranios, qué pena que paguemos a Turquía para que impida la llegada de refugiados sirios y los pocos que llegan se tienen que hacinar en los campos griegos, ¿será por el color de su piel y su pelo?) perseverar en las sanciones a Rusia, apoyar con todas las fuerzas los mecanismos de diálogo y forzar a actores de relevancia internacional y con capacidad de interlocución con las dos partes, como China, a que ejerzan un papel de mediadores. En definitiva, hay que apoyar a los agredidos, pero también buscar las soluciones que apacigüen (sí, que apacigüen, esa palabra ahora maldita) y que no enconen el conflicto, porque tal como nos recordaba reciente Nicolás Pascual, exembajador español ante la OTAN: “Haríamos bien en Occidente en ayudarle [a Putin] a desescalar su retórica y sacarle del callejón en que nos ha metido a todos”, porque la alternativa no es sólo peligrosa sino que amenaza con extinguirnos a todos.
A medio plazo, alimentar el monstruo de la OTAN sólo nos servirá para volver una y otra vez al punto de partida, como en Afganistán. Sólo la implementación de una arquitectura de seguridad compartida en Europa, como la que formuló Olof Pame para superar el enfrentamiento de bloques (véase el artículo de Manuel de la Rocha, Francisca Sauquillo, Federico Mayor Zaragoza y otros firmantes en eldiario.es), y que se llegó a vislumbrar inmediatamente después del final de la Guerra Fría, podría garantizar un futuro más libre de las nubes de la guerra. Este sería uno de los pocos caminos para resistir la construcción y desarrollo de una nueva geografía binaria de “amigos-enemigos” y superar los mecanismos de seguridad colectiva, que inevitablemente operan en términos de bloques a menudo enfrentados.
Hacia una arquitectura de seguridad compartida
La estrategia de seguridad en la UE se fundamenta en la existencia de la Alianza Atlántica, basada en el principio de la seguridad militar y en la doctrina de seguridad colectiva frente a la amenaza exterior, mientras que el Gobierno ruso defiende la vigencia de la teoría de soberanía limitada de los países del este europeo (Doctrina Brézhnev) aplicada a las circunstancias actuales.
Ante esta realidad, la apuesta por una arquitectura de seguridad compartida supone que el concepto de seguridad militar predominante se diluya en la noción de distensión, cuyo precedente último más importante lo encontramos en la Carta de París, firmada por los Estados europeos en 1990.
Organizada por la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), la Carta de París fue suscrita por los Estados de Europa incluida Rusia (en aquel momento la URSS), Estados Unidos y Canadá, la cual puso fin a la Guerra Fría en el continente.
El principio de seguridad compartida entiende que la distensión no es una categoría ajena al conflicto, sino la expresión del conflicto mismo, noción que apuesta por una nueva arquitectura geopolítica que sustituya el principio de contención y confrontación por el de disuasión y mutuo reconocimiento, y el de “seguridad colectiva” frente al adversario por el de “seguridad compartida” entre Estados, estableciendo para ello dos criterios rectores:
En primer lugar, la seguridad compartida acepta que el elemento central de la seguridad de los países europeos se encuentra en la irrenunciabilidad de la distensión, entendiendo que no tiene alternativa válida, pues la guerra -fría o caliente- no es una alternativa. De dicho reconocimiento surge el segundo de los criterios, cuya función es importante en la medida que legitimar la distensión es precisamente elevar a categoría jurídica, a principio de Derecho, la legitimidad de su irrenunciabilidad.
La noción de seguridad compartida supone el punto de partida para un nuevo tipo de relaciones intraeuropeas, un intento de contribuir a la paz en medio de una guerra y creciente belicismo que nos conduce a un mundo más inseguro y peligroso para la supervivencia de la especie humana.