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OPINIÓN | 'Preocupación, desconcierto e impotencia', por Esther Palomera

¿Podremos perdonar a Chomsky?

9 de febrero de 2026 21:30 h

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No tengo ni tino ni fuerzas para abordar los millones de documentos que componen el caso Epstein, pero su propia inabordable dimensión (que debería volvernos más prudentes) ha generado ya un efecto político devastador: la idea de una élite transversal (empresarios, diplomáticos, académicos, científicos, príncipes) corrompida por el poder, en una imagen en la que no sólo es imposible distinguir a un primer ministro de un profesor sino a un cómplice pederasta de un simple comensal. Es la “decadencia general de Occidente”, noción que sólo puede convenir al fascismo y sus estandartes, muchos de los cuales, por cierto, comparecen como protagonistas en una lista que, sin los crímenes de Epstein, sería apenas el almanaque de Gotha del siglo XXI.

Pero no voy a hablar de esto. Confieso que me ha producido una enorme zozobra la revelación de los vínculos -al parecer de confianza- entre Epstein y Chomsky. Insistamos de nuevo: Noam Chomsky no ha cometido ningún crimen, se sentó a la mesa del magnate, se alojó en uno de sus apartamentos de Mahattan e intercambió con él, tras su primera condena, algunos mensajes que nos generan desazón. En una declaración del pasado 7 de febrero, su esposa Valeria enmarca esta relación amistosa en el marco de una consulta financiera privada y de una serie de encuentros académicos y atribuye la buena disposición de Chomsky hacia el financiero a su “buena fe” y su “carácter confiado”, lamentando no haber sabido expresar con más contundencia su solidaridad con las víctimas. No sé. Ya no tiene remedio. A los 97 años, sumergido en las tinieblas de un ictus, sin capacidad para defenderse por sí mismo, el gran lingüista y activista es un ídolo caído. Es injusto e inevitable. Como escribía Manuel Jabois, hay que entender la amistad “como pacto frágil entre biografías incompletas”, como un roce en la oscuridad entre dos desconocidos. Pero si uno de esos desconocidos comete horrendos crímenes en la habitación de al lado, no hay manera de mantener la puerta cerrada. ¿Se puede querer a un monstruo? Sí. ¿Te puede caer bien un asesino? Sin duda. Pero ese Chomsky, quizás el más humano, el más frágil, el más parecido a nosotros, no puede ser ya nuestro compañero intelectual ni nuestro referente moral.

Esta idea me produce una pena inconsolable, aumentada por la ilusión literaria de “conocer” a Chomsky. Llevo casi cincuenta años leyendo, tanto al lingüista revolucionario como al intelectual comprometido contra el imperio estadounidense. En los años 80 del siglo pasado, cuando vi la grabación del debate que había mantenido con Foucault en octubre de 1971, el francés me hipnotizó con su amoralidad postmoderna, Chomsky me convenció con su universalidad ilustrada. Fue esta universalidad contra la irracionalidad, la violencia y el cálculo depredador, siempre apoyada en un minucioso conocimiento de los detalles del poder, la que nutrió el anti-imperialismo de dos generaciones de izquierdistas en todos los rincones del planeta.

Es verdad que no siempre estuve de acuerdo con él; unas veces porque yo era más leninista que anarquista; otras, sobre todo en la última década, porque me pareció cegado por el poder de Washington, lo que le impidió reconocer (como le reprocha Yassin al-Haj Saleh en el caso de la Siria de los Assad) otras fuentes autóctonas de mal y de injusticia. Pero Chomsky, cada vez más viejo, cada vez más combativo, cara incusa, luminosa, del inteligentísimo y malvadísimo Kissinger, se había ganado con su obra y su generosidad militante una muerte limpia y una despedida multitudinaria, sin máculas ni reservas.

Aristóteles decía con razón que ninguno puede decir que ha tenido una buena vida hasta el momento de su muerte, porque es el último gesto el que define y resume toda la existencia; el gesto a partir del cual, por así decirlo, se juzga el conjunto de lo vivido. Por eso conviene morir joven, en un momento de plenitud o de belleza; y por eso, a medida que se envejece, el peligro de meter la pata y de arruinar la vida entera aumenta año tras año. Aristóteles no decía que eso fuese justo; decía que es así como ocurren las cosas en el mundo sublunar, donde ningún humano está libre de peligro; y donde hay que estar tanto más atento cuanto más flaquean nuestras fuerzas para, si es posible, elegir ese último gesto definitivo antes de morir. Porque nuestra visión del otro funge siempre a modo de “entelequia”, un concepto también aristotélico que no define, como se cree, una construcción quimérica o fantástica sino esa operación mental en virtud de la cual tratamos un objeto (o una biografía) como si hubiese sido desde el principio lo que sólo llegará a ser al final: Napoléon era ya “napoleónico” en sus juegos escolares, san Agustín era “agustiniano” entre los pechos de su madre Mónica. Los sabios quieren morir como Sócrates, no como Epstein. La historia de Chomsky no es, desde luego, la historia del magnate violador, pero éste la contamina hacia atrás como una epidemia retrospectiva, de tal manera que el sabio estadounidense, por muy grande que haya sido, ya no podrá morir como Sócrates. ¿No es para llorar de tristeza? ¿No nos sacude dolorosamente esta derrota inesperada en el tiempo de descuento?

La inteligencia es adicta al poder porque el poder aumenta la inteligencia; el sexo es adicto al poder porque el poder multiplica y somete los objetos del deseo; la codicia es adicta al poder porque el poder reproduce la riqueza. El poder puede y lo puede todo. De hecho, muchas veces la inteligencia, el deseo y la codicia no se anticipan a él sino que son uno de sus productos, de los que luego se retroalimenta. Siempre tendemos a identificar el poder con la violencia y la intimidación, ante los que nos inclinaríamos asustados y complacientes. Ese es sólo el poder más débil. En su máxima expresión, el poder absorbe con tanta naturalidad en los cuerpos sus propiedades que los poderosos son objetivamente más guapos y sus amantes se enamoran sinceramente de ellos; y son objetivamente más ingeniosos y hacen reír sin hipocresía; y son objetivamente más generosos y sus regalos nos doblegan afectivamente. Son también objetivamente más cultos y la inteligencia se rinde a sus encantos. No estoy seguro, la verdad, de que nosotros no nos hubiésemos dejado seducir también por Epstein si él hubiese sentido el menor interés por conquistarnos. Seamos honestos. Tuvimos suerte: nos salvó ese desinterés.

Dejemos ahora a un lado la sexualidad y la codicia, dos pasiones que no parece posible reprochar a Chomsky. Chomsky siempre tuvo una virtud: su extraordinaria capacidad para el pensamiento. Y siempre tuvo un defecto: su enorme inteligencia. La inteligencia es abstracta y, por tanto, siempre artificial; une datos, conecta sinapsis, resuelve dilemas lógicos y acaba cautiva de sí misma. Está separada de la tierra y de su ética pedestre. Por ejemplo: en el famoso debate de 1971 entre Foucault y Chomsky sobre la “naturaleza humana”, Foucault encarnaba la inteligencia pura, Chomsky el pensamiento común. Pensamiento e inteligencia, en efecto, no son facultades contiguas sino a veces opuestas; por eso Hannah Arendt insistía en la facultad de pensar como la única capaz de desactivar las virtudes cegadoras del poder, incluida la de la propia inteligencia, que busca satisfacerse por cualquier vía. Chomsky, que pensó mucho contra el poder, cedió a veces a la tentación de la inteligencia, cuyo mayor acopio, como el de la riqueza, lo detentan los poderosos. A otros, mucho más tontos, nos ha tentado (y cegado) también alguna vez. Ahora bien, el pensamiento (inscrito, como la “gramática universal” chomskiana, en la médula de la condición humana) es, sin embargo, en los hechos, una de las facultades que más raramente se ejercen. Los pobres y subalternos no tienen ni tiempo ni fuerzas; a los ricos y poderosos se lo suele impedir la inteligencia misma, que es un señuelo tan irresistible como el sexo o el dinero y que, al igual que el sexo y el dinero, se concibe a sí misma autóctona e ilimitada. Es terrible pensar que algunas intermitencias de inteligencia (tangentes, por casualidad, a la vida infame de un criminal carismático) han podido dañar de manera irreparable toda una vida de pensamiento.

¿Podemos perdonar a Chomsky? Sí, debemos hacerlo. ¿Lo podemos admirar? Ya no, y esto es lo que más piedad nos produce; por él, sí, pero sobre todo piedad por nosotros mismos, obligados a medirnos con nuestra propia fragilidad. En todo caso, este desenlace inesperado de una existencia ejemplar nos deja dos aprendizajes fundamentales para los tiempos que corren: debemos ser más compasivos, debemos ser menos admirativos. Cuanto más admiramos más odiamos. Compasión siempre y en todas direcciones; admiración sólo hacia algunas madres valientes y hacia la muerte de Sócrates.