La portada de mañana
Acceder
El día en que Canarias (sin Clavijo) fue el centro del mundo por el hantavirus
Las apuestas bélicas: un comandante israelí y su socio ganaron miles de euros
Opinión - 'Informe Roedores', por Lucía Taboada

¡Ay, Carmela!, pero el 'ay' de 2026

10 de mayo de 2026 22:59 h

0

Qué bien ha envejecido ¡Ay, Carmela!, la obra teatral de José Sanchís Sinisterra. O dicho de otra manera: qué joven sigue siendo casi cuarenta años después de su primera representación. Si nunca la viste en un escenario, busca un buen montaje, que siempre hay alguno en gira. Por ejemplo, el magnífico de Caramba Teatro que dirige Yolanda Porras e interpretan Paula Iwasaki y Guillermo Serrano. Lleva más de diez años girando, y tuve la fortuna de verlo este fin de semana en San José de la Rinconada, cerca de Sevilla.

No vale con que hayas visto la versión cinematográfica de Saura y Azcona, genial pero muy libre respecto al original; tienes que ir al teatro. Aparte de la brillantez literaria y escénica de Sanchís Sinisterra, hay que verla en una sala oscura rodeado de decenas de personas que ríen, cantan, aplauden y finalmente se sobrecogen contigo. En pocas obras se siente con tanta fuerza esa emoción colectiva y compartida que el buen teatro consigue con más facilidad que otras artes.

Llevé a dos de mis hijas, y salieron muy emocionadas. Mi hija mediana pasó los últimos minutos llorando, tras dos horas yendo y viniendo de la comedia al drama y vuelta, que en su caso fueron además dos horas sintiéndose interpelada (se llama Carmela, sí). Pero igual de emocionada estaban mi madre, de otra generación, y mi amiga Paqui Maqueda, que lleva años escuchando historias reales más duras que la de Carmela y Paulino (variedades a lo fino), incluida la de su propia familia. Y emocionado yo también, que ya había visto otros montajes años atrás pero me sigue sacudiendo como la primera vez.

Pensaba en cómo ha cambiado ¡Ay, Carmela! en sus cuarenta años de vida, sin necesidad de tocar ni una coma. La obra es siempre la misma, los espectadores y el mundo somos otros en cada temporada, y con nosotros la obra es otra también. En sus primeras representaciones en 1987, con José Luis Gómez y Verónica Forqué, era una explícita reivindicación de la memoria republicana y un homenaje a las Brigadas Internacionales, pues como tal fue escrita. En aquellos desmemoriados años ochenta, la tragicomedia de Carmela y Paulino le recordaba a la joven democracia española su deber con los muertos, que seguían en las cunetas.

Después, en los noventa y primeros dos mil, los sucesivos montajes conectaban bien con el impulso dado a la memoria por las asociaciones de nietos y los historiadores más jóvenes. Más avanzado el nuevo siglo, la abundante conversación pública sobre la memoria tal vez hizo que algunos espectadores encontrasen redundantes ciertas partes, y prefirieron verla como una historia universal y más humana que política, en la que resonaban todas las guerras, también las de nuestro tiempo.

Así llegamos a estos años veinte, y de pronto la historia de Carmela y Paulino no nos habla ya de un pasado remoto, de casi un siglo atrás, sino de hoy mismo; no de los fascismos de entonces, sino también de los fascismos de hoy. Creo que así la sentimos la otra noche los espectadores, de cualquier edad: quienes conocieron ese franquismo que hoy algunos blanquean; y las más jóvenes como mis hijas, generación que en redes sociales usa precisamente la canción “Ay, Carmela” para resistir al neofranquismo.

Cuando el otro día aparecieron en escena la bandera nazi y la franquista del aguilucho, cuando oímos nombrar a Franco, o cuando los brigadistas condenados a muerte empezaron a cantar “El ejército del Ebro, rúmbala, rúmbala…”, la emoción que recorría el patio de butacas no era una emoción histórica, ni sentimental, ni siquiera únicamente humana; era la emoción en carne viva de quienes habitamos este 2026 otra vez con miedo y dudando si humillarnos para sobrevivir, como Paulino, o rebelarnos y pagar un precio, como Carmela.

Pero igual que combatimos, rúmbala, rúmbala rum-ba-lá, prometemos resistir, ay, Carmela, ay, Carmela…