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'Boomers' y 'milenials': nadie gana en la guerra generacional

1 de enero de 2026 20:23 h

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Ha vuelto a nuestras vidas uno de los debates más reaccionarios y falaces de la vida española (y occidental): la guerra generacional de milenials contra boomers. Avivado por el libro de la periodista Analía Plaza La vida cañón (Temas de hoy), que asegura que los boomers se están pegando la gran vidorra con sus magníficos sueldos o sus pensiones de 3000 euros, varias casas pagadas y viajes del Imserso frente a lo difícil que lo tienen sus herederos, sin posibilidad de comprarse una vivienda y con sueldos precarios. No es la primera vez ni será la última que se sitúe en el candelero un falso debate para evitar hablar de los problemas estructurales que afectan a todas las generaciones, pero ahora el populismo ya infecta cualquier conversación y agrava el perverso efecto del chivo expiatorio. Como en este mundo antes se deja de creer en Dios que en el capitalismo, apartamos la realidad de las clases y el género para centrarnos en una lucha de miserias que rompe, o intenta romper, la unión y solidaridad entre generaciones abrumadas por la desigualdad. 

Vamos a dejar de lado el supuesto linchamiento en redes sufrido por la autora, porque salvo los descerebrados que no saben relacionarse con sus congéneres ni en X ni en la vida y que se han metido con el color de su pelo, la mayoría de las críticas eran fundadas y argumentadas. También porque el victimismo se ha convertido en una potente estrategia de marketing, pero eso es un tema para otra columna. Analía Plaza, que personalmente me cae bien y reconozco su sentido de la oportunidad, podía prever las reacciones al decidir que el hilo conductor de su relato de desmoronamiento del Estado del bienestar y la avería del ascensor social iba a estar protagonizado por Búmer Búmerez casado con Charo Chárez. El meme de los jubilados bailando porque la casa que compraron por el precio de una cesta de frambuesas vale ahora un millón de euros. Esto es, un meme, no la realidad. 

La realidad es la miserable especulación de la vivienda por rentistas codiciosos, muchas veces organizados a través de fondos buitre, de cualquier edad. La realidad es que el colectivo de los mayores de 55 años ya es el primero en tasa de paro, porque a partir de los 50 eres inempleable e invisible si tienes la mala suerte de perder tu trabajo. La realidad es que la pensión media es de 1.300 euros, con notables diferencias entre las que cobran los hombres (1.700 euros) y las mujeres (que no llega a 1200). La realidad es que hay boomers y milenials viviendo la vida cañón simplemente por haber nacido en el código postal adecuado y otros a los que con 80 años les desahucian de su casa de toda la vida y con 30 están más cerca de vivir debajo de un puente que de ser millonarios y aún así admiran a Elon Musk. La realidad es muchos jóvenes tirando mes a mes de la pensión del abuelo o de la casa de la madre. La realidad es que gran parte de los boomers eran clase trabajadora y ahora simplemente aspiran a llevar una vida digna para ellos y sus familias. Y la realidad es que la excepción es, por ejemplo, la familia Alba siguiendo la tradición de exprimir a los que consideran chusma con la nueva fórmula de los pisos turísticos. 

Que los privilegiados defiendan sus privilegios es algo normal y coherente pero que la clase trabajadora de cualquier edad defienda a los privilegiados por la vía de poner en la picota a otras generaciones es vía segura para el triunfo del populismo. Olvidar que la gran brecha es entre clases con la vivienda como factor de desigualdad y el derrumbe de Estado del bienestar como acelerante de la desigualdad es hacer trampas en una cuestión que nos afecta a todos por supervivencia y dignidad. Como consuelo nos queda que no es asunto exclusivo de España. Os traigo del pasado al asesinado Charlie Kirk, que fue invitado al podcast del demócrata Gavin Newsom en marzo de 2025. Allí explicó que los jóvenes por debajo de los 35 están recibiendo el mensaje de que el sueño americano vivido por sus padres (primera falacia) ya no estaba disponible para ellos. Kirk dijo que ahí él y sus amigos conservadores vieron “una oportunidad para atraer a los jóvenes, especialmente a los hombres jóvenes”. 

Aquí traigo a colación a Aida dos Santos, autora de Hijas del hormigón, un trabajo que da voz a decenas de mujeres de clase obrera, que insiste en la cuestión de clase y de género que vertebra la desigualdad y que se esconde tras el trampantojo de las guerras generacionales. Como bien sabía Charlie Kirk, culpabilizar de forma general a generaciones anteriores (creadoras de las élites, del sistema) de la evidente precariedad de los jóvenes actuales es un win win para la extrema derecha. Evita hablar de los problemas estructurales, señala un chivo expiatorio y atrae especialmente a hombres jóvenes. La paradoja es que no se busca una salida a la desigualdad, lo que se pretende es instalar en la mente colectiva que la vida es un juego de suma cero y que para que alguien gane algo, otro debe perderlo. Aunque sean tus padres o abuelos. 

Dentro de la guerra generacional subyace esa guerra de género, otra trampa recurrente. La nostalgia se mezcla con el machismo. Escribe el autor de Notes on Being a Man, Scott Galloway: “La transferencia deliberada de riqueza de los jóvenes a los mayores en los Estados Unidos durante el siglo pasado ha llevado a costos inasequibles e indefendibles para la educación y la vivienda, y a la deuda estudiantil vertiginosa, todo lo cual afecta directamente a los hombres jóvenes”. No dice “jóvenes” en general, apela a los hombres, a los que considera más sensibles al relato de “nos han arrebatado todo”. ¿Quiénes nos han arrebatado todo? Según los días y lo que convenga, a veces es culpable tu abuelo con la casa pagada después de 40 años trabajando y otras, la mujer incorporada al mercado laboral que se dedica a quitarte el puesto en lugar de tener hijos, como es su obligación. 

El desguace premeditado y consentido del Estado del bienestar, del que las pensiones dignas son un pilar, tiene culpables pero no son los boomers ni las mujeres, colectivos no homogéneos. La desigualdad hay que combatirla entre todos, e instalarnos en lógicas de suma cero en las que alguien con los mismos problemas que nosotros tiene que perder para que ganemos algo es la rendición absoluta ante los privilegiados, aquellos que nunca pierden y siempre ganan. Aquellos que contemplan las guerras entre generaciones, entre trabajadores, entre hombres y mujeres, entre nacionales y extranjeros, como una oportunidad para aumentar sus privilegios y que todo cambie y se derrumbe para que todo siga como siempre tuvo que ser.