La portada de mañana
Acceder
El verano extremo le cuesta más de 20.000 millones a España
Más Madrid lleva al Tribunal de Cuentas la compra del ático
Opinión - Ceuta, capital Islandia, por Antón Losada

Caras en la multitud

30 de agosto de 2026 21:58 h

0

En el último de una de sus colecciones de relatos, La niña del pelo raro, escribe David Foster Wallace que “todos tenemos nuestros pequeños delirios solipsistas, intuiciones espectrales de singularidad absoluta: que somos la única persona en la casa que rellena la cubitera de hielos, que descarga el lavavajillas limpio, que a veces mea en la ducha, cuyo párpado tiembla en las primeras citas; que solo nosotros nos tomamos lo casual terriblemente en serio. […] Que solo nosotros amamos el solo-nosotros. Que solo nosotros necesitamos el solo-nosotros. El solipsismo nos vincula. Que nos sentimos solos en la multitud; no nos paramos a pensar qué ha hecho que esa multitud exista. Que somos, siempre, caras en la multitud”.

Menos mal que es así. El otro día leí un comentario bajo una de mis columnas de las pasadas semanas: venía a expresar cierto descontento sobre cómo, en agosto, sobre todo, los periódicos (también este) tendían a llenarse de banalidades, intuyo que por apartarse de temas políticos o de actualidad. Todo periódico ofrece, por suerte, un amplio abanico donde elegir. Pero me inquieta pensar —porque me tomo lo casual terriblemente en serio— que haya quien no vea lo banal como algo extraordinariamente importante; sospecho, en realidad, que algunos de los males de la política en 2026 tienen que ver con la ausencia de lo banal y casual en política, con formas de seriedad radical. Me explico.

Ahora que llega septiembre y volveré a escribir más sobre política en esta sección que sobre cualquier otra cosa percibo, más que nunca, cómo la política produce una mezcla rara de pasión y tedio: nunca he sabido vivir sin ella, no soporto lo mucho que me aburre su peor versión. Lo peor que se puede perder en la vida es lo lúdico. Estos días, una amiga, habitual en ella, me hablaba de los guapos que eran aburridos o, peor, tibios, tibio como lo más grave que puede alguien ser. Tibio no es lo mismo que ser moderado o ecuánime. Tibio, más bien, es el cínico o quien no se conmueve, quien está por estar, a quien nada despierta o pone en movimiento. La política actual carece por completo de moderados, pero está llena de tibios. Lo opuesto a la tibieza no es la exaltación ni el malrollerismo, tampoco la voluntad destructiva; para no ser tibio hay que vivir con sentimiento.

El sentimiento, por más que lo busquemos, no está en el flujo infinito de noticias o sucesos, en lo que le ha pasado a personas de las que no retenemos nombre ni rostro, solo datos: el sexo, la edad, causa de la muerte, si son aún más desafortunados solo una cifra. La política acostumbra a deshumanizar a los seres humanos al convertirlos en cifras. ¿Qué es, por ejemplo, una multitud de 70.000 personas? Como los 80.000 caballas de Ceuta, son, siempre, caras en la multitud, como lo somos siempre, en todo momento, cuando habitamos este mundo.

Lo que nos recuerda que somos eso es precisamente todo cuanto tiene que ver con lo banal. Los espíritus reaccionarios lo tendrían mucho más difícil para deshumanizar a quien migra si habláramos de nuestras banalidades compartidas: reconocernos en una manía, en algo que nos fascinó, la forma de arquear una ceja, un gesto, la sensación al encontrarse con alguien de que una corriente misteriosa —la de lo humano— nos conecta. Vale la pena por eso –a mi juicio: me puedo equivocar– escribir sobre todo lo que “los columnistas” escribimos en verano, cuando el ritmo de la vida se dilata: escribir sobre verbenas, fiestas, goce, tonterías, crucigramas, todo lo concreto que no son abstracciones. Abstracciones tampoco son los rostros, abstracciones tampoco son las caras. Menos mal que siempre hay una multitud en la cual poseer el rostro propio.