La conjura de los necios
Quizá me equivoque, pero creo que fue mi querido Enrique Murillo quien tradujo “A Confederacy of dunces”, el título de la gran novela de John Kennedy Toole, como “La conjura de los necios”. Y ahora mismo no se me ocurre mejor titular para definir lo que ocurre. Los necios se han conjurado para entregar el mundo, o al menos esa parte de él que suele definirse como “las democracias”, a los peores criminales y las políticas más estúpidas.
Uno puede buscar explicaciones más o menos razonables. La frustración de las clases medias, la desesperanza de los jóvenes, el miedo de los ancianos, la añoranza de aquellos tiempos mejores que nunca existieron, el ansia de revancha contra ese vecino al que le van bien las cosas, la intoxicación desinformativa de las redes… Pero resulta inútil. La explicación más simple e inverosímil es la más convincente: los mayores necios del planeta se han puesto a tocar la flauta y nosotros les seguimos.
Ahí está Donald Trump, un estafador al frente de la gran superpotencia militar. Caben pocas dudas acerca de su deterioro cognitivo. No se puede culpar a nadie por sufrir una enfermedad (que, de momento, parece haber afectado a Trump de muchas formas pero ha mantenido intacto el rasgo fundamental de su personalidad, la codicia); sí son culpables quienes aún tratan de apaciguarlo, quienes aún le ríen las gracias y quienes aún le votan.
Cabe confiar en que sean pocos sus votantes en las elecciones del próximo 3 de noviembre. Cabe confiar en que una nueva mayoría parlamentaria le arrincone e, idealmente, le abra un proceso de destitución, el famoso “impeachment”.
Nada, sin embargo, es seguro. Y, en cualquier caso, el mal está hecho. Demasiada gente, en Estados Unidos y fuera del país, ha confiado (¡por dos veces!) y sigue confiando en el idiota de color naranja. Un idiota codicioso que no deja de forrarse junto a su familia y sus compinches mientras arruina a sus conciudadanos y protege a aliados de la peor calaña. Me refiero a tipos como Benjamín Netanyahu y Vladímir Putin.
Hay quien ha pensado desde siempre que el sionismo es un movimiento neocolonial cuyo objetivo consistía en adueñarse, por las malas o las malísimas, de territorio ajeno. También hay quien justifica el sionismo. La opinión es libre.
Ahora bien, no soy capaz de encontrar justificación (por más que se argumente, con razón, que Hamás es tan indeseable como el antiguo Irgún judío y que los atentados del 7 de octubre fueron horrendos e inhumanos) al progresivo descenso de buena parte de la sociedad israelí hacia un pozo de brutalidad y sadismo. Yo solo puedo explicármelo como un triunfo de la más peligrosa necedad en la que seguimos llamando “la única democracia de Oriente Próximo”.
¿Y la Unión Europea? Todavía es, en un contexto internacional dominado por la idiocia, un relativo reducto de racionalidad (cada día más reducto y menos racional).
Los entusiastas de la burocracia comunitaria proclaman que la Unión ha sabido salir de todas las crisis. Acepto el argumento, si esos entusiastas aceptan que tras cada crisis se ha acentuado el retraso industrial y tecnológico. Acepto el argumento, si esos mismos entusiastas aceptan que el famoso “soft power” diplomático de la Unión demuestra una y otra vez que no intimida a nadie. Acepto el argumento, si esos entusiastas aceptan que la progresiva parálisis económica y social (ay, el consenso; ay, el déficit democrático) de la Unión ha favorecido el auge de la ultraderecha.
Europa, que ya probó hace un siglo las recetas de la ultraderecha y sufrió sus consecuencias, parece dispuesta a repetir. Ahora, díganme, ¿esto es o no es necedad?
Supongo que Xi, Putin y Netanyahu no acaban de creerse que la conjura internacional de los necios les ponga tan fáciles las cosas.
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