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Lo correcto o lo incorrecto

La actriz y activista política estadounidense Jane Fonda, durante una rueda de prensa posterior a dar un discurso en contra del uso de los combustibles fósiles, en abril, en Nueva York (NY, EE.UU.). EFE/Ángel Colmenares
27 de febrero de 2026 22:18 h

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Vivimos en una época en la que ser grosero, maleducado, mentiroso, machista, racista y homófobo otorga un tipo de protagonismo inesperado, y no necesariamente negativo. Hay quienes encuentran en la agresividad, la burla, la insensibilidad e incluso la humillación, ese frenesí que les hace sentirse alguien, sentirse algo. Hay que reconocer que no son tantos como parecen, pero sí los suficientes como para hacerse notar. Se instalan en esta nueva impostura social por placer, por aburrimiento, por no ser menos y, también, por tratar de encajar. Pertenencia e identidad desde el lugar incorrecto de la Historia. Desinhibición y frenesí. Agresividad, burla, insensibilidad e incluso humillación. Todo ello cuenta, además, con las bendiciones de la extrema derecha, el matonismo liberador de las ataduras de lo woke. Todo vale.

Hace unas semanas, la actriz Jane Fonda, en The Late Show with Stephen Colbert, hizo una reflexión que me resultó especialmente sugerente en este tiempo de búsqueda. Decía: “Estamos viendo cosas que nunca antes habían sucedido. El autoritarismo se ha infiltrado en cada rincón de nuestro gobierno. (…) Están sucediendo cosas realmente malas. Y no es cuestión de derecha o izquierda. No me importa a qué partido pertenezcas. Es cuestión de lo correcto o lo incorrecto. ¿Verdad?”. No hablaba Jane Fonda desde la superioridad moral, hablaba desde el lugar donde se construye o destruye humanidad. Hablaba desde los derechos humanos, pero también desde los valores que inspiran y sostienen estos derechos. Interpelando a quien la escuchara a preguntarse sobre si está hablando, actuando o dejando de hacer desde lo correcto y lo incorrecto como Humanidad. Volvamos a lo básico: al respeto, la empatía, la solidaridad y el amor.

No es una reflexión que solo afecta a problemas globales como el genocidio de Gaza, la invasión de Ucrania, el extractivismo de las grandes corporaciones tecnológicas, las violaciones de derechos humanos en las fronteras, las redadas racistas en barrios multiculturales como Lavapiés… No, estoy pensando en esa impostura cotidiana de quienes obvian conscientemente el lenguaje inclusivo, niegan la violencia machista, desprecian a las mujeres que denuncian acoso, insultan a una persona por el color de su piel, se sienten superiores que quienes migran a nuestro país, se burlan de niñas y niños que forman parte de los therian acosándoles públicamente, especulan con los precios de sus propiedades por codicia... ¿Acaso no saben estas personas qué es lo correcto o lo incorrecto en conciencia? ¿Lo justo y lo injusto?

Lo correcto y lo incorrecto no son reglas inflexibles. No se trata de moral, ni de religión, tampoco de tradiciones ni prácticas culturales. Ni siquiera se trata de lo legal y lo ilegal. Lo correcto y lo incorrecto son respuestas que damos a las situaciones que nos interpelan en el momento en el que estamos y que ponen al descubierto cuáles son nuestros valores y si estos están alineados con los valores universales, de derechos, de principios y de convivencia que sabemos nos conducen al entendimiento y la paz. Lo correcto y lo incorrecto frente a la élite del odio es decidir qué hacer. Hay una frase de Martin Luther King, Jr. que dice: “Siempre es el momento adecuado para hacer lo correcto”.

Lo correcto en derechos humanos implica respetar la dignidad intrínseca a todo ser humano. Por eso no tiene cabida el desprecio con el que la extrema derecha trata a las vidas migrantes, a las personas diversas, a quienes representan la diferencia. Lo correcto es garantizar igualdad, libertad y no discriminación desde un prisma de bien común y justicia social, contraponiéndose a los postulados neoliberales que defienden el uso de la libertad de manera individualista y egoísta. Lo correcto es defender el valor de los derechos humanos frente a quienes necesitan que estos desaparezcan para gozar de impunidad ante las violaciones de derechos que cometen. Y esto no es una intuición personal, es la herencia de una genealogía feminista y de movimientos sociales que nos precedieron en otras crisis, en otros momentos de avance del fascismo. El feminismo nos enseña que lo personal es político y los movimientos por los derechos civiles, por los derechos LGTBIQ+, por la justicia social, por el cambio climático… nos recuerdan que los avances no son automáticos y que cada retroceso comienza naturalizando las pequeñas humillaciones y no poniendo límites a quienes las protagonizan con antivalores.

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