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Opinión - 'La encerrona perfecta', por Rosa María Artal

Tanto odio no es casualidad

Imagen de la Plaza Pedro Zerolo de Madrid. EFE / Borja Sánchez-Trillo
3 de julio de 2026 21:34 h

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Un profesor víctima de un ataque homófobo en Mallorca, un chico agredido por cinco menores de edad después de verle besarse con otro durante unas fiestas en Mataró, una persona trans humillada y golpeada por catorce jóvenes en Ontinyent, una agresión tránsfoba grabada para difundirse en redes sociales en Barcelona, un concierto suspendido tras ataques homófobos contra el grupo Fades, un concejal insultado por ser trans en Arrigorriaga, otra brutal agresión homófoba en Tolosa… Cambian las ciudades, cambian las víctimas, cambian quienes agreden, pero el patrón se repite. Estos son solo algunos de los titulares que han dejado las últimas semanas de LGTBIQfobia en nuestro país. Muchas de estas agresiones comparten rasgos inquietantemente similares: se producen en grupo, en espacios públicos, con una fuerte carga de humillación, en ocasiones son grabadas para amplificar el daño y difundirlo en redes sociales, y con demasiada frecuencia, están protagonizadas por personas muy jóvenes.

Estas agresiones no castigan únicamente una orientación sexual, una identidad de género o la manera en que este se expresa desde la disidencia sexual. Estas agresiones castigan la visibilidad de las personas que somos LGTBIQ+, no son episodios aislados ni simples peleas. Son un mensaje que las personas que agreden lanzan no solo a la persona concreta que es víctima, sino a todas las personas que formamos parte de un colectivo que nos identificamos bajo las siglas LGTBIQ+. Un mensaje amplificado en la violencia y que busca expulsarnos del espacio compartido, del lugar público, de la vida cotidiana, de la naturalidad de las relaciones humanas, de los derechos innatos que nos corresponden. Cada insulto, cada escupitajo, cada paliza, cada agresión nos transmite exactamente el mismo recado: “escóndete si no quieres sufrir, vuelve al armario”. Por eso el primer derecho que empieza a perderse cuando avanza la batalla cultural contra la igualdad y los derechos humanos (sean los de las personas LGTBIQ+, las mujeres, las personas migradas o cualquier otro colectivo que es víctima de los discursos de odio de la extrema derecha) es un derecho muy elemental, es el derecho a caminar por la calle sin miedo.

El odio también se aprende porque nadie nace pensando que llamar “maricón”, perseguir a una persona trans o golpear a un chico por besar a otro es una forma “aceptable” de comportarse. Esa legitimación se construye poco a poco, cuando determinados discursos dejan de presentarnos a las personas LGTBI como personas cuyas vidas debe ser respetadas para convertirnos en un problema, en una amenaza o en enfermos. Narrativas que reproducen los planteamientos de Antonio Vallejo-Nájera (que estaba al frente de los servicios psiquiátricos del régimen de Franco) que disfrazó el odio en ciencia para calificar y tratar a las personas homosexuales como enfermas, incapaces y criminales. Basta sembrar una idea para justificar la violencia y convertir el odio en un comportamiento social que proporciona reconocimiento y pertenencia.

No es casual que, mientras aumentan estos discursos, también aumente la presencia de Vox en los gobiernos autonómicos del PP. Tampoco es casual que Vox lleve años calificando el Orgullo de espectáculo de “dudoso gusto”, “bochornoso” o “ridículo” porque su objetivo no es únicamente derogar unas leyes o desacreditar una celebración, es cuestionar la legitimidad de la presencia de las personas LGTBIQ+ en el espacio público y presentar nuestra igualdad como una imposición frente a los demás. Sin embargo, el Orgullo nunca ha sido ni será una celebración privada es la expresión de la rabia, de la rebelión frente a los que nos quieren en los armarios, en los psiquiátricos o en las cárceles. El Orgullo es subvertir el orden patriarcal, es la conquista del derecho a existir sin pedir permiso, a caminar de la mano de quien quieras, a besarnos en las plazas, a actuar sobre los escenarios, a contar nuestras historias, a ocupar el espacio público sin convertir el propio ser en un acto de valentía. Por eso las agresiones que se producen precisamente ahí, en las calles, en los conciertos, en las fiestas populares, en los institutos, en las plazas... no castigan únicamente quién somos, castigan que seamos visibles y pretenden que volvamos a sentir miedo, que pensemos dos veces si damos un beso, si ondeamos una bandera arcoíris o si hablamos con naturalidad quiénes somos.

La LGTBIQfobia ya existía cuando Vox apareció en las instituciones, pero entonces existía el compromiso a construir un consenso democrático que señalaba que era socialmente inaceptable y que impulsó leyes para proteger a quienes históricamente habíamos sido perseguidas y perseguidos. Ese consenso es precisamente el que la extrema derecha de Vox con la complicidad del PP pretende erosionar. Los derechos LGTBIQ+ garantiza algo que no solo nos afecta a quienes formamos parte de este colectivo, afectan al derecho más elemental en una sociedad que quiera vivir sin ser reprimida, el derecho de todas las personas a vivir sin miedo a ser insultadas, humilladas o agredidas. El derecho a vivir en paz en tiempos de fascistas ya sea en España, en Palestina, en Yemen, en Ucrania, en Argentina o en Uganda (esta no es una lista cerrada). Es el orgullo de maricas, bolleras, bisexuales, asexuales, intersexuales y trans* que desafían el odio que no es causal.

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