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Los otros gritos del Mundial

La líder fundadora del colectivo Madres Buscadoras de Sonora, Cecilia Flores (c), posa con integrantes del colectivo, en el municipio de El Salto en Jalisco (México). EFE/ Francisco Guasco
12 de junio de 2026 22:45 h

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México me resulta un país inabarcable geográfica, histórica y culturalmente. Reúne tal riqueza, diversidad y pluralidad que pretender conocerlo supone, al menos para mí, una inmersión que nunca será completa ni la definitiva. Siempre habrá un matiz que obligue a reinterpretar lo aprendido, a revisar la propia historia de España y, por supuesto, a abrirse a esa cosmovisión rodeada de misterio y desconocimiento. Regreso de México abrumada por su sabiduría ancestral, popular y ciudadana. Regreso también con dolor al comprobar cómo este Mundial que tantos focos acapara ignora y, por tanto, agranda las brechas de la desigualdad y la violencia. Un Mundial que puede llegar a resultar groseramente obsceno al observar el contraste de un estadio lleno mientras miles de familias preguntan dónde están los más de 133 mil desaparecidos.

Visto desde esta mirada de conjuro, no es precisamente respeto lo que promueve el fútbol que se ha convertido en industria global explotadora de personas y recursos. Tampoco parece que exista ese respeto en parte de las aficiones que, durante el aguacero que cayó en Ciudad de México el día de la inauguración, no encontraron mejor refugio que las lonas de las madres buscadoras. Esas lonas donde aparecen los rostros de hijas e hijos desaparecidos y que habían extendido en la simbólica plaza del Ángel. Esas que reflejaban las fotografías que son, para miles de familias, mucho más que una imagen, son la única presencia que les queda y la única manera de reclamar su búsqueda. Utilizarlas para protegerse de la lluvia fue un gesto muy gráfico de lo que significa el Mundial de fútbol en este inmenso país.

Mientras la FIFA, los patrocinadores y las autoridades participan de las ceremonias, se preocupan por los protocolos y dispositivos de seguridad para los millones de visitantes que llenarán los estadios durante más de un mes en tres países, las madres buscadoras instan legítimamente que la atención mundial se fije en la violencia que representa la desaparición de sus hijas e hijos. Por eso marcharon el día antes de la inauguración hacia el Estadio Azteca. Por eso están ocupando las plazas, avenidas y espacios públicos con fotografías, nombres y fechas. Por eso están transformando el lenguaje futbolístico en una denuncia política. “La pelota vuelve a casa, ¿nuestros hijos cuándo?”, puede leerse en algunas de las pancartas. Junto a ellas se están movilizando otras familias, las de personas migrantes también desaparecidas durante su tránsito por México; otras madres que buscan a hijos de los que nunca volvieron a tener noticias. Todas ellas familias rotas que luchan y denuncian la impunidad que rodea miles de desapariciones, que exigen que esas vidas no queden enterradas bajo el ruido del espectáculo de fútbol.

El Mundial vuelve a ser ese gran evento deportivo que, si bien se presenta como una celebración universal, un espacio de encuentro entre pueblos y cultura, cada vez con más frecuencia funciona como una enorme operación de marketing, un gran negocio donde todo debe aparecer ordenado, atractivo y disponible mientras lo incómodo, lo conflictivo y lo doloroso tiende se esconde detrás de muros de cemento y lonas, tal y como está sucediendo en muchos vecindarios de México. Un país que sabe guardar en la memoria de sus ciudades, de sus comunidades y de sus historias una extraordinaria capacidad para organizarse frente a la adversidad. Los nombres y los rostros de quienes siguen siendo buscados no van a desaparecer de la memoria colectiva por mucho que millones de personas celebraremos goles y triunfos. Sus madres, sus hombres y mujeres no van a dejar de preguntar: ¿dónde están?

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