Lo que Toy Story 5 enseña sobre las cámaras de eco
No sé cuántos de ustedes han visto Toy Story 5, pero, si no lo han hecho y tienen intención de hacerlo, ya les advierto de que esta columna de opinión contiene algún que otro espóiler. La nueva aventura de Woody, Jessie y Buzz y el resto de los juguetes de Bonnie introduce la presencia de las pantallas en la vida de la pequeña protagonista. La niña, ya casi adolescente, está en esa edad en la que lo que más desea es tener amigas, sentirse aceptada, pertenecer… pero no es fácil porque Bonnie no es una cría al uso (ninguna lo es). Ahí es donde aparece una tablet como llave para socializar con otras niñas a través de una plataforma social. Efectivamente, lo consigue y entra en un universo donde otras chicas (las guays) marcan qué hacer, cómo vestir, qué decir y hasta qué merece la pena desear. Bonnie quiere ser su amiga, tener amigas y parecerse a ellas y ahí es como esa amistad la empieza a exigir que cambie. Va dejando atrás aquello que es importante para ella y también lo que la hacía diferente. En ese grupo de amigas lo importante no es ser ella misma, no la quieren así, la quieren si es como ellas dicen que sea. Por eso, cuando actúa de forma distinta descubre que el precio de salirse del guion que fija el grupo es la burla, el rechazo y hacerla sentirse sola y mal consigo misma, es ridiculizarla.
Toy Story 5 no plantea la dicotomía de pantallas sí o pantallas no, sino que más bien deja al descubierto cómo los espacios de “socialización” de las personas menores de edad y las y los jóvenes que se crean a través de esas nuevas tecnologías pueden llegar a funcionar como cámaras de eco que las anulan y manipulan. Es de sobra conocido que todas y todos necesitamos pertenecer. No nada patológico en ello, muy al contrario, ese anhelo forma parte del desarrollo de cualquier persona, especialmente entre quienes están en ese momento evolutivo y emocional de madurar. El conflicto surge cuando el precio de pertenecer a un grupo consiste en dejar de pensar, dejar de ser uno mismo o empezar a creer que solo existe una manera correcta de vivir, de vestir, de hablar o de entender el mundo. Eso es precisamente una cámara de eco y, en las redes sociales, esta dinámica se produce con enorme facilidad gracias a unos algoritmos que potencian contenidos, discursos, ideas y desinformación.
Más allá de los algoritmos, o más bien, aprovechando el impulso de esos algoritmos, esa dinámica de cámara de eco se puede identificar porque crea un entorno en el que las mismas ideas se repiten, se amplifican y terminan percibiéndose como verdades incuestionables porque apenas entran voces discrepantes. Si participas reproduciendo la dinámica ya eres parte del grupo y tienes su reconocimiento y refuerzo, “su amistad”. Por eso, no consiste solo en recibir información afín, sino que esa información rebote constantemente entre las personas que piensan igual, reforzándose una y otra vez. La repetición genera una falsa sensación de verdad y una idea no parecerá cierta porque haya sido contrastada, sino porque el grupo la reproduce a partir de que la haya dicho, sugerido o escrito un influencer o una persona a la que otorgamos autoridad y en la que confiamos. De esa manera, poco a poco las personas de ese entorno cada vez están más aferradas y convencidas de las propias creencias “incuestionables”.
Del método de la “cámara de eco” se sirven muchas plataformas digitales y también formaciones políticas, grupos o sujetos que las usan para difundir desinformación, fake news o campañas de desprestigio con finalidades claramente nocivas y peligrosas. Las cámaras de eco aumentan el sesgo de confirmación y hacen que cualquier opinión distinta se perciba como falsa, absurda, malintencionada o incluso peligrosa. Es un mecanismo extraordinariamente útil para quienes quieren manipular, a modo de ejemplo se puede nombrar la fachosfera que lleva años aprovechándolo, no para convencer a toda la sociedad, sino para radicalizar progresivamente a chicos jóvenes que encuentran en determinados mensajes y en la construcción de enemigos el sentido e identidad que sienten haber perdido o amenazado por las feministas y el feminismo.
La cámara de eco refuerza que esos espacios terminen funcionando como grupos cerrados que convierten el relato del grupo en el único digno de confianza. La polarización está servida, no porque nazca de tener opiniones fuertes, sino porque se ha dejado de escuchar cualquier voz distinta a la autorizada. Cuando eso ocurre, hay un impacto, un daño en las personas de ese entorno, quienes no solo terminan creyendo que solo existe una forma correcta de pensar acaba viviendo porque discrepar, implica ser rechazado, sea expulsado del grupo y quedarse solo. Cuando la espontaneidad, la libertad de pensamiento, la diferencia, la crítica… se sustituye por la obediencia al grupo y la identidad propia por la identidad colectiva, el resultado no suele ser una persona más libre ni más feliz, sino alguien más vulnerable, más dependiente de la aprobación ajena y, paradójicamente, mucho más sola y atormentada. Y esto Toy Story lo cuenta muy bien con la historia de Bonnie, tener amigos es importante, pero no a cualquier precio. Hay grupos a los que es mejor no pertenecer.
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