Una frontera lejana

26 de agosto de 2023 22:06 h

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Este verano, mientras hablábamos del calor, de los incendios, de investiduras y de los fantasmas que colonizan el cerebro de Luis Rubiales, la policía fronteriza saudí se ha dedicado con fruición a ametrallar inmigrantes etíopes. Algo hemos oído del conflicto etíope por unos turistas españoles a los que hubo que rescatar. A saber por qué se les ocurrió a esos turistas visitar un país que lleva tres años sumido en una guerra compleja entre el ejército federal, las milicias de la región norteña de Tigray, fuerzas eritreas y diversas bandas armadas. No sabrían nada de la guerra, supongo. ¿Para qué va a informarse uno sobre el país africano en el que desea gozar de experiencias exóticas?

En fin, que en Etiopía cunde la violencia. Estados Unidos considera que el gobierno federal ha emprendido una “limpieza étnica” contra la población de Tigray. En el último año, más de cinco millones de etíopes han tenido que huir de sus hogares. Cinco millones, piensen en la cifra. Algunos de ellos, decenas de miles, han pasado a Eritrea y desde ahí han cruzado como han podido el estrecho hacia Yemen, cuya capital, Saná, es controlada por las milicias huthíes en guerra contra Arabia Saudí. Desde Saná, quien ha podido pagar sobornos ha llegado precisamente a la frontera saudí. Y, día tras día, los refugiados etíopes han sido acogidos con disparos, mutilaciones y torturas. El recién publicado informe de Human Rights Watch, corroborado de forma independiente por la BBC británica, constituye una lectura escalofriante.

Había pensado escribir sobre este horror (prefiero no entrar en detalles porque el sadismo de los saudíes ha alcanzado niveles delirantes, cosa que a estas alturas, sabiendo que el país es dirigido por un sociópata como Mohamed Bin Salman, no debería sorprender a nadie), pero se me adelantó Lydia Polgreen, una veterana de los conflictos africanos que fue directora de la edición internacional de “The New York Times” y ejerce ahora como columnista en el periódico.

Recomiendo la lectura de la columna de Polgreen, titulada (traduzco) “En un informe sobre una frontera lejana, atisbé nuestro brutal futuro”. Polgreen enmarca las matanzas de migrantes etíopes en un fenómeno global: la violencia contra millones de infelices que buscan seguridad y un futuro mejor en otros países. Hay mafias que se aprovechan de estas migraciones masivas, por supuesto. Y hay quienes atribuyen un gigantesco fenómeno global a estas mafias. No vale la pena refutar tal idiotez: es como intentar convencer a un terraplanista de que nuestro planeta es, al igual que los otros planetas, un objeto muy grande parecido a un balón.

Lo que más me llamó la atención, sin embargo, no fue el excelente texto de Polgreen, sino los comentarios de los lectores. Hablamos de comentarios filtrados, escritos por personas más o menos informadas (con el “Times”, pese a sus defectos, siempre se aprende algo) y capaces de reflexionar sobre el asunto. Las opiniones eran casi unánimes: esto es una guerra que se hará más y más cruenta. Desde Texas hasta Melilla, desde Turquía a Arabia Saudí, desde el impenetrable Darién panameño hasta Bangladesh, desde el cementerio marino del Mediterráneo hasta Ucrania, casi 300 millones de personas (cosa de las mafias, ja ja) andan huyendo según la ONU. Huyen hacia países donde no son deseados y donde se les recibe de forma cada vez más brutal.

“Pon 8.000 millones de personas en un espacio limitado y bajo condiciones que empeoran: no es ninguna sorpresa lo que ocurre”, escribía uno. “La humanidad se ha infligido esto a sí misma por un exceso de reproducción y, como consecuencia, la degradación ambiental”, opinaba otro. “En unas décadas, cuando el cambio climático convierta en inhabitables amplias zonas del planeta, ¿qué hará la gente?”, decía un tercero. Y otro: “Esto [la violencia contra los inmigrantes] es lo que necesita una nación para defender sus fronteras”.

El cambio climático está ocurriendo. Las migraciones masivas están ocurriendo. Esta guerra espantosa, en la que los países ricos no desempeñan un papel muy lucido, ha empezado ya. Pero nosotros estamos en lo nuestro. Les aconsejo leer a Oliva Manning, autora de varias novelas espléndidas sobre su experiencia como expatriada británica en Rumanía, Grecia y Oriente Próximo durante la Segunda Guerra Mundial: Manning demuestra que cuanto más se derrumba nuestro mundo, más nos ocupamos de las pequeñas cosas que somos capaces de comprender y más evitamos pensar en la tragedia colectiva.