Historia de Rosamari

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Hoy voy a escribir de una historia personal, anónima, aunque en realidad es la historia de una generación de mujeres, de muchas de ellas, que lograron volar como no pudieron hacer sus madres, atadas a la pata de la dictadura. De vidas ignoradas que edificaron una sociedad desde las ruinas. No merecen pagar los platos rotos de los continuos recortes de la política del lucro en los servicios públicos.

Hace un par de semanas les hablé ya de mi amiga Rosamari, víctima de la precariedad de la España vaciada, en sanidad pública sobre todo. Médicos itinerantes por pueblos y a varios kilómetros del domicilio. Con una salud de hierro hasta ahora, llevaba tres semanas con fuertes dolores e ibuprofeno por todo tratamiento en tanto los especialistas a los que la remitían en dos visitas a urgencias encontraban hueco para atenderla. Es la historia pues de la España de hoy también.  

La tercera vez que acudió a urgencias en un hospital de Huesca, a 32 km. de su pueblo, el día 6 de este mes, la dejaron ingresada por fin. Desde entonces se le fueron practicando múltiples pruebas, invasivas varias, sin lograr determinar por completo un diagnostico mientras su estado se deterioraba. Escribo esto el domingo a mi regreso de Huesca, tras haberla dejado acribillada de goteros; sola, porque el protocolo de la Covid sí que es riguroso y estricto a estas alturas de la pandemia, solo permite una hora de visita por la mañana y otra por la tarde y de una sola persona. Su familia, que acude desde Zaragoza –a 74 km.- ha de conformarse con eso. Confiando todos en la dedicación y buena voluntad de los profesionales del centro pero con una honda preocupación. 

Ella ha estado en todos los momentos clave de mi vida, en la felicidad y en los descalabros, dejándolo todo muchas veces por acudir a mi lado. Arropándome incluso en fríos infinitos y empujándome a aventuras inciertas, lo que no puedo dejar de agradecerle. Quizás son los afectos los que nos nutren y construyen a las personas. Y tuve que dejarla, sola, en un tiempo sin retorno, aunque esperemos con luz a la salida del túnel.

Empezando por el principio, la historia se inicia abriendo ventanas. A finales de los años 60. Rosamari, con 15 años, cosía pantalones en su casa de Zaragoza, con su madre y su hermana menor. Adolescentes, las niñas; esto pasaba. Escuchando la radio como vehículo de salida. Radio Popular entonces era la más avanzada, cuajada de música, literatura e ideas. Competimos en dos concursos para adivinar la melodía que sonaba al primer acorde, de música pop, jazz y clásica. Una vez ganó ella; otra, yo. Mide apenas 1,50; yo, casi 1,80. El punto y la i en la estructura de una sólida amistad.

Rosamari es el ejemplo de quienes labran su vida cambiando el destino preescrito por el logro de un sueño mejor. Obstinada en sus anhelos, tenaz en la lucha por sus objetivos. Y hay que decirlo cuando el reloj sigue marcando sus horas. Aparentemente frágil, ha sido siempre una torre de fortaleza envidiable. Fuimos al Londres de los 70 y con una juventud desbordante -viaje obligado, iniciático- atraídas por la música y la modernidad. Por los Beatles y los pubs, las emisoras pirata Radio Caroline y Radio Luxemburg, por Carnaby Street y Camden Town y el Museo Británico y la Tate Gallery y el Harrod´s y las incipientes boutiques y Hyde Park, por supuesto, y el cine sin cortapisas. Parecía otro planeta.

Ambas ensanchamos horizontes y aprendimos a vivir de las experiencias. Ella se quedó y se creó con un inglés perfecto una profesión para desarrollar en Zaragoza. Totalmente autodidacta, se empapó de literatura, de las columnas de los buenos periodistas en los periódicos que aún guarda, del arte, las antigüedades, de lo bello, de la música, de los Rolling Stones en cabeza. Retratos a lápiz y la fotografía artística como otras grandes pasiones.

Así era aquella generación de mujeres sin posibles que lograba realidades con su tesón. Cuánto ha conseguido Rosamari con tan poco, estirando los medios con su tenacidad. Para recorrer el mundo que le gustaba y verlo sin intermediar las pantallas. Sí, los viajes, los placeres, las búsquedas, los amores, los desastres, el renacer y recaer y resurgir. Siempre ahí, una y otra, cerca en la distancia, permanentes aún en las grandes pausas.

A su jubilación y con gran esfuerzo, regresó a recuperar la casa de los padres en un hoy diminuto y despoblado pueblo de los Monegros, en Huesca. Con el aire puro y los animales y su eterno punto de extravagancia para buscar en las formas de las montañas más sueños que ya no están al alcance de la mano, pero pueden seguir volando en las certezas de la imaginación.

Rosamari soporta con entereza las pruebas médicas de ahora, renovada su lucidez, y mantiene su pasión por vivir y seguir descubriendo, que es la clave de la supervivencia, marca de su trayectoria. Toca ahora un traslado para la conclusión del diagnóstico y el tratamiento. ¿Habrá en Zaragoza más tiempo de visita?

¿Por qué solos en estos duros trances cuando la precariedad extrema, insultante, de la falta de medios en la sanidad pública escatima tantas precauciones vitales? Es injusto decretar la ausencia de seres queridos en trances duros de enfermedad fruto de la escasez de medios en buena medida. ¿Cómo podemos seguir admitiendo que la salud humana se vea afectada por criterios de rentabilidad? La pandemia está siendo excusa para mermar la atención sanitaria de numerosas dolencias y también para medidas poco compasivas como estas de la soledad en las hospitalizaciones.

Un viaje a Huesca revelador, de una misma, de sus mochilas, de toda una generación olvidada en medio de los tiempos que marcan periodos históricos. La que practicó con los hechos -y hasta casi sin saberlo- algo muy parecido al feminismo. Que llegamos hasta aquí para lamentablemente seguir viendo los fallos del desigual esfuerzo colectivo que solo salvan las personas, cada una de las personas que mantienen el mundo con sus valores.

PD.

Probablemente en actualidad puntual tocaba hablar de la guerra de las eléctricas o de la emprendida en el PP por el control de Madrid -"que es España", se dijo-. De Esperanza Aguirre como maestra de ceremonias. La expresidenta sale a defender a su pupila Ayuso insultando a sus otros ahijados y similares perfiles en competición. Desde la portada, su prensa lava el cenagal del PP de Madrid, lanzando el dardo. Mientras, como publicaba ElDiario.es, hay valiosos cuadros de Goya danzando. Con la familia Aguirre inventando donaciones. Con una venta por cinco millones de euros que se quedó Esperanza a espaldas de los demás, según denuncia su cuñado. Unas "bonitas historias familiares" que esconden fraudes y en las que la Fiscalía aún no ha indagado.

 Hay familias más cohesionadas en el PP político. La Audiencia Nacional sopesa cerrar la pieza de financiación del PP en 'Púnica'  y archivar la que afecta a  Aguirre. El juez García Castellón, de nuevo, dio por "finalizada" ya la investigación de este caso concreto.

Rosamari y Esperanza apenas tienen un punto destacado en común: ambas son septuagenarias. 

Hoy voy a escribir de una historia personal, anónima, aunque en realidad es la historia de una generación de mujeres, de muchas de ellas, que lograron volar como no pudieron hacer sus madres, atadas a la pata de la dictadura. De vidas ignoradas que edificaron una sociedad desde las ruinas. No merecen pagar los platos rotos de los continuos recortes de la política del lucro en los servicios públicos.

Hace un par de semanas les hablé ya de mi amiga Rosamari, víctima de la precariedad de la España vaciada, en sanidad pública sobre todo. Médicos itinerantes por pueblos y a varios kilómetros del domicilio. Con una salud de hierro hasta ahora, llevaba tres semanas con fuertes dolores e ibuprofeno por todo tratamiento en tanto los especialistas a los que la remitían en dos visitas a urgencias encontraban hueco para atenderla. Es la historia pues de la España de hoy también.  

La tercera vez que acudió a urgencias en un hospital de Huesca, a 32 km. de su pueblo, el día 6 de este mes, la dejaron ingresada por fin. Desde entonces se le fueron practicando múltiples pruebas, invasivas varias, sin lograr determinar por completo un diagnostico mientras su estado se deterioraba. Escribo esto el domingo a mi regreso de Huesca, tras haberla dejado acribillada de goteros; sola, porque el protocolo de la Covid sí que es riguroso y estricto a estas alturas de la pandemia, solo permite una hora de visita por la mañana y otra por la tarde y de una sola persona. Su familia, que acude desde Zaragoza –a 74 km.- ha de conformarse con eso. Confiando todos en la dedicación y buena voluntad de los profesionales del centro pero con una honda preocupación. 

Ella ha estado en todos los momentos clave de mi vida, en la felicidad y en los descalabros, dejándolo todo muchas veces por acudir a mi lado. Arropándome incluso en fríos infinitos y empujándome a aventuras inciertas, lo que no puedo dejar de agradecerle. Quizás son los afectos los que nos nutren y construyen a las personas. Y tuve que dejarla, sola, en un tiempo sin retorno, aunque esperemos con luz a la salida del túnel.

Empezando por el principio, la historia se inicia abriendo ventanas. A finales de los años 60. Rosamari, con 15 años, cosía pantalones en su casa de Zaragoza, con su madre y su hermana menor. Adolescentes, las niñas; esto pasaba. Escuchando la radio como vehículo de salida. Radio Popular entonces era la más avanzada, cuajada de música, literatura e ideas. Competimos en dos concursos para adivinar la melodía que sonaba al primer acorde, de música pop, jazz y clásica. Una vez ganó ella; otra, yo. Mide apenas 1,50; yo, casi 1,80. El punto y la i en la estructura de una sólida amistad.

Rosamari es el ejemplo de quienes labran su vida cambiando el destino preescrito por el logro de un sueño mejor. Obstinada en sus anhelos, tenaz en la lucha por sus objetivos. Y hay que decirlo cuando el reloj sigue marcando sus horas. Aparentemente frágil, ha sido siempre una torre de fortaleza envidiable. Fuimos al Londres de los 70 y con una juventud desbordante -viaje obligado, iniciático- atraídas por la música y la modernidad. Por los Beatles y los pubs, las emisoras pirata Radio Caroline y Radio Luxemburg, por Carnaby Street y Camden Town y el Museo Británico y la Tate Gallery y el Harrod´s y las incipientes boutiques y Hyde Park, por supuesto, y el cine sin cortapisas. Parecía otro planeta.

Ambas ensanchamos horizontes y aprendimos a vivir de las experiencias. Ella se quedó y se creó con un inglés perfecto una profesión para desarrollar en Zaragoza. Totalmente autodidacta, se empapó de literatura, de las columnas de los buenos periodistas en los periódicos que aún guarda, del arte, las antigüedades, de lo bello, de la música, de los Rolling Stones en cabeza. Retratos a lápiz y la fotografía artística como otras grandes pasiones.

Así era aquella generación de mujeres sin posibles que lograba realidades con su tesón. Cuánto ha conseguido Rosamari con tan poco, estirando los medios con su tenacidad. Para recorrer el mundo que le gustaba y verlo sin intermediar las pantallas. Sí, los viajes, los placeres, las búsquedas, los amores, los desastres, el renacer y recaer y resurgir. Siempre ahí, una y otra, cerca en la distancia, permanentes aún en las grandes pausas.

A su jubilación y con gran esfuerzo, regresó a recuperar la casa de los padres en un hoy diminuto y despoblado pueblo de los Monegros, en Huesca. Con el aire puro y los animales y su eterno punto de extravagancia para buscar en las formas de las montañas más sueños que ya no están al alcance de la mano, pero pueden seguir volando en las certezas de la imaginación.

Rosamari soporta con entereza las pruebas médicas de ahora, renovada su lucidez, y mantiene su pasión por vivir y seguir descubriendo, que es la clave de la supervivencia, marca de su trayectoria. Toca ahora un traslado para la conclusión del diagnóstico y el tratamiento. ¿Habrá en Zaragoza más tiempo de visita?

¿Por qué solos en estos duros trances cuando la precariedad extrema, insultante, de la falta de medios en la sanidad pública escatima tantas precauciones vitales? Es injusto decretar la ausencia de seres queridos en trances duros de enfermedad fruto de la escasez de medios en buena medida. ¿Cómo podemos seguir admitiendo que la salud humana se vea afectada por criterios de rentabilidad? La pandemia está siendo excusa para mermar la atención sanitaria de numerosas dolencias y también para medidas poco compasivas como estas de la soledad en las hospitalizaciones.

Un viaje a Huesca revelador, de una misma, de sus mochilas, de toda una generación olvidada en medio de los tiempos que marcan periodos históricos. La que practicó con los hechos -y hasta casi sin saberlo- algo muy parecido al feminismo. Que llegamos hasta aquí para lamentablemente seguir viendo los fallos del desigual esfuerzo colectivo que solo salvan las personas, cada una de las personas que mantienen el mundo con sus valores.

PD.

Probablemente en actualidad puntual tocaba hablar de la guerra de las eléctricas o de la emprendida en el PP por el control de Madrid -"que es España", se dijo-. De Esperanza Aguirre como maestra de ceremonias. La expresidenta sale a defender a su pupila Ayuso insultando a sus otros ahijados y similares perfiles en competición. Desde la portada, su prensa lava el cenagal del PP de Madrid, lanzando el dardo. Mientras, como publicaba ElDiario.es, hay valiosos cuadros de Goya danzando. Con la familia Aguirre inventando donaciones. Con una venta por cinco millones de euros que se quedó Esperanza a espaldas de los demás, según denuncia su cuñado. Unas "bonitas historias familiares" que esconden fraudes y en las que la Fiscalía aún no ha indagado.

 Hay familias más cohesionadas en el PP político. La Audiencia Nacional sopesa cerrar la pieza de financiación del PP en 'Púnica'  y archivar la que afecta a  Aguirre. El juez García Castellón, de nuevo, dio por "finalizada" ya la investigación de este caso concreto.

Rosamari y Esperanza apenas tienen un punto destacado en común: ambas son septuagenarias. 

Hoy voy a escribir de una historia personal, anónima, aunque en realidad es la historia de una generación de mujeres, de muchas de ellas, que lograron volar como no pudieron hacer sus madres, atadas a la pata de la dictadura. De vidas ignoradas que edificaron una sociedad desde las ruinas. No merecen pagar los platos rotos de los continuos recortes de la política del lucro en los servicios públicos.

Hace un par de semanas les hablé ya de mi amiga Rosamari, víctima de la precariedad de la España vaciada, en sanidad pública sobre todo. Médicos itinerantes por pueblos y a varios kilómetros del domicilio. Con una salud de hierro hasta ahora, llevaba tres semanas con fuertes dolores e ibuprofeno por todo tratamiento en tanto los especialistas a los que la remitían en dos visitas a urgencias encontraban hueco para atenderla. Es la historia pues de la España de hoy también.  

14 de septiembre de 2021 - 22:09 h