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Desde cuándo importan tanto los burkas

La diputada del PP Ester Muñoz defiende en el Congreso la prohibición del burka. EFE/ Víctor Lerena
20 de febrero de 2026 22:26 h

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De derecha a izquierda no queda nadie en la blanquitud occidental que no afirme contundentemente que el burka es “una salvajada”. Ha tenido que venir Vox a iluminarnos en esta cuestión con una provocadora y racista proposición. Gracias a la extrema derecha, las y los españoles han descubierto, de pronto, que la imposición del burka a una mujer es intolerable. La solución parece de simple sentido común, especialmente si se razona el problema desde la mentalidad colonial habitual. La solución no es otra que otra imposición: prohibir el burka. Y así, bajo una lógica improvisada llena de simplificación, ahora la pugna política puede llegar a ser qué partido, dentro del abanico parlamentario, se marca el tanto de aprobar una norma contra el burka y el niqab. Lo que los partidos, de izquierda y de derecha, nacionalistas o no, viven como batalla política, no es otra cosa que una batalla cultural en la que Vox les ha colado un gol. La única diferencia entre unos y otros es el grado de racismo que sostiene sus propuestas: unos invocan los derechos de las mujeres desde una convicción impostada y otros los usan como coartada para naturalizar su agenda de odio y antiinmigración.

¿Y el feminismo qué dice? Algo tendremos que decir. El feminismo blanco, incómodo ante la pluralidad de mujeres y la diversidad sexual, se arrima a esas respuestas punitivistas. Los otros feminismos, los que habitan los márgenes, hacen reflexiones que van más allá de polarizar el debate entre prohibir o no prohibir. Ponen el foco en lo evidente, en cómo Vox ha logrado imponer un marco racista a su falso feminismo (feminacionalismo) que deja al descubierto el frágil conocimiento en materia de derechos humanos de la clase política y de quienes, desde tribunas, micrófonos, columnas..., se presentan como defensores de la prohibición mientras razonan desde el privilegio, el desconocimiento y un racismo interiorizado que ni siquiera identifican como tal. Como al final, como dicen Afrofemninas, “el cuerpo de la mujer con niqab no molesta por lo que hace; molesta por lo que representa en el imaginario de quienes construyeron Europa como proyecto racial y cristiano”.

Desde luego, ni en este ni en otros debates que pone encima la extrema derecha, la respuesta pasa por aceptar el marco que impone con sus iniciativas racistas, machistas y clasistas, propuestas en las que se acuerdan de la dignidad de la mujer si les vale para asociar inmigración e inseguridad o a una falsa llegada masiva de inmigrantes que amenazan la cultura occidental. Ese es precisamente el principal error de la izquierda y de quienes no se identifican como de derechas, asumir como propios los temas de una agenda que utiliza los derechos humanos, también de las mujeres, de manera selectiva para sus campañas de odio, para su agenda anti-derechos. 

Respecto al uso del burka o el niqab, y a lo que significan en la vida de las mujeres en aquellos Estados cuyas políticas religiosas reprimen con dureza y crueldad a niñas, adolescentes y mujeres y sus derechos sexuales y reproductivos, la posición desde la defensa de los derechos humanos viene siendo clara, se denuncia sin ambigüedades las prácticas sostenidas en tradiciones o interpretaciones religiosas que implican trato cruel, inhumano o degradante. Desde los derechos humanos no hay relativismo posible cuando el Estado y la religión convierten el cuerpo de las mujeres en instrumento de control y castigo, sea la religión islámica, el catolicismo, los evangelistas, los ortodoxos u otras creencias fundamentalistas.

Pero el debate incorpora matices decisivos cuando esas prácticas se sitúan en un contexto social, legal y religioso muy alejado del que viven las mujeres en Afganistán, en Irán o en Arabia Saudí. Un contexto donde la pregunta no es solo qué simboliza una prenda, sino qué efectos tiene prohibirla, no vaya a ser que se esté imponiendo otro dogma moral con la excusa de la libertad, ¿qué libertad? Porque tanto imponer como prohibir puede vulnerar derechos en nuestro contexto y, lejos de proteger a las mujeres, puede agravar su exclusión, reforzar su aislamiento y su discriminación. Vincular del burka o el niqab, de manera generalizada y simplificada, a una supuesta amenaza cultural o disfrazarlo de defensa de los derechos de las mujeres no solo distorsiona el debate, sino que alimenta una narrativa que amplifica el rechazo a las personas de origen musulmán o cuya religión sea el Islam e invisibilizan otras desigualdades y graves violencias que sufren estas mismas personas en nuestra propia sociedad, precisamente como consecuencia de su fe o de su origen.

De repente, ahora urge legislar contra el burka y el niqab. La misma semana en que tres mujeres han sido asesinadas, dos de ellas junto a sus hijos, lo urgente para el PP, para Vox y también para Junts es prohibir el burka. Mientras tanto, en sus gobiernos autonómicos y municipales se cuestionan leyes de igualdad, se vacían políticas públicas, se relativiza la violencia machista y se reducen presupuestos a los centros y servicios donde las mujeres pueden encontrar protección. Esa habilidad de la extrema derecha, conseguir que hablemos del burka mientras niegan que el machismo. Y como dice Miquel Ramos, todos picando y todos hablando del burka y la niqab, como si supiéramos de lo que estamos hablando.

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