La intifada de John Deere
Al mirar por la ventana del tren cruzando Castilla a toda velocidad, el cielo se siente más lejos que de costumbre y cobra sentido lo que Miguel Delibes refirió que si es tan alto en esta zona es porque los castellanos lo han levantado de tanto mirarlo. Dos lecturas, una paisajística y otra religiosa, que confluyen en armonía acompañando el traqueteo del vagón y el crujir de las patatas fritas de una señora que no tiene ninguna consideración y no quiere compartirlas con los demás, ni siquiera conmigo. El cielo sigue ahí, lejos, pero no tan lejos, y tan despejado que casi puede verse la negrura del universo tras el azul brillante que nos cubre, tan puro y claro que transparenta sus costuras y deja entrever la silueta plateada de la luna, que ejerce su papel como puerta de entrada al resto de astros.
Al sur de La Mancha, limitando con Murcia, se ven jornaleros encorvados sobre los surcos de tierra arada, como diminutas estatuillas inmóviles en la distancia, parte del paisaje como las sombras de las jirafas a lo lejos en la sabana. Esta tierra, dicen los dueños, tiene sed. Cuando era un crío, ya lo conté en una ocasión, plantaba caracoles con mi abuelo, que no tenía intención de adelgazar mis ilusiones diciéndome que los caracoles no brotan del suelo. Abríamos el paso de la acequia y la canalizábamos hacia su bancal unos minutos hasta que ya era suficiente. Mi abuelo no me enseñó de caracoles, después de todo, pero me inculcó un amor salvaje y desmedido por el suelo que pisábamos, así que al ver estos días el bochorno de la tractorada, algunas de mis cicatrices emocionales se han removido.
Los que venimos de comarcas agrícolas conocemos bien lo que suele cocerse en el campo. Existe una especie de sumisión devota a las necesidades de los agricultores, casi litúrgica. En Murcia, concretamente, ha imperado durante décadas el “dadles lo que pidan, pidan lo que pidan”, y es por esa razón por la que el campo de Cartagena se ha convertido en un páramo de nitratos y lechuga y se ha dejado morir al mar Menor, se ha expoliado el Tajo, se ha hipotecado el futuro económico de la Región a un agua que no habrá y se han explotado los acuíferos con la vista gorda de todas las administraciones responsables.
El sector primario aquí es al Gobierno regional lo que la hostelería y el tráfico rodado al Gobierno de la Comunidad de Madrid: una prioridad por encima de la salud pública. Además, están tratando de camuflar esta intifada de John Deere, cutre y lumpenista, como una tarea prometeica contra las abusivas restricciones europeas a los pesticidas y al uso potomaníaco del agua, especialmente en aquellas zonas que no pueden permitirse las ínfulas babilónicas del lobby de la agricultura. No se trata siquiera de un cierre patronal porque los verdaderos agricultores, los que trabajan la tierra, lo siguen haciendo mientras sus jefes y los querubines acreditados del lumpenproletariado tiran balas de paja ardiendo desde un puente. Qué disgusto se llevarían si les llegase una citación de la Audiencia Nacional por terrorismo pero, por lo que sea, no va a ocurrir.
La huelga de agricultores no es una huelga siquiera. Ellos pueden hacer huelga porque tienen quien trabaje por ellos, ya tienen quien les lleve el pan a casa y llegue a la suya propia con las manos doloridas y la espalda doblada. En sus protestas confluye el rechazo a la Agenda 2030, de la que algunos han erigido un enemigo –hay quien ve en la ecología un nuevo totalitarismo a batir– con la indignación –esta, por su parte, más legítima– por los precios en origen en comparación con los precios de destino. Sin embargo, a donde acuden a protestar es al Gobierno, al que piden, al mismo tiempo, regularizar el mercado y reducir la legislación y las restricciones, y no señalan de forma unánime a las grandes cadenas de distribución que son las que inflan sus márgenes de beneficio hasta el infinito.
Pero la práctica totalidad de la protesta la ha cooptado la extrema derecha, que últimamente está detrás de cada descontento social para tratar de conseguir su ansiado 15M neofascista que vuelque de nuevo el tablero político nacional. Su problema es que muestran tan rápido sus cartas y tienen tanta ansia por poder ondear la bandera preconstitucional sin tapujos que no tardan en perder el favor popular. Expertos en capitalizar protestas, pero sin capacidad política para secuestrarlas por mucho tiempo.
Están los que entienden cuál es el enemigo y los que acuden a la arenga antiglobalista para mantener sus privilegios históricos. A los primeros, los que protestan por precios justos, hay que apoyarles siempre. A los segundos, y a todos esos terratenientes solo puedo decirles que ojalá ese Gobierno comunista que solo gobierna en sus mentes intoxicadas de ira existiera de verdad y llegasen a ver la herencia de sus abuelos convertida en pastos y granjas comunales. La batalla por el campo español se perdió en la Guerra Civil y cualquier intento desde la izquierda por catalizar el descontento de la burguesía agraria solo legitima una postura basada en un cincuenta por ciento de problemas imaginarios. No podemos ceder ni negociar: lo que está en juego es el pan, la salud y el medioambiente. La tierra no es de quien la hereda, es de quien la trabaja.