La izquierda que se prepara para perder
En varias ciudades españolas hay acampadas reivindicando el derecho a la vivienda, y el 11 de noviembre tendrá lugar una huelga general por el mismo motivo. También hay movilizaciones sociales en casi todas las comunidades autónomas reclamando mejores servicios públicos, especialmente importante en sanidad y educación. En Madrid, por ejemplo, los profesores están en huelga indefinida por el estado en el que la Comunidad de Madrid mantiene a los centros públicos, y las protestas se han saldado con cargas policiales y varios heridos.
El conflicto social está emergiendo tras muchos años en los que las principales movilizaciones habían estado dirigidas o impulsadas por las derechas y sus agendas nacionalistas y reaccionarias. Pero sabemos muy bien que esas movilizaciones progresistas no se traducen automáticamente en una alternativa política capaz de disputar el poder, y que hace falta articularlas y darles expresión institucional para convertir sus demandas en políticas públicas. Sin embargo, mientras la gente empieza a salir a la calle, la izquierda política continúa atrapada en negociaciones interminables de cara a las próximas elecciones.
Se mire por donde se mire, no tiene ningún sentido. Si asumimos que la izquierda política existe para mejorar la vida de las clases trabajadoras y defender esos bellos espacios de desmercantilización que llamamos servicios públicos, resulta difícil justificar que las negociaciones electorales se hayan convertido en el centro de su actividad. No se trata de que no haya negociaciones, ya que son necesarias, sino de que ocupen tanto espacio en la agenda pública —que por definición es limitada—. No obstante, sí hay una racionalidad que explica por qué sucede esto, tal y como dije la semana pasada.
Yo he participado en muchas negociaciones y estoy seguro de que incluso he perdido salud por ello. Son momentos en los que dos o más fuerzas políticas —cada una cargando con su mochila de tradición política y cultural, sus egos y sus intereses específicos— se encuentran en la difícil decisión de determinar cuánto representa cada uno en un espacio común. No es fácil, porque no existe un único criterio válido para todos, de modo que cada partido defiende que su peso debe ser mayor porque tiene más militantes, más seguidores en redes, mejores resultados electorales —en las últimas elecciones o en las de hace diez años— o candidatos más competitivos. Pareciera que las primarias pueden ser una forma de deshacer el entuerto, pero tampoco es algo evidente porque pueden ayudar a construir un proyecto común o convertirse en otra arena de confrontación, dependiendo del contexto. Ningún reglamento o sistema de elección de candidatos puede sustituir a la voluntad política de compartir un proyecto. Y ese es el principal problema que veo actualmente.
Cuando el viento sopla a favor y las encuestas dicen que los espacios políticos crecen, los acuerdos suelen ser más fáciles. Una lectura simplista dirá que es porque hay más tarta para repartir; lo que no es falso, pero sí insuficiente. La expectativa de crecimiento hace que los sacrificios de cada organización parezcan compensados por la posibilidad de alcanzar un objetivo compartido. Y esa expectativa depende de que también exista esperanza en la sociedad y de que sus protagonistas consideren viable la posibilidad de transformar la realidad. En 2016, por ejemplo, la expectativa de superar al PSOE y disputar el Gobierno hizo posibles acuerdos entre organizaciones que hoy se encuentran en espacios políticos distintos. En aquel momento todos hicimos “sacrificios” porque la esperanza —de ganar, de gobernar— merecía la pena.
Curiosamente, muchos de los protagonistas siguen siendo los mismos, pero aparecen ahora en trincheras distintas. Adelante Andalucía ha anunciado que se presenta en solitario porque son un partido político con su propia hoja de ruta, algo en lo que Podemos ha insistido desde que salió del gobierno. De hecho, ambos partidos llevan tres años subrayando todo lo que les separa del resto de izquierdas, que para ellas son pusilánimes, subalternas ante el poder y, en ocasiones, incluso colaboracionistas con el genocidio. La derrota del ciclo iniciado en 2016, cuando no se cumplieron las expectativas de superar al PSOE y gobernar como fuerza principal, pese a haber superado el 20% del voto en las elecciones generales de aquel año, contribuyó a abrir una etapa de divisiones y escisiones que llega hasta hoy. No todas responden a las mismas causas, pero muchas pueden entenderse a partir de una misma lógica: cuando deja de parecer viable una victoria compartida, las organizaciones tienen más incentivos para diferenciarse entre sí y preservar su propio espacio. Entonces cada partido necesita construir un relato que identifique aquello que lo distingue de los demás, y lo subraya incesantemente.
El clima es tan distinto ahora porque, en realidad, una parte de esa izquierda ya lo ha dado todo por perdido; ya han tirado la toalla. Quizás es cierto que sus dirigentes no han perdido toda esperanza, pero es seguro que han empezado a organizarse políticamente como si la derrota fuera inevitable. Para ellos la implacable realidad es que gobernarán las derechas y se iniciará un ciclo reaccionario también en nuestro país, similar al que ha aterrizado hace años en otros países europeos y latinoamericanos. En esas condiciones, se preguntan, ¿qué necesidad hay de hacer “sacrificios” y tener que compartir espacio con otros? La estrategia consecuente se convierte en cavar una trinchera defensiva donde quepan los del partido propio, a la espera de tiempos mejores y sin aventurismos ni experimentos de ningún tipo. Es la comodidad de las trincheras, donde se tienen respuestas ante todas las preguntas —aunque ninguna refiera a la realidad—. Y quizás, se dicen a sí mismos, estarán reforzados para cuando el viento vuelva a soplar a favor.
En Podemos y Adelante Andalucía encontramos, por caminos distintos, una expresión de esta lógica. Sobra decir que es legítimo que cualquier partido quiera preservar su autonomía y defender sus posiciones, pero la cuestión central es si esa autonomía sirve para ampliar la capacidad de transformación de la izquierda o si acaba convirtiéndose en un objetivo en sí mismo. Y es ahí donde veo el principal desacuerdo estratégico. Frente a esta posición derrotista, el Frente Amplio, como yo mismo, considera que el horizonte reaccionario no es inevitable y que evitarlo exige construir una candidatura capaz de articular al conjunto del espacio político. Para quienes han hecho de la diferenciación su principal estrategia, en cambio, esa propuesta implica asumir unos costes organizativos y políticos que no están dispuestos a aceptar.
No debe ser fácil para los dirigentes de Frente Amplio tener que metabolizar y olvidar tan rápido todas las heridas causadas en estos últimos tres años. Están literalmente haciendo todo lo que pueden para que Podemos se integre en una lista unitaria, incluyendo la posibilidad de cambiar de nombre y candidato en el último minuto. Desde cierta óptica, puede parecer una generosidad excesiva hacia quienes han seguido una hoja de ruta propia y han contribuido a erosionar el espacio compartido. Es comprensible que ese sea un sentimiento común entre la militancia, como me consta que sucede.
Sin embargo, la decisión no debería juzgarse en función de los agravios acumulados, sino de su utilidad para el objetivo político que se persigue. Como hemos dicho tantas veces, si la fragmentación de las izquierdas reduce las posibilidades de construir una alternativa a las derechas, merece la pena explorar todas las fórmulas razonables para evitarla. Eso es lo que están haciendo los partidos del Frente Amplio. Y eso no significa que las diferencias hayan desaparecido ni que los conflictos anteriores carezcan de importancia, sino que ninguna de esas cosas debería pesar más que la posibilidad de ofrecer una alternativa política al país.
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