La macroeconomía no es un argumento político autosuficiente
En Triana, Sevilla, han encontrado a una mujer de 70 años muerta en un trastero. Según publican medios andaluces, llevaba meses pagando un alquiler por vivir allí. Que esto haya podido pasar responde a varios motivos. El primero: la situación de la vivienda es tal ahora mismo que una persona de 70 años puede verse obligada a pagar alquiler por un trastero (¿Tendría siquiera baño? ¿Un lavabo?), sencillamente porque no encuentra nada más barato donde vivir. El segundo: existe un mercado (y un vacío legal) que permite que alguien alquile un trastero para vivir, sin que nada lo impida. Y el tercero: hablamos de un barrio que concentra unas 1.800 viviendas de uso turístico (según estimaciones del sector), lo que da una idea muy evidente de a qué se ha destinado el parque de vivienda que antes ocupaban vecinas como ella.
En paralelo a esta noticia, la OCU publicaba hace unos días que los alimentos acumulan una subida del 35% en los últimos tres años. Lo notamos el común de los mortales con echar algo de carne y verdura al carrito, pero esta obviedad parece extraordinariamente difícil de trasladar a un discurso político que se limita a hablar de la moderación de los precios, del mismo modo que parece imposible trasladar el drama de la vivienda a una política verdaderamente efectiva.
¿A dónde quiero llegar con todo esto? Pues a que cuanto más insiste el Gobierno en que la economía va extraordinariamente bien sin incorporar inmediatamente después la cuestión del coste de la vida, mayor seguirá siendo y será la distancia entre su relato y la experiencia de la gente, hasta que la reivindicación legítima de unos buenos datos macroeconómicos termine sonando casi que a burla. Un gobierno puede sobrevivir a un escándalo de corrupción, incluso a más, puede sobrevivir a una crisis migratoria, incluso con la dimensión de la de Ceuta, pero creo que es difícil que sobreviva a la percepción de que la vida se ha vuelto dificilísima mientras se proclama que todo marcha estupendamente.
Ahora mismo hay miles de estudiantes barriendo Idealista de cabo a rabo para tratar de encontrar un techo bajo el que poder comenzar el curso en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga o Salamanca. Donde antes compartías piso con un colega por 600 euros en total, ahora pagas la misma cantidad por habitación, sin gastos. Familias de todas partes están haciendo cálculos imposibles para que sus hijos puedan estudiar fuera, y no pocas están desistiendo directamente de la idea de una carrera universitaria lejos de casa porque no se puede con todo.
Y por ahí anda ya el Círculo de Empresarios afilando los colmillos y la motosierra, pidiendo directamente un nuevo mandato electoral para aplicar reformas. Vamos, para abaratar el despido, alargar la jubilación a los 72 años, bajar las cotizaciones a las grandes empresas o recuperar la contratación temporal. Avisar avisan, hay que concederles el mérito de la honestidad, mientras el malestar de las clases medias y trabajadoras sigue alimentando opciones políticas que van a terminar empeorando todavía más su propia situación.
Ese desajuste entre la bonanza de los datos macroeconómicos y la experiencia propia es posiblemente el combustible político más potente de esta década, y se está regalando casi gratis a quienes prometen soluciones simples a problemas muy complejos. Puedes explicar hasta la extenuación que crece el PIB o que mejora el empleo, pero si alguien abre la app del banco y ve que a día uno de mes se le ha ido un 80% del sueldo en alquiler difícilmente va a emocionarse con el cuadro macroeconómico. Ahora que ya parece que estamos en campaña electoral sin estarlo oficialmente, está bien recordar que la macroeconomía nunca será un argumento político autosuficiente.