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La misteriosa desaparición de la clase obrera

Pintada callejera

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Siempre he pensado que un problema que tenemos como sociedad desde hace un par de décadas es que nos hemos dejado convencer de que la clase obrera ha desaparecido, de que todos somos clase media, de que tener un trabajo mal pagado, no poder permitirse una vivienda digna, ser humillado por los jefes, ir de contrato precario en contrato precario, tener que pensar si el champú puede aguantar un par de días más porque comprarlo esta semana desequilibra el presupuesto es absolutamente normal y no significa que uno forme parte de la clase pobre. Ser pobre, como ser viejo o ser gordo no se lleva, no queda bien. Cambiamos las palabras en vez de cambiar la realidad. Ahora los viejos son mayores (¿mayores que qué?, ¿que quién?), la palabra “gordo” ha desaparecido del uso común para convertirse solamente en un insulto, y los pobres, en su peor extremo, son “clases menos privilegiadas”, como si tener un techo sobre tu cabeza y comer tres veces al día fuera un privilegio.

A comienzos del siglo veinte, cuando los obreros de las fábricas, de las minas y los altos hornos, cuando el personal de servicio de la clase burguesa, y los marineros y los pescadores y los agricultores trabajaban como esclavos para malvivir, surgieron los primeros movimientos de izquierdas que, poco a poco, consiguieron ir explicándole a estas personas que no era justo ni legítimo lo que les estaba sucediendo, que, si se unían y protestaban por la explotación que sufrían, tenían una posibilidad de cambiar las cosas. Y las cambiaron, vaya si las cambiaron. En unas décadas se consiguió que hubiese un salario mínimo, que los horarios de trabajo dejaran de ser de doce horas, incluido el sábado, que hubiese atención médica gratuita, vacaciones pagadas, escolarización gratuita y obligatoria para niños y niñas. Se prohibió que los críos de seis años tuvieran que ir a la fábrica a trabajar. Se consiguió, aunque tardó un poco más, que las mujeres tuvieran derecho a voto y que fueran iguales ante la ley, que los hijos habidos fuera del matrimonio dejaran de ser ilegítimos, “bastardos”, y estuvieran marcados para siempre. Todo eso pudo conseguirse porque, primero, las personas que malvivían, explotadas y maltratadas por la clase social “superior”, tomaron conciencia de que eran pobres y miserables y querían dejar de serlo. Luego empezaron a unirse y a plantear reivindicaciones, crearon sindicatos que pudieran luchar por ellos con todos los medios legales y, por increíble que pareciera, fueron consiguiendo mejorar.

Lo malo es que llegó una época -que aún dura- en la que mucha gente se ha olvidado de esto. Piensan que todos los derechos que tenemos ahora cayeron del cielo sin más. Eso lo sabe cualquiera que haya enseñado historia (en mi caso historia de la literatura y la mentalidad) a jóvenes generaciones. Les cuesta creerse que hubo tiempos en los que los derechos y libertades de los que ahora gozamos eran utopías que solo los más locos y los más valientes se atrevían a imaginar y que muchas veces pagaban con su propia vida ese atrevimiento.

Me parece una maniobra realmente perversa el haber ido inoculando en la población la idea de que ya no existen los pobres (más que como caso aislado para que los ricos puedan hacer algo de caridad), de que alguien que gana seiscientos euros al mes es clase media y no tiene de qué quejarse porque -según las estadísticas- a la clase media de un país europeo y primermundista como es España le va bien, y de hecho hay miles de españoles que pueden permitirse una segunda vivienda en el mar o en el campo, que salen de vacaciones dos o tres veces al año, que compran en tiendas de Delicatessen y pagan horrendas cifras en colegios privados o concertados por la educación de sus hijos. Esos sí son clase media, o media alta, o alta sin más. Ricos, para usar una palabra que tampoco se lleva ya demasiado, y no se lleva porque cada palabra remite a su antónimo, a su contrario. Por tanto, al decir “rico”, implícitamente, sabemos que existe “pobre”, y eso nos incomoda.

De todas formas, lo preocupante es que todas esas personas “menos privilegiadas”, que son muchísimas, cada vez más, protestan en el bar, en las redes, en las reuniones de amigos, pero no hacen nada para cambiar su situación porque, de algún modo, los han convencido de que o la cosa es pasajera y remontará, o que realmente no va con ellos, porque ellos son clase media, o de todas formas no serviría de nada organizarse y tratar de cambiar las cosas. Me preocupa darme cuenta de que los sindicatos son cosa del pasado, que la ignorancia y la manipulación suben y crecen, que mucha gente realmente pobre –“desfavorecida”- está votando a partidos de derechas que no van a hacer y nunca han hecho nada por ellos. Parece que, actualmente, ser de izquierdas es un poco vulgar. Es confesar que uno no pertenece a la clase “bien”.

Conozco personalmente a muchas señoras mayores -ancianas las llamaríamos si siguiéramos llamando a las cosas por su nombre- que votan a la derecha desde que les permitieron votar por primera vez (gracias a la izquierda) y que, aunque les suba la pensión un gobierno socialista, siguen votando a quienes les han robado sus ahorros con su corrupción privada e institucional. “Es cuestión de formas”, me han llegado a decir, igual que ir a misa los domingos sin plantearse mucho si una sigue creyendo o no. Es lo que se hace cuando uno es alguien.

Con las generaciones jóvenes sucede algo similar. Los hay que votan a partidos de derecha que les prometen lo que no van a cumplir porque piensan que esos partidos saben manejar el dinero y les irá mejor que con la izquierda. Otros entregan su voto a partidos francamente fascistoides por lo de siempre, porque les va -al menos en el papel- la “mano fuerte”, los hombres muy hombres y la violencia de todo tipo. 

Por otro lado, muchos jóvenes se niegan a reconocer que su situación no es pasajera, que es sistémica, estructural, y además se sienten tan frustrados que han decidido que “todos los partidos son iguales” y, en consecuencia, lo mejor es “no hacerles el juego” y no ir a votar. Lo que da la victoria justamente a los que van a seguir aplastándolos y arrebatándoles el futuro. Y lo triste es que estos jóvenes -igual que los conspiranoicos- se sienten más listos, superiores a los tontos de los viejos -entre los que me cuento- que aún creen en la democracia, en la posibilidad del cambio, en una sociedad más justa y equitativa donde todo el mundo tenga acceso al menos a lo básico, donde quien más gana más contribuye y nadie se lleva el dinero -propio o ajeno- a paraísos fiscales.

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