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Pedro Sánchez no tiene metáfora para Ceuta

5 de septiembre de 2026 21:46 h

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¿Cómo interpreta Pedro Sánchez lo que sucedió en Ceuta? Lo deducimos de las palabras que utiliza: la metáfora no es un adorno retórico sino una herramienta cognitiva. Conocemos la realidad a través de ella. No hay una Ceuta literal, sino que nos viene dada en función de las metáforas que usemos.

Las metáforas son como riadas (otra metáfora): arrastran piedras y lodo en forma de implicaciones. Si un medio lo califica de “avalancha” alude a una fuerza de la naturaleza; “invasión” o “asalto” nos sitúan en el contexto bélico; “entrada” o “cruce” tratan de equipararlo a un simple proceso. La metáfora trae el significado. Y nos indica cómo repartir responsabilidades. Si ha habido una “invasión” hay un culpable, Marruecos. Esta es la tesis de la derecha. Pero, ¿cuál es la del Gobierno?

Para averiguarlo me senté a identificar las metáforas del presidente sobre Ceuta. En su intervención en el Congreso oí sobre todo la palabra “cruce”, la que sugiere un procedimiento administrativo propio de un lugar fronterizo. Pero no quería limitarme a mi impresión, así que copié íntegra en Claude la transcripción de su discurso. Pronunció “entrada” 17 veces; cruce, 15; llegada, 10. En cambio, “avalancha” aparece una vez, y en boca ajena; “asalto”, ninguna. Domina de forma abrumadora el campo semántico neutro-administrativo.

Lo más espinoso de las metáforas es que ponen a trabajar no solo a nuestro cerebro, sino a todo el cuerpo. Cuando oigo “avalancha” se activa en mí el miedo a ser sepultada. Si oigo “invasión”, me alerta el temor a ser vulnerada en mi integridad. Es un combate que libra nuestro cerebro reptiliano, antes de que seamos conscientes. Esgrimir datos es una batalla perdida. Y el campo semántico de lo neutro-administrativo produce muchos datos y poco significado.

Nadie es inocente. Unas semanas antes Feijóo aseguró que “la ley del menor no se puede aplicar”, porque no está pensada para supuestos de “invasión u ocupación de ciudadanos de otro país”. Como se ve, no es un mero debate semántico.

Cada palabra hace un trabajo: si lo llamas invasión, legítimas la lógica de la defensa armada de una frontera. Si lo llamas “avalancha”, no tiene sentido disparar, es una catástrofe natural sin responsables. Si lo llamas “cruce” o “entrada”, el único responsable de que funcione el procedimiento administrativo en el que ubicas el problema es, lógicamente, la Administración.

La metáfora predetermina la atribución de responsabilidad: el Gobierno puede jurar que Marruecos no es responsable, pero entonces tiene que decirnos quién lo es. Una de las razones por las que no se entendió al presidente es porque el 31 de julio nos dijo que se trató una “violación de la integridad territorial” (campo semántico de la defensa-securitario). En un mes la guerra devino burocracia. No lo entendimos bien.

La inmigración hay que gestionarla también en términos discursivos. La derecha y la ultraderecha lo tienen claro, culpan al migrante de todos los problemas: la vivienda, los bajos salarios, la delincuencia, todo. La izquierda dice que no es culpa de la inmigración, pero no nos explica quién es responsable. Es exactamente el razonamiento que hizo el presidente en el Congreso: Marruecos no es responsable, y nadie lo es. Hay un expediente abierto. Punto.

Decir que la ley del menor no se aplica a los invasores es un mensaje cruel, pero es una toma de posición política clara. Hablar de “flujo” nos sugiere un gobierno que está rellenando papeles. No se trata de eslóganes, sino de la metáfora con la que queremos que la gente entienda lo que está pasando. Si no tienen ninguna, cogerán la de la invasión, porque está disponible y se entiende.

Ceuta es ahora mismo la frontera ardiente donde estallan todas las contradicciones de las políticas migratorias europeas. Para ganar el debate político hay que explicar lo que sucede. El terror de los gobiernos estriba en que explicarlo implicaría reconocer que externalizar los controles fronterizos a terceros les da un enorme poder sobre nuestras políticas.

Quienes dicen “avalancha” y quienes dicen “cruce” no están diciendo lo mismo con distinto tono: están viendo dos realidades. Renunciar a hablar políticamente equivale a presentarse en chanclas a combatir en el campo de batalla preferido por la ultraderecha.