Pensamiento único ante Ucrania

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Es sabido que la primera víctima cuando llega una guerra es la verdad. Y estamos ante una guerra, tras la que laten choques de enormes intereses geopolíticos. No se trata de defender lo que está haciendo ese autócrata, asesino y homófobo indefendible que es Putin. Pero en Occidente —España incluida— se ha instalado un pensamiento único respecto a esta guerra (no así en muchas partes del Sur Global). Las críticas que escapan a este pensamiento único las hay —incluido en elDiario.es— pero son escasas. Y, aunque parezca contradictorio, no digamos ya las manifestaciones populares contra Putin, que brillan por su ausencia en la parte occidental de Europa, aunque sí las hay, algunas, en la Europa del Este. Cuando la invasión de Irak en 2003, las calles de Madrid, Barcelona, París, Berlín, Londres y otras ciudades se llenaron de protestas contra lo que era, también, una acción totalmente ilegal, basada sobre engaños, y estúpida. Pero empieza a haber manifestaciones, también en Alemania, que unen a derechas e izquierdas contra la guerra en sí y sus consecuencias.

Al principio, antes y cuando empezó el 24 de febrero la invasión rusa, hubo cierto interés por debatir cómo se había llegado a esto, si realmente EEUU y sus aliados habían engañado a Gorbachov con la promesa, que luego incumplió Clinton, de que no habría ampliación de la OTAN más allá de Alemania del Este tras la unificación. Y cierro análisis de lo que había pasado en la revolución del Maidán en Kiev en 2013 y 2014, con EEUU muy activos, antes de la ocupación y anexión por Rusia de Crimea, y su avance en el Este del país. Pero ante la brutalidad de la acción militar rusa, el interés analítico ha ido decayendo, a favor del relato. El relato no es la verdad. Y desde Bruselas (OTAN y UE) que ha redescubierto su dependencia estratégica en EEUU (de ahí en parte el pensamiento único) se insiste en ganar el relato, no la verdad. Algo propio de nuestra época de hipercomunicación, pero de falta de información, cuando no de desinformación. Esta es una guerra con escasa información pública y fidedigna. 

EEUU y el Reino Unido llevan armando y entrenando a las fuerzas ucranianas desde 2014. Ahora son todos los países de la OTAN, y algunos más, los que están ayudando —con la razón moral en su apoyo— militarmente a las tropas ucranianas, en lo que se ha convertido en una guerra entre Rusia y Ucrania, sí, pero también más allá, de forma indirecta o interpuesta, entre Occidente y Rusia. Eso sí, controlada o limitada (no se entregan a los ucranianos armas capaces de penetrar significativamente en territorio ruso, pero ¿hasta cuándo?). Esta ayuda recibe un amplio apoyo popular en los países europeos, España incluida. También, ¿hasta cuándo? Sobre todo, dado el impacto económico de la guerra y de las sanciones. 

Este pensamiento único predominante lleva a casos de histeria informativa. Como cuando un misil recientemente cayó en el pueblo de Przewodow en la frontera de Polonia con Ucrania, y disparó una alerta porque, si se trataba de un cohete ruso, involucraba a territorio de la OTAN, lo que hubiera supuesto una peligrosísima escalada en el conflicto. Menos mal que la Administración Biden y el propio presidente de EEUU, que tienen la mejor información sobre esta guerra a través de varios sistemas, pidió calma y acabó concluyendo que se había tratado de un misil antiaéreo ucraniano extraviado. 

Estas actitudes tienen mucho que ver también con el hecho de que, al menos en Europa Occidental, ya son varias las generaciones que no habían vivido una guerra en su suelo o cercanía, como si se hubieran olvidado las terribles guerras yugoslavas que empezaron en 1991 y duraron casi una década. Este pensamiento único se ha reflejado, por ejemplo, en la calificación por el Parlamento Europeo de Rusia como “Estado promotor del terrorismo”. En el olvido han quedado los bombardeos alemanes a Londres, los de los aliados a Dresden y otras ciudades, o a Belgrado y la embajada china en 1999. Tenemos que volver a pensar la guerra, en estos tiempos nuestros supuestamente tan digitales y livianos.

Una de las pocas voces progresistas, que no extremistas, y críticas en EEUU, la de Jeffrey Sachs, director del Centro de Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, decía recientemente: “La Unión Soviética terminó, y a algunos líderes estadounidenses se les metió en la cabeza que ahora existía lo que llamaban el mundo unipolar, que Estados Unidos era la única superpotencia, y que podíamos dirigir el espectáculo. Los resultados han sido desastrosos. Llevamos ya tres décadas de militarización de la política exterior estadounidense. Una nueva base de datos que mantiene Tufts acaba de mostrar que ha habido más de 100 intervenciones militares por parte de Estados Unidos desde 1991. Es realmente increíble.” Para Sachs, ha faltado, ha fallado, la diplomacia, a la que habrá que volver, a la que, de hecho, se está volviendo, discretamente ya. Pues como bien vio ese gran pensador de la guerra que fue Clausewitz, la política, el intercambio político sigue durante la fase militar.

El presidente Zelenski ha demostrado valentía. Ante la invasión, EEUU ofreció sacarlo de Kiev, a lo que se negó. Pero, a pesar del relato, cada vez se habla más de una negociación, que puede tardar pues ante ella cada parte quiere estar fuerte sobre el terreno militar. En una negociación Ucrania y Rusia, habrán de ceder ambas, habrán de aceptar un coste. De momento, Zelenski, que no carece de irresponsabilidad, se muestra inflexible, rechaza toda idea de negociación (también Moscú) exigiendo lo máximo: la integridad territorial para Ucrania, Crimea incluida, la entrada en la UE (ya se le ha abierto la puerta), el eventual ingreso en la OTAN, a lo que al principio había renunciado en aras de una cierta neutralidad garantizada por las otras potencias, y reparaciones pagadas con el dinero que se ha congelado a Moscú en los bancos centrales occidentales (algo que muchos países del Sur Global han visto con temor por si un día les toca a ellos). 

No es solo Zelenski, sino que la perspectiva de una negociación va a dividir a los europeos. Ya se divisan dos Europa, la Vieja y la Nueva, como ante la guerra de Irak, aunque no exactamente igual que entonces. Tiene mucho que ver con la historia y la proximidad a Rusia, además de con los diferentes intereses geopolíticos. Ello cuando algunos de los republicanos de EEUU se plantean recortar la ayuda a Ucrania. Su partido controlará a partir de enero la Cámara de Representantes.

Pese a lo que se diga ahora será una negociación entre Washington y Moscú, aunque formalmente lo sea con Kiev. Cuando llegue ese momento de una negociación para una paz, aunque no sea para una solución definitiva, la línea de pensamiento único se quebrará. Y es necesario que lo haga para preparar un futuro mejor que el que se anticipa. 

Es sabido que la primera víctima cuando llega una guerra es la verdad. Y estamos ante una guerra, tras la que laten choques de enormes intereses geopolíticos. No se trata de defender lo que está haciendo ese autócrata, asesino y homófobo indefendible que es Putin. Pero en Occidente —España incluida— se ha instalado un pensamiento único respecto a esta guerra (no así en muchas partes del Sur Global). Las críticas que escapan a este pensamiento único las hay —incluido en elDiario.es— pero son escasas. Y, aunque parezca contradictorio, no digamos ya las manifestaciones populares contra Putin, que brillan por su ausencia en la parte occidental de Europa, aunque sí las hay, algunas, en la Europa del Este. Cuando la invasión de Irak en 2003, las calles de Madrid, Barcelona, París, Berlín, Londres y otras ciudades se llenaron de protestas contra lo que era, también, una acción totalmente ilegal, basada sobre engaños, y estúpida. Pero empieza a haber manifestaciones, también en Alemania, que unen a derechas e izquierdas contra la guerra en sí y sus consecuencias.

Al principio, antes y cuando empezó el 24 de febrero la invasión rusa, hubo cierto interés por debatir cómo se había llegado a esto, si realmente EEUU y sus aliados habían engañado a Gorbachov con la promesa, que luego incumplió Clinton, de que no habría ampliación de la OTAN más allá de Alemania del Este tras la unificación. Y cierro análisis de lo que había pasado en la revolución del Maidán en Kiev en 2013 y 2014, con EEUU muy activos, antes de la ocupación y anexión por Rusia de Crimea, y su avance en el Este del país. Pero ante la brutalidad de la acción militar rusa, el interés analítico ha ido decayendo, a favor del relato. El relato no es la verdad. Y desde Bruselas (OTAN y UE) que ha redescubierto su dependencia estratégica en EEUU (de ahí en parte el pensamiento único) se insiste en ganar el relato, no la verdad. Algo propio de nuestra época de hipercomunicación, pero de falta de información, cuando no de desinformación. Esta es una guerra con escasa información pública y fidedigna. 

EEUU y el Reino Unido llevan armando y entrenando a las fuerzas ucranianas desde 2014. Ahora son todos los países de la OTAN, y algunos más, los que están ayudando —con la razón moral en su apoyo— militarmente a las tropas ucranianas, en lo que se ha convertido en una guerra entre Rusia y Ucrania, sí, pero también más allá, de forma indirecta o interpuesta, entre Occidente y Rusia. Eso sí, controlada o limitada (no se entregan a los ucranianos armas capaces de penetrar significativamente en territorio ruso, pero ¿hasta cuándo?). Esta ayuda recibe un amplio apoyo popular en los países europeos, España incluida. También, ¿hasta cuándo? Sobre todo, dado el impacto económico de la guerra y de las sanciones. 

Este pensamiento único predominante lleva a casos de histeria informativa. Como cuando un misil recientemente cayó en el pueblo de Przewodow en la frontera de Polonia con Ucrania, y disparó una alerta porque, si se trataba de un cohete ruso, involucraba a territorio de la OTAN, lo que hubiera supuesto una peligrosísima escalada en el conflicto. Menos mal que la Administración Biden y el propio presidente de EEUU, que tienen la mejor información sobre esta guerra a través de varios sistemas, pidió calma y acabó concluyendo que se había tratado de un misil antiaéreo ucraniano extraviado. 

Estas actitudes tienen mucho que ver también con el hecho de que, al menos en Europa Occidental, ya son varias las generaciones que no habían vivido una guerra en su suelo o cercanía, como si se hubieran olvidado las terribles guerras yugoslavas que empezaron en 1991 y duraron casi una década. Este pensamiento único se ha reflejado, por ejemplo, en la calificación por el Parlamento Europeo de Rusia como “Estado promotor del terrorismo”. En el olvido han quedado los bombardeos alemanes a Londres, los de los aliados a Dresden y otras ciudades, o a Belgrado y la embajada china en 1999. Tenemos que volver a pensar la guerra, en estos tiempos nuestros supuestamente tan digitales y livianos.

Una de las pocas voces progresistas, que no extremistas, y críticas en EEUU, la de Jeffrey Sachs, director del Centro de Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, decía recientemente: “La Unión Soviética terminó, y a algunos líderes estadounidenses se les metió en la cabeza que ahora existía lo que llamaban el mundo unipolar, que Estados Unidos era la única superpotencia, y que podíamos dirigir el espectáculo. Los resultados han sido desastrosos. Llevamos ya tres décadas de militarización de la política exterior estadounidense. Una nueva base de datos que mantiene Tufts acaba de mostrar que ha habido más de 100 intervenciones militares por parte de Estados Unidos desde 1991. Es realmente increíble.” Para Sachs, ha faltado, ha fallado, la diplomacia, a la que habrá que volver, a la que, de hecho, se está volviendo, discretamente ya. Pues como bien vio ese gran pensador de la guerra que fue Clausewitz, la política, el intercambio político sigue durante la fase militar.

El presidente Zelenski ha demostrado valentía. Ante la invasión, EEUU ofreció sacarlo de Kiev, a lo que se negó. Pero, a pesar del relato, cada vez se habla más de una negociación, que puede tardar pues ante ella cada parte quiere estar fuerte sobre el terreno militar. En una negociación Ucrania y Rusia, habrán de ceder ambas, habrán de aceptar un coste. De momento, Zelenski, que no carece de irresponsabilidad, se muestra inflexible, rechaza toda idea de negociación (también Moscú) exigiendo lo máximo: la integridad territorial para Ucrania, Crimea incluida, la entrada en la UE (ya se le ha abierto la puerta), el eventual ingreso en la OTAN, a lo que al principio había renunciado en aras de una cierta neutralidad garantizada por las otras potencias, y reparaciones pagadas con el dinero que se ha congelado a Moscú en los bancos centrales occidentales (algo que muchos países del Sur Global han visto con temor por si un día les toca a ellos). 

No es solo Zelenski, sino que la perspectiva de una negociación va a dividir a los europeos. Ya se divisan dos Europa, la Vieja y la Nueva, como ante la guerra de Irak, aunque no exactamente igual que entonces. Tiene mucho que ver con la historia y la proximidad a Rusia, además de con los diferentes intereses geopolíticos. Ello cuando algunos de los republicanos de EEUU se plantean recortar la ayuda a Ucrania. Su partido controlará a partir de enero la Cámara de Representantes.

Pese a lo que se diga ahora será una negociación entre Washington y Moscú, aunque formalmente lo sea con Kiev. Cuando llegue ese momento de una negociación para una paz, aunque no sea para una solución definitiva, la línea de pensamiento único se quebrará. Y es necesario que lo haga para preparar un futuro mejor que el que se anticipa. 

Es sabido que la primera víctima cuando llega una guerra es la verdad. Y estamos ante una guerra, tras la que laten choques de enormes intereses geopolíticos. No se trata de defender lo que está haciendo ese autócrata, asesino y homófobo indefendible que es Putin. Pero en Occidente —España incluida— se ha instalado un pensamiento único respecto a esta guerra (no así en muchas partes del Sur Global). Las críticas que escapan a este pensamiento único las hay —incluido en elDiario.es— pero son escasas. Y, aunque parezca contradictorio, no digamos ya las manifestaciones populares contra Putin, que brillan por su ausencia en la parte occidental de Europa, aunque sí las hay, algunas, en la Europa del Este. Cuando la invasión de Irak en 2003, las calles de Madrid, Barcelona, París, Berlín, Londres y otras ciudades se llenaron de protestas contra lo que era, también, una acción totalmente ilegal, basada sobre engaños, y estúpida. Pero empieza a haber manifestaciones, también en Alemania, que unen a derechas e izquierdas contra la guerra en sí y sus consecuencias.

Al principio, antes y cuando empezó el 24 de febrero la invasión rusa, hubo cierto interés por debatir cómo se había llegado a esto, si realmente EEUU y sus aliados habían engañado a Gorbachov con la promesa, que luego incumplió Clinton, de que no habría ampliación de la OTAN más allá de Alemania del Este tras la unificación. Y cierro análisis de lo que había pasado en la revolución del Maidán en Kiev en 2013 y 2014, con EEUU muy activos, antes de la ocupación y anexión por Rusia de Crimea, y su avance en el Este del país. Pero ante la brutalidad de la acción militar rusa, el interés analítico ha ido decayendo, a favor del relato. El relato no es la verdad. Y desde Bruselas (OTAN y UE) que ha redescubierto su dependencia estratégica en EEUU (de ahí en parte el pensamiento único) se insiste en ganar el relato, no la verdad. Algo propio de nuestra época de hipercomunicación, pero de falta de información, cuando no de desinformación. Esta es una guerra con escasa información pública y fidedigna.