Cada persona, un estandarte
En el invierno del año 57 antes de Cristo, el ejército romano comandado por Julio César se adentraba en el territorio de los belgas, en lo que hoy es el norte de Francia y Bélgica. César iba en busca de los nervios, la tribu más feroz de la zona y la que con más determinación rechazaba la influencia y el comercio con Roma. Había escuchado que estaban formando una alianza contra su hegemonía y quería pararles los pies en seco. Y parecía estar en lo cierto, porque en una pausa del camino, mientras las legiones estaban dispersas instalando el campamento a orillas del río Sabis, los nervios le tendieron a los romanos una emboscada.
Llevaban días apostados en el bosque, esperando el momento preciso para pillar a las tropas desprevenidas, entre el avituallamiento y la logística de un ejército imperial. Fue de las pocas veces en toda la campaña en que César estuvo a punto de ser derrotado: el ataque fue tan súbito que los invasores no tuvieron tiempo ni de formar ni de levantar los estandartes.
Cuenta el propio César en La guerra de las Galias que cuando vio al enemigo descender sobre el campamento, “tomando el escudo de un soldado de las últimas filas, pues él mismo había llegado allí sin escudo, avanzó hasta la primera línea y, llamando a los centuriones por su nombre y arengando al resto de los soldados, les ordenó avanzar con los estandartes y abrir las filas para poder manejar mejor las espadas.” Julio César, como todo general que se precie, sabía que un ejército es tan poderoso como lo sea su formación. Al contrario: desprevenidos, desorientados y desarmados, los 30.000 hombres que comandaba valían poco más que un puñado de gallinas indefensas.
Como los ejércitos, las sociedades –y en realidad todos los sistemas complejos– son tan resistentes como lo sean sus estructuras. Un edificio imponente se vendrá abajo si somos capaces de descalzar una sola de sus crujías y una comunidad entera se desmoronará si las personas que sostienen sus acuerdos más elementales salen despavoridas en todas direcciones.
Como César, hoy los occidentales estamos librando una batalla. No es una guerra local, está ocurriendo en todos los países al mismo tiempo. Y convendría que no nos equivocáramos: no es una batalla entre la izquierda y la derecha. Es una refriega entre quienes creemos que la democracia funciona y sigue siendo el mejor sistema del que nos hemos sabido dotar a lo largo de miles de años de historia compartida y quienes sostienen que no, que la democracia solo funciona si los suyos están en el gobierno (y, seamos honestos, de estos hay en todas las ideologías).
Y yo hoy confío en que tú seas de los que está en mi línea del frente, porque vengo a llamarte por tu nombre y pedirte que sostengas la formación. Y ya sé que yo no me parezco nada a un general romano pero tú, que te informas a diario, que compartes las noticias con tu entorno y que creas opinión, eres un moderno centurión. En particular si eres una de esas personas que tenían edad de comprender en los años más difíciles de la democracia en España, eres un centurión de la sociedad española.
Tú, que has visto cosas peores que esta. Puede que el presente no sea el que habías imaginado, que sientas que ya no estás en posición de cambiar el rumbo de la historia, que estés decepcionado, cabreado y buscando a quien hacer responsable de todo lo que está ocurriendo. Es comprensible. Pero hoy no te toca eso. Hoy nos toca a todos sostener la posición y seguir confiando y trasladando confianza.
Mientras los titulares, cada cual más escandaloso que el anterior, silban como flechas sobre nuestras cabezas, hoy nos toca mantener la posición. La línea que estamos defendiendo no es la del gobierno. No es el honor de Zapatero. Ni siquiera es el PSOE. Es la idea de que este es, y va a seguir siendo, un país democrático. Es la idea de que el Estado funciona. Que existe un sistema judicial entero capaz de determinar si alguien es culpable o inocente, y que mientras tanto rige la presunción de inocencia. Que con el tiempo las cosas irán cayendo en su sitio. Que hay una sociedad civil que sabrá responder con entusiasmo cuando haga falta, un sistema de partidos y un ecosistema de medios que terminarán por encajar lo que está ocurriendo y por adaptarse, porque eso es justo lo que han hecho siempre. No aspiramos a una sociedad perfecta. Aspiramos a una que, con el tiempo, sea capaz de corregir sus propios errores. Y esto, la nuestra, lo ha hecho una y otra vez.
Lo que de verdad nos amenaza no es ni la fiscalía, ni los jueces, ni la trama, ni la conspiración. El peligro, exactamente igual que en la guerra, es que cada cual eche a correr por su lado y deje de creer, como país, en nosotros mismos. Que media España piense que el gobierno es una mafia y la otra media que los jueces están urdiendo un montaje. Que nos convirtamos en un país de dos bandos irreconciliables. Esa es la desbandada que tenemos que frenar. Y se frena soldado a soldado, centurión a centurión. Cada persona, un estandarte.
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