El potaje de la izquierda y las listas comunes
En las cocinas campesinas del norte de Europa, durante buena parte de la Edad Media, había un plato llamado “potaje”. Era una olla enorme que se colgaba sobre el fuego en el centro de la estancia principal de cada casa. En ella se iba echando todo lo que había a mano: guisantes, avena, nabos, alguna col, zanahorias, un hueso –si había suerte– y quizá hasta algún que otro objeto no identificado. Cada día se comía de ella y cada día se le añadía algo nuevo, pero la olla no se vaciaba jamás, se mantenía viva durante todo el invierno, de modo que en el fondo convivían, en una armonía más bien espesa, los ingredientes del lunes con los de hacía tres semanas y hasta varios meses. Nadie sabía muy bien qué había dentro ni desde cuándo.
Eso que llamamos “izquierda alternativa” es también un potaje. Una tradición heredera –para bien y para mal— del PCE y de la constelación de partidos de izquierda que sobrevivieron al franquismo. Y lleva renovándose sin terminar de apagarse los últimos 40 años. Como parte de su cultura, vuelve cada tanto con la idea de la importancia de la unidad. En esta ocasión, en la formulación de la eficacia: “La ley de D’Hondt nos perjudica cuando vamos divididos, la forma de que haya un gobierno de izquierda es concurrir juntos”.
La realidad es que esto no es exactamente así. El sistema electoral español es casi como dos sistemas distintos. En las circunscripciones pequeñas, que tienen 2, 3 o 4 representantes, la forma en que se reparten los escaños empezando por el partido más votado hace que sea necesario un 10% o un 12% de los votos para obtener un diputado. Mientras tanto, en las circunscripciones que reparten muchos diputados, el resultado en votos es prácticamente igual al reparto de escaños: el sistema es casi proporcional puro. Solo se quedan fuera del reparto los partidos que no alcanzan el mínimo exigido del 3%. Esto es lo que es muy probable que ocurra con Podemos en esta ocasión: que sus votos se vayan “a la basura”.
De las 52 circunscripciones electorales que hay en España, hay 13 en las que la izquierda alternativa no ha obtenido representación en los últimos 25 años. En otras 14 no ha obtenido representación desde 2016. En estas elecciones, se estima que saque diputados por Madrid, Barcelona y como mucho Sevilla y Valencia. Quedan otras 48. Lo más eficaz para ampliar las opciones de obtener una mayoría de los partidos de izquierda sería que estas formaciones no se presenten.
Si no lo hacen, es por dos razones. La primera es que la unidad, para estos partidos pequeños que rozan en muchas ocasiones ese umbral mínimo del 3%, es una garantía de supervivencia. Pactando listas comunes, en las que se ha calculado cuidadosamente qué escaños saldrán para repartir la representación fraternalmente, se garantiza que ninguna formación quedará fuera: el potaje sigue hirviendo con todos sus ingredientes.
La segunda es que algunos dirigentes de estos partidos entienden que esta izquierda alternativa no debe renunciar a una marca nacional y quedar relegada a la suma de las distintas representaciones territoriales. Ese movimiento dejaría demasiado espacio para que las marcas nacionales, que son las que luego se llevan el espacio en la televisión y en las encuestas, les saquen ventaja. Dicho de otra manera, si uno quiere concurrir a las elecciones de un país, debe tener un proyecto completo de país, y no solo un agregado de posiciones territoriales.
Ambos argumentos son legítimos. Pero esta estrategia tiene un coste que pesa cada vez más: la lucha permanente por la supervivencia, por mantener la olla en el fuego, es incompatible con la renovación de ese espacio. Así, se produce una paradoja. Las marcas regionales de la izquierda alternativa son el ejercicio de creatividad política más interesante de los últimos 25 años. Más Madrid, por ejemplo, es la primera fuerza de la oposición en la Comunidad de Madrid y ha impulsado algunas de las mejores ideas de la legislatura, como la prestación universal por crianza o los comedores escolares universales. Los Comunes, por su parte, quedaron por delante de ERC en las últimas generales. Y, sin embargo, esa creatividad acaba diluida en el intento de construir una marca común en la que siga habiendo un poco de todo: un potaje.
Sería deseable una cierta forma de darwinismo, en la que algunos elementos de esa cosmovisión desaparecieran para dejar sitio a lo nuevo: a una posición más innovadora en sus políticas, incluso a una ruptura con las tradiciones del siglo XX que sería no solo políticamente deseable sino también muy rentable en las urnas.
Ese ejercicio podría tomar, en estas elecciones, la forma de una idea que se escucha en los mentideros madrileños en estos días: que los partidos del Frente Amplio no se presenten en aquellas circunscripciones donde no tienen expectativa de conseguir representación y pidan el voto para el PSOE. Incluso que el PSOE incorpore a alguno de sus representantes en sus listas.
Claro que haría falta un ejercicio de pedagogía política. Habría que explicar a los votantes que el voto es una herramienta, no una forma de comunión; y que hay que usarlo estratégicamente. No parece tan difícil, sobre todo si tenemos en cuenta que es lo que hacen en cada convocatoria los votantes de todos los países europeos que tienen sistemas mayoritarios y de Estados Unidos.
Haría falta también un ejercicio de madurez de los votantes, que deberían entender que también los partidos deben comportarse estratégicamente, no solo en la persecución de una pureza que vale para muy poco.
Pero ese aparente paso atrás podría resultar, como se suele decir, en un buen plan para coger impulso: permitiría concentrar todos los esfuerzos –y todo el presupuesto– en las circunscripciones donde estos partidos sí pueden competir, revelaría con absoluta claridad qué partidos buscan la repetición del gobierno progresista y cuáles solo persiguen sus intereses personalistas; y permitiría también soltar lastre: dejar atrás parte de los ingredientes que hoy componen esta amalgama para volver en las próximas convocatorias con un programa y un proyecto renovados. Una olla nueva.
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