Estar más quemado que un maestro
No tienen bastante con educar a nuestros hijos, enseñarles materias y competencias, seguir programaciones pedagógicas, rellenar interminables protocolos, informes y memorias, adaptarse a la enésima reforma educativa, mantener la buena convivencia, supervisar el recreo, resolver conflictos, prevenir el acoso y atajarlo cuando es detectado, cuidar la salud mental de los alumnos, enfrentar problemas sociales y familiares que nada tienen que ver con la docencia, atender las quejas de las familias, asumir a menudo actividades extraescolares, organizar viajes, salidas y graduaciones, y todo ello después de haber estudiado y superado unas oposiciones, y haberse pasado años recorriendo la provincia o la comunidad de pueblo en pueblo hasta tener una plaza propia…, no tienen bastante con todo este agotador párrafo, que además ahora también tienen que defender la educación pública.
Eso es lo que hacen estos días docentes de todos los niveles educativos en Cataluña, la Comunidad Valenciana y Aragón, así como educadoras infantiles de Madrid y las que se están uniendo de toda España: defender la educación pública. Habrá quien piense que vale, que muy bien, que la educación es cosa de ellos, y vea sus protestas como un conflicto laboral, pero qué va: es cosa de toda la sociedad, de eso que nos gusta llamar “comunidad educativa” y que no son solo profesores, alumnos y familias, sino que además de incluir al personal administrativo o de limpieza (que solemos dejarlos fuera), en sentido extenso nos alcanza a todos.
Los días de huelga que acumulan trabajadores de Cataluña, Comunidad Valenciana, Aragón y Madrid (y que conllevan descuentos en las nóminas: defender la educación pública les cuesta también dinero), las manifestaciones masivas, los cortes de tráfico, la dimisión en bloque de equipos directivos valencianos, o la próxima manifestación estatal de educadoras infantiles este sábado, no van solo de subidas salariales (que por supuesto tienen derecho a reclamar): en todos los casos repiten las mismas demandas, pues los problemas son comunes en todos los territorios. Reducción de ratios, más profesores y recursos, atención a la diversidad, menos burocracia, dejar de privilegiar a la concertada…, leemos en las pancartas de unos y otros, y en quienes previsiblemente se unirán en otras comunidades.
El malestar en la enseñanza está generalizado, y a todos los niveles, desde la infantil hasta la universitaria. Cualquiera que tenga profesores en su entorno, o hijos en edad escolar, puede dar fe de la sobrecarga, el agotamiento y el desánimo que sufren tantas y tantos profesores y maestros, que en esas condiciones tienen que hacerse cargo de nuestros hijos, y de todas las tareas enumeradas en el primer párrafo y algunas más.
Antiguamente era frase hecha esa de “pasar más hambre que un maestro”, pues el abandono de los docentes viene de lejos. Hoy podemos reformularla: “estar más quemado que un maestro”.