La ‘sentá’ del rey

Felipe VI no se puso de pie ante el ingreso de la espada del libertador Simón Bolívar.

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Por si alguien lo ha olvidado, he aquí un recuento del incidente: el presidente electo de Colombia, el izquierdista Gustavo Petro, había solicitado que en su ceremonia de posesión estuviera presente la espada del libertador, que se conserva en una urna en el palacio presidencial. En un acto de mezquindad y ceguera política, el mandatario saliente, el uribista Iván Duque, impidió el traslado de la reliquia a la plaza de Bolívar. Pero Petro, una vez investido con la banda tricolor, impartió su primera orden como presidente: que le trajeran la espada. La ceremonia se interrumpió entonces durante casi una hora, hasta que cuatro jóvenes guardias llegaron portando la urna. A su paso, los mandatarios iberoamericanos invitados se pusieron en pie y aplaudieron. El rey de España permaneció sentado, lo que desató una polémica a ambos lados del océano, más intensa en este lado, en España.

Un examen detenido de los vídeos reveló posteriormente que Felipe VI no fue el único en permanecer sentado. También lo hizo el presidente argentino, Alberto Fernández. Quien conozca sus posiciones políticas difícilmente concluirá que su actitud respondía a un desplante hacia el libertador; más bien pudo tratarse de un despiste o de un atolondramiento por el jet lag y horas de discursos floridos. De cualquier manera, la polémica se centró, por obvias razones históricas, en la ‘sentá’ del rey español.

El Gobierno, por medio de sus ministros Bolaños e Iceta, ha calificado de “intrascendente” lo ocurrido. “Yo, si me pasa una espada por delante, no sé si me levantaría o no. Si me han avisado desde protocolo, pues sí”, arguyó el segundo, exhalando un tufo menospreciativo al describir como una espada cualquiera un objeto de especial significado por la trascendencia histórica del personaje al que perteneció. Expertos españoles en el arte de saber estar sostienen que el monarca se ajustó a las normas protocolarias al permanecer sentado, pues el programa no incluía honras a la espada del libertador y, además, esta no es un símbolo oficial del país anfitrión. Ambas cosas son ciertas. Ahora bien: supongamos por un momento que la ceremonia tiene lugar en EEUU, que el nuevo presidente, en un arrebato patriótico, pide fuera del programa traer la espada de Washington y que todos los invitados se ponen espontáneamente en pie a su llegada. ¿Permanecería sentado el rey Felipe? Permítanme dudarlo.

Para Petro, es indiscutible la carga simbólica de la espada de Bolívar: el mandatario militó en el M-19, una peculiar guerrilla que rompió los esquemas revolucionarios de la época al rehuir las adscripciones soviética o maoísta de la época y proclamarse bolivariana. El M-19 se estrenó en 1974 con el impactante robo de la espada del libertador, que solo devolvió 16 años más tarde al desmovilizarse e incorporarse a la vida democrática. Aun reconociendo la importancia de los símbolos, siempre he desconfiado de ellos, pues, del mismo modo que han sido útiles para amalgamar colectivos humanos, también se han utilizado para agitar sus fibras emocionales con fines espurios. No me gusta, en particular, que se utilicen armas como emblemas. Y me chirría un poco, la verdad, que un gobierno comprometido con la política “del amor” se empeñe en erigir la espada en símbolo, por mucha y comprensible significación que tenga para el presidente. Siento que ya tenemos una sobredosis de símbolos populares y que estamos en mora de construir sociedades realmente fundadas en el concepto menos ruidoso y quizá más aburrido de ciudadanía. Dicho todo esto, considero que Felipe VI cometió un craso error al no levantarse al paso de la urna.

Hay un antiguo adagio popular que dice “donde fueres, haz lo que vieres”, el cual, al menos en el caso que nos ocupa, debió aplicarse —por puras razones prácticas si se quiere— por encima de cualquier consideración protocolaria. Ignoro si existen pinganillos o gestos para que los asesores del rey le envíen mensajes ante situaciones imprevistas, pero yo le habría dicho: “Majestad, levántese, no tiene por qué aplaudir, ponga si quiere cara de póker, pero de pie, que los demás jefes de Estado lo están y se ve muy feo que usted, precisamente usted, permanezca sentado”.

Seguimos sin saber qué motivó a Felipe VI a no incorporarse. Aunque todo es posible en estos tiempos viscosos, me cuesta creer que lo hizo como una afrenta deliberada a la independencia de los países latinoamericanos: más allá de lo que pueda el rey pensar en la intimidad sobre la pérdida de las colonias americanas en el siglo XIX, la posición oficial de la diplomacia española ha sido de respeto hacia aquel capítulo histórico. Me inclino más a pensar que la sujeción estricta al protocolo fue el pretexto del monarca para guardar equidistancia en el pulso público que libraban el presidente saliente –con quien seguramente tiene más afinidad ideológica— y el entrante. Lo cual sería en todo caso objetable, porque estaba claro que el enfrentamiento obedecía a la miseria política de un mandatario al negarse a satisfacer una legítima petición de su sucesor. Si Duque hubiera accedido al traslado de la espada a la plaza de Bolívar, la presencia de la urna no habría pasado de una anécdota dentro de la colorida ceremonia de posesión. El hecho es que no fue así, y uno de los efectos colaterales de la estupidez de Duque es la imagen del rey de España sentado mientras pasaba frente a sus ojos la espada del libertador. Una imagen de esas que quedan para los anales y que para nada beneficia a España en unos momentos en que Latinoamérica gira a la izquierda y busca una voz regional propia dentro el concierto de naciones.

Ignoro si Felipe VI ha explicado a Petro qué lo motivó a permanecer sentado. Al menos públicamente, la Casa del Rey no ha dado explicación alguna. Por lo demás, Colombia está en mora de organizar un gran acto de contrición por el dramático final de su libertador, que murió desengañado, solo, acosado implacablemente por sus rivales de la élite santafereña, que tomó —me atrevería a decir que hasta el día de hoy— las riendas del país. Tras renunciar en 1830 a su cargo de presidente de la Gran Colombia, Bolívar se propuso huir para siempre al extranjero, pero murió de tuberculosis en Santa Marta antes de cumplir su voluntad. Un mes antes, escribió en Barranquilla la que sería su última carta, a su amigo el general Juan José Flores, en la que dice aquello de que América “es ingobernable”, que “la única cosa que se puede hacer en América es emigrar” y que “el que sirve a una revolución ara en el mar”.

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