La vida es breve
“La vida es breve” me dijo una amiga hace unos días en un alarde de originalidad, después de haberse pasado el día viendo películas en un festival y, en las pausas, haciendo planes para diferentes viajes que pensaba hacer este verano. Llevamos milenios sabiéndolo. Llevamos cientos de años con el “carpe diem” de Horacio y el “collige, virgo rosas…” de Ausonio. Aparece con fuerza, regularmente, en ciertas épocas, como el Renacimiento, el Barroco y el Romanticismo, pero ahora tengo la impresión de que nos ha entrado una angustia loca que casi no nos deja vivir y nos tiene corriendo de acá para allá como pollos sin cabeza.
Toda la gente que conozco y muchísima que no conozco realmente aunque he coincidido con ellos en distintas ocasiones, ha empezado a vivir la vida de un modo que casi no los deja vivir porque la han llenado de cosas y actividades que consideran necesarias para tener la sensación de que están viviendo y de que, cuando llegue la vejez extrema -eso piensan ellos- les confortará, al menos, con la idea de que han vivido.
Hay cada vez listas más largas de cosas que hay que hacer cotidianamente, otras que tienes que haber hecho al menos una vez en la vida, experiencias que no te puedes perder, lugares en los que tienes que haber estado, libros que leer, conciertos a los que asistir, noticias de las que estar pendiente… Todo eso además de tu trabajo, tu familia y las necesidades de la vida corriente, que también consumen su tiempo y llevan su esfuerzo, aunque no te proporcionen esa sensación de estar en la cresta de la ola que es lo que, al parecer, estamos buscando como sociedad.
La primera vez que oí hablar del acrónimo FOMO pensé que era una típica ida de olla del mundo de los influencers, los tiktockers y demás y que no estaba relacionada con mi vida, la gente de mi edad, y el ambiente en el que yo me muevo. Pues resulta que sí, que cada vez reconozco en más personas de mi entorno esa pulsión, esa angustia de estar continuamente haciendo cosas para evitar la sensación de estar perdiéndose algo. FOMO en inglés representa las siglas de “Fear of missing out” (miedo a perderse algo, no conocerlo, no haber participado en ello).
Con cada vez más frecuencia me encuentro hablando con personas a las que les parece increíble que no todo el mundo haya estado en un estreno concreto, que no haya asistido a tal exposición, que no haya viajado a tal lugar… y se escandalizan y hacen aspavientos porque te estás perdiendo lo mejor y resulta que la vida es breve y, si no lo haces ahora, no lo podrás hacer ya. ¿De verdad que nunca te has tirado en paracaídas? ¿Ni has ido a Laponia en un trineo con perros? ¿Ni estuviste en el último concierto de… aquí cada uno pone el nombre que mejor le parece? ¿Ni has leído X, que es la novela del año, por no decir del siglo?
Además, por supuesto, tienes que cuidar de tu salud y de tu aspecto. Hacer tus diez mil pasos diarios -mínimo-, y tus horas de gimnasio por aquello de los huesos, los músculos y el poder presumir de cuerpo en los meses de verano. Tienes que cuidar tu piel y tu pelo y procurar tener hasta el mismo momento de tu muerte una imagen juvenil porque, hoy en día, a uno se le perdonan muchas cosas, salvo hacerse viejo. Tampoco está mal dedicar tiempo a mantener tu cerebro en buen estado, y estar al tanto de la actualidad no solo de tu ciudad o región, sino de tu país y del mundo en general para poder opinar sobre cualquier cosa que se presente en una conversación (aunque ya casi no parece necesario saber de nada para tener una opinión contundente sobre cualquier tema).
Si eres joven, la cuestión de buscar pareja -no necesariamente para la eternidad, pero sí para mantener una relación sexual segura y placentera- también ocupa mucho tiempo y mucho trabajo mental, por no hablar del desgaste emocional que ocasiona.
Hay que cuidar las relaciones con los amigos y procurar hacer actividades sociales que te permitan entrar en contacto con más personas porque, ya se sabe, todo repercute en la salud: coros, grupos excursionistas, bandas de música, grupos de teatro, clubs de lectura, amigos de museos, escuelas de arte, de escritura, de cualquier cosa… y, si aún puedes arañar algo de tiempo, hacer un máster, presencial u online. No ya para tu desarrollo profesional, sino simplemente para no quedarte atrás, para estar siempre al día de todo.
Naturalmente, estas actividades se añaden a tu vida “normal”, a tu jornada de trabajo, el cuidado de tus hijos o de tus nietos, las tareas de la casa y demás fruslerías.
Y cuando por fin llega la bendita noche y el momento de meterte en la cama, el estrés aumenta porque tienes que procurar tener un sueño de calidad y, para ello, hay que prescindir de pantallas una hora antes de retirarte, bajar las luces, tomar una tisana y una ducha calientes, hacer unos -pocos- ejercicios ad hoc y entrar en tu dormitorio (que tienes que haber decorado de modo minimalista para apagar el “ruido visual” y debe estar recogido e impoluto) como el que entra en un santuario.
Sinceramente, creo que no es posible hacer todo lo que se espera de nosotros y nosotras. Todo el mundo arrima el ascua a su sardina y nos convence de qué hay que comer para estar sanos, qué beber y qué no, cuándo y cómo; qué espectáculos son imprescindibles, qué vivencias tenemos que atesorar. Hacemos todo lo que podemos, pero con la lengua fuera, con la sensación de que no hemos hecho bastante y luego nos vamos a arrepentir de ese rato de siesta en el que no hemos rendido nada, de ese vino que nos hemos tomado al final de una jornada agotadora en lugar de sustituirlo por un agua mineral, de ese pan blanco que estaba delicioso, pero que seguro que nos ha inundado el cuerpo de azúcar y antes o después lo vamos a pagar.
Nos hacen sentirnos culpables por no haber ido a esto o a aquello, por habernos perdido algo que los demás han disfrutado, por no haber estado en lugares exóticos y lejanos.
Lo gracioso es que nos volvemos locos tratando de llegar a todo, de no perdernos nada, de almacenar recuerdos, de alargar todo lo posible nuestra vida negándonos mil cosas que nos habrían hecho felices con muy poco y al final, efectivamente, llegamos a los noventa o a los noventa y cinco o a los cien, pero ya no nos acordamos de aquel viaje a Machu Pichu, ni de aquel concierto, ni de las mil horas que pasamos en el gimnasio para poder llegar a ese momento en el que, desde nuestro sillón, con los pañales puestos, esperamos a que nos traigan algo de comer que no dañe nuestra salud y podamos seguir disfrutando de esa vida tan breve en la que no tuvimos tiempo para pasar maravillosos ratos sin hacer nada de particular, disfrutando de los trinos de los pájaros o del color de las flores, de las risas de nuestros niños o de mirar al horizonte junto a una persona amada.
La vida es breve, tanto si la llenamos a rebosar como si no. Lo importante es encontrar el tiempo de saborearla.
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