Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
El sumario del caso Zapatero atribuye a las hijas un puesto clave en la red
Dentro del lujoso epicentro de la toma estadounidense de Venezuela
Opinión - 'Derecho a dudar', por Esther Palomera

Lenguaje inapropiado

Aviso de "lenguaje inapropiado".
25 de mayo de 2026 23:17 h

0

Hace ya tiempo que me desespera estar eligiendo una película o una serie y leer en los avisos -los famosos trigger warnings que hemos importado de Estados Unidos- que la que hemos decidido ver contiene “lenguaje inapropiado”.

¿Qué rayos es eso, así, en general? En inglés la expresión es igual de estúpida, pero la hemos tomado directamente, sin plantearnos nada, y en español suena incluso peor. Es el mismo caso del inglés “apply” o “aplication” que significa solicitud pero que, por copia ignorancia o desidia, ha empezado a traducirse como “aplicar” y “aplicación” y ahora los estudiantes que solicitan una beca o una plaza de Erasmus o cualquier otra cosa, dicen que han aplicado o han enviado su aplicación. Aplicar y aplicarse son otra cosa, igual que ser aplicado no tiene nada que ver con solicitudes, pero da la sensación de que la propiedad lingüística ya no le importa a nadie, salvo a las plataformas de entretenimiento audiovisual y estas lo hacen de modo equivocado.

Eso que ahora nos venden como “lenguaje inapropiado” es lo que antiguamente se llamaba “lenguaje malsonante” -tenemos una expresión española para ello- porque se asumía que a oídos de personas bien educadas había ciertos vocablos que no sonaban elegantes, correctos o adecuados a ciertas situaciones.

“Inapropiado”, que es la palabra que han tomado ahora, traduciéndola del inglés sin reflexionar, sería lo contrario de “apropiado” que, según el Diccionario de la Real Academia, significa: “Ajustado y conforme a las condiciones o a las necesidades de alguien o de algo.”

Es decir, que siempre se trata de que la cosa de la que estamos hablando, en este caso el lenguaje, se adecue o ajuste a las necesidades concretas de una persona o situación determinada.

Pongamos un ejemplo sacado de otro ámbito en el que quizá quede más claro lo que quiero decir: si uno acude a un funeral vestido con bermudas estampados con palmeras verdes y flamencos de color de rosa y unos zuecos de plástico naranja, casi todo el mundo estará de acuerdo en que va vestido de modo inapropiado. Precisemos, inapropiado para un funeral. No es que nadie tenga nada en contra de las bermudas y los zuecos; es que no son una vestimenta adecuada ni para un entierro, ni para muchas otras ocasiones, a menos que tengan que ver con playa, piscina y vacaciones de verano.

Pues con el lenguaje pasa lo mismo. Si uno dice “¡coño!, en principio no es ni bueno ni malo. Es un vocablo de nuestra lengua que suele usarse como expresión de extrañeza o enfado, aunque también puede referirse de modo literal a la vulva y la vagina. También forma parte del acervo de nuestra lengua y también está en el diccionario ¿Por qué ahora resulta que, si aparece en una película, hay que advertir al espectador de que es inapropiado? No lo es, si hablamos en general. Lo será si, en la situación en la que nos encontramos, el consenso social ha decidido que no deben usarse ese tipo de expresiones porque resultan vulgares, ofensivas o malsonantes. Solo en ese caso será inapropiado.

Cuando uno está en su casa y, de repente, sin que se lo espere, le pasa un gato o un perro entre las piernas, es totalmente normal que uno diga “¡coño, qué susto me has dado!” con perfecta propiedad. Es lo adecuado a la situación aunque, evidentemente, si no nos gusta la expresión por encontrarla demasiado fuerte, siempre podemos sustituirla por “caray”, “caramba”, “cáspita”, “córcholis”, “jolín” o “concho”, que es lo más parecido fonéticamente y se dice con la misma intención, pero parece que ofende menos.

Todos esos vocablos, que son posibles y aceptables, lo son siempre que sean adecuados en el contexto. Si estamos escribiendo una escena que sucede en los barrios bajos, entre mafiosos, o narcotraficantes o gente del hampa, resultará más bien poco creíble que, sacando la navaja o el revólver, digan “jolín”. Lo apropiado es que hablen, imitando la realidad, como se habla en esos ambientes.

De las películas basadas en la sociedad estadounidense hemos copiado el corregir a nuestros niños y jóvenes cuando dicen cosas como “mierda”, “joder”, “hijo de puta”, etc. sin tener en cuenta que las jóvenes generaciones lo dicen porque nos oyen decirlo y nunca nos molestamos en explicarles que hay situaciones y momentos en que se puede e incluso se debe decir, mientras que en otras no deberíamos hacerlo. Da la sensación de que se está perdiendo la simple noción de que existen los registros lingüísticos y eso se debe en gran parte a que nos estamos quedando sin modelos.

Antes en la radio, la televisión, el cine y los medios de comunicación en general, se procuraba usar una lengua culta, prescindiendo de insultos y expletivos de mal gusto. Esas cosas se dejaban para las relaciones familiares, las charlas entre amigos y los momentos de relajación con personas de confianza, pero desde que en las tertulias televisivas, en las series y hasta en el Congreso de los Diputados empezó a rebajarse el nivel, el público se ha acostumbrado a decir lo que sea, como sea, donde y cuando sea y, además, incluso se ha perdido casi por completo el uso de la enorme riqueza de sinónimos que tiene nuestra lengua.

La verdad es que me resulta preocupante el trato que le estamos dando a la lengua con la que nos comunicamos y expresamos lo que tenemos en mente. Parece que no nos damos cuenta de que, como ya dijo con tanto acierto Wittgenstein “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Cuanto más pobre se vuelva nuestra lengua, más simple será nuestra formulación y cada vez habrá menos cosas que seamos capaces de pensar por carecer de palabras que nos ayuden a expresar ciertas ideas, pensamientos y sentimientos.

Me parece más acertado preocuparnos de que nuestros hijos tengan una lengua rica y variada y que sean capaces de desempeñarse en varios registros en lugar de cuidar de que no digan tacos. Está bien que los conozcan y los usen, siempre que sepan en qué momentos es adecuado usarlos y en cuáles no.

Pasa lo mismo con el tú y el usted. Si uno va por ahí prestando atención a ese tipo de cosas, notará que cada vez se usa menos el usted y, por lo que yo puedo apreciar, la razón es que mucha gente ya no sabe usarlo. Me refiero a ciudadanos españoles, ya que la mayor parte de hispanoamericanos usa el “ustedes” desde siempre en lugar del “vosotros”.

¿Recuerdan los nervios que pasó el teniente coronel Tejero el 20 de febrero de 1981 en el Congreso cuando quería decir “siéntense”, no le salía y acabó diciendo por pura frustración “¡se sienten, coño!”. Toda España se rió de él entonces. Ahora me gustaría hacer una encuesta, incluso entre gente formada, para ver cuántos participantes encuentran a la primera el imperativo plural de sentarse en segunda persona. En primera, me figuro que aún estaría más difícil y el “sentémonos” no sacaría una gran puntuación.

Las lenguas cambian y evolucionan, por supuesto, pero para cambiar o mejorar algo siempre es conveniente conocerlo primero y que el cambio no se deba a la pura ignorancia. Me parece bien empeñarnos en que nuestros jóvenes no estén constantemente expuestos a un lenguaje soez, vulgar y malsonante, pero la verdad es que encuentro bastante ridículo y muchas veces incluso ofensivo que en esos avisos de las películas se ponga lo de “lenguaje inapropiado” al mismo nivel de contenidos que “suicidio”, “violación”, “drogadicción” y “violencia grupal”, por ejemplo, como si fuera lo mismo oír a un personaje decir “estoy hasta los cojones” que verlo matar a alguien con premeditación y, además, disfrutándolo.

Etiquetas
stats