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Violencia machista

Los diputados guardan un minuto de silencio por las víctias de violencia machista al inicio de la sesión plenaria del Congreso.
11 de mayo de 2026 22:29 h

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Últimamente se ve con frecuencia al llegar a una ciudad un cartel a la entrada que dice “Villamarina (o como se llame la población) contra de la violencia machista”. Me parece muy loable y, por supuesto, estoy de acuerdo en condenar la violencia, la machista y todas las demás. Lo que no acabo de entender es por qué o para qué se hace.

¿Alguien piensa que cuando un violador o asesino en potencia entra con su coche en la primera rotonda de la localidad va a dar media vuelta, pensando “Ah, pues si aquí no aceptan la violencia machista, tendré que irme a otra parte”?

¿O suponen que los habitantes varones de ese lugar van a recapacitar sobre sus intenciones de hacerle daño a una mujer al ver que la ciudad, representada por su Ayuntamiento, está en contra de esas prácticas?

¿Tan mal estamos ya de valores morales que ahora tenemos que dejar claro por escrito que no nos parece bien golpear, violar, maltratar a las mujeres? ¿Vamos a empezar a poner carteles diciendo que los ladrones no son bienvenidos en nuestro pueblo? ¿Que no queremos estafadores, chantajistas? ¿Asesinos?

Nuestro gobierno, con gran acierto, intenta endurecer las leyes para proteger a las mujeres de la violencia ejercida contra ellas por los hombres, pero también tenemos leyes contra muchos otros delitos y, a pesar de ello, las cárceles están llenas de gente a la que, al parecer, no les resulta disuasoria la existencia de esas leyes.

Nunca he entendido bien el uso de la violencia cuando, por fortuna, vivimos en una sociedad en la que hay tantas otras opciones para resolver conflictos, pero la violencia ejercida contra mujeres por el simple hecho de serlo es algo que me resulta absolutamente incomprensible. Y sin embargo, se da cada vez con mayor frecuencia. 

Se lee que en gran parte se debe a la desorientación de los varones en esta sociedad actual en la que ya no ocupan el lugar central, pero no debe de ser solo eso porque en una jerarquía laboral o militar los hombres no maltratan ni atacan a sus superiores por el hecho de serlo. Uno puede despotricar contra su jefe en el bar o entre sus amigos, pero no lo mata a cuchilladas. Tampoco lo mata cuando el jefe decide que va a prescindir de sus servicios y acaba de ser despedido. Sin embargo, cuando una mujer llega a la conclusión de que no quiere seguir manteniendo una relación amorosa, erótica o del tipo que sea, tiene muchas posibilidades de ser agredida por el hombre.

¿Se trata entonces de un problema de posesión? ¿De que muchos varones piensan -o más bien sienten- que la mujer es un objeto de su propiedad, sin capacidad de decisión y que si otro hombre “se la lleva” se merece la muerte? Sin embargo nadie destruye un coche que le han robado cuando lo ve pasar por la calle. Intenta recuperarlo, a ser posible sin un solo rasguño.

¿De dónde les viene a algunos, a muchos hombres, esa pulsión violenta, homicida? Hablo de hombres en general, aunque soy perfectamente consciente de que hay muchísimos varones pacíficos, cariñosos y decentes, pero con las estadísticas en la mano, está claro que hay muchos más varones que matan mujeres que al contrario.

No creo que el arte (digamos cine, literatura, videojuegos) esté en el origen de la violencia machista. Llevamos ya varios milenios de ejemplos reales de que los hombres pegan y matan y las mujeres son golpeadas y asesinadas, pero quizá haríamos bien en concentrar nuestros esfuerzos para luchar contra la violencia machista más en la educación de los niños, de los futuros hombres, que en el castigo de los criminales cuando ya lo son.

Habría que tomar medidas para que los niños y jóvenes no estén constantemente expuestos a la violencia –con frecuencia unida al sexo- en redes sociales, en películas de alto presupuesto, videojuegos e incluso en novelas juveniles, donde da la sensación de que lo que más se usa es el antiquísimo motivo literario de la lucha entre el bien y el mal, pero haciendo que la violencia y la brutalidad resulten atractivas, gloriosas, apetecibles… todo muy “épico” como se ha dado en llamar ahora a lo que se refiere a grandes escenarios con seres hinchados de testosterona y una espada en la mano (o un subfusil, un machete, una ametralladora, cualquier cosa que mate).

Está más que probado que la publicidad hace que la gente use productos que hasta el momento no le habían hecho falta y adopte hábitos nada saludables a fuerza de verlos anunciar y disfrazar de comportamientos deseables y llenos de glamour. El alcohol y el tabaco son buenos ejemplos de ello. Las empresas tabacaleras consiguieron que en las películas de Hollywood cuando el cine aún era en blanco y negro las mujeres más atractivas y deseables fumaran. El ritual de cortejo en el que la protagonista, elegante y bella, sacaba un cigarrillo y una mano masculina se lo encendía mientras se miraban a los ojos a través del humo fue un clásico imbatible durante generaciones.

La famosa copa de bienvenida se convirtió también en un cliché en los años cincuenta: el hombre volvía a casa después del trabajo y su esposa, arreglada y con tacones, le ayudaba a quitarse abrigo y sombrero e inmediatamente le sugería con una sonrisa pícara “¿una copa?” y los dos se tomaban un Martini muy seco cargadito de ginebra que les caía en el estómago vacío para empezar la velada.

Sabemos que ese tipo de publicidad tuvo su efecto en la sociedad occidental durante muchísimas décadas y sin embargo ahora no queremos aceptar que tal vez ese empeño en mostrar la violencia en películas y videojuegos pueda estar perjudicando a las generaciones jóvenes y menos jóvenes mostrándoles como deseable la sensación de poder que se obtiene con un arma en la mano o con la intimidación y violencia sexual ejercida contra una mujer, a ser posible débil y asustada.

En las plataformas donde vemos series y películas se nos advierte de que la que hemos elegido contiene “sexo”, “drogodependencia”, “violencia”, “lenguaje inapropiado” y otras cuantas cosas más. ¿Por qué no ponen “machismo” o “violencia machista”? Quizá porque tendrían que retirar la mitad de los contenidos que ofrece la plataforma, ya que en la mayor parte de series y películas criminales la víctima es una mujer.

¿No sería más útil dar ejemplo y restringir el acceso a la visualización de la violencia que poner carteles a la entrada de los pueblos? 

Yo creo que deberíamos concentrarnos en dejar claro el mensaje de que estamos en contra de la violencia machista a través de los comportamientos que los niños van a tomar como modelo de lo que quieren ser cuando lleguen a la edad adulta. Podríamos dejar de ensalzar en películas, novelas y juegos a los machos brutales al presentarlos como héroes. Podríamos educar a nuestros hijos en el respeto a los demás, dejándoles claro que las mujeres tienen los mismos derechos que los varones y son exactamente iguales en dignidad; mostrarles que nunca está justificado el uso de la violencia ni física ni psíquica y que nadie es propiedad de otra persona, por mucho que haya firmado en un acta de matrimonio o haya prometido amor eterno frente a una congregación en una iglesia.

Eso es trabajo de todos. Y es trabajo. Hay que hacerlo, no solo pensarlo. No basta con poner un cartel y “condenar enérgicamente” las violaciones y los asesinatos. Hay que estar siempre dispuesto a dar ejemplo, a corregir comportamientos tóxicos, a no apartar la vista cuando vemos que algo está sucediendo frente a nosotros. Hay que ir por el mundo con los ojos abiertos para captar las señales de auxilio que puedan darse y actuar en consecuencia. Si los violentos ven que no es fácil, que, como sociedad, no queremos, antes o después, conseguiremos librarnos de esa tara.

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