No me da la vida
Cuando en un futuro se haga un estudio de las frases que más se usaban en España en el primer cuarto del siglo XXI, no me cabe la menor duda de que “no me da la vida” estará entre las más frecuentes.
Es una frase que usamos desde la adolescencia hasta los últimos años de la jubilación y viene a resumir la sensación que se ha apoderado de nosotros desde hace unos veinticinco o treinta años y que cada vez nos invade con más rapidez e intensidad. Desde que abre una los ojos el lunes por la mañana hasta que los cierra el domingo por la noche la sensación es la misma: los días no tienen bastantes horas para poder cumplir con todo lo que una tiene que hacer; eso sin contar con las cosas que una o uno querría hacer, aunque no sean tan urgentes ni necesarias como las de la primera lista.
¿Cómo es posible que precisamente ahora que -en nuestro siglo y en este pedazo del planeta en el que, por suerte, nos ha tocado vivir-, las horas de trabajo obligatorio y remunerado se han ido reduciendo, que los días de vacaciones y de fiesta han aumentado, tengamos, sin embargo, la angustia de no llegar a todo, de tener que arañarle tiempo al sueño y al descanso para intentar cumplir con todas nuestras obligaciones?
Desde que Benjamin Franklin en 1748 en su artículo “Consejos a un joven comerciante” acuñó la frase “time is money” el afán de rentabilizar nuestro tiempo nos viene persiguiendo hasta este 2026 en que el estrés está a punto de matarnos porque lo hemos interiorizado hasta tal punto que estamos convencidos de que todas las horas de nuestros días y la mayor parte de las horas de nuestras noches tienen que servir para algo.
Lo primero en la jerarquía es trabajar. El trabajo remunerado -la concreción más evidente del “time is money”- va primero, pero las ocho horas básicas dedicadas al trabajo se van alargando desde que los ordenadores y el internet nos permiten “flexibilizarnos” de manera que podemos trabajar en cualquier parte y a cualquier hora. No solo las empresas y los empresarios nos piden que estemos siempre disponibles, sino que nosotros mismos hemos interiorizado la idea de que debemos estarlo, sin darnos cuenta de que estamos usando nuestro tiempo de vida para entregarlo a algo que no tendría que ser necesario y que no nos sirve a nosotros individualmente para nada, salvo para aumentar nuestro estrés y empeorar nuestra salud.
Hasta tal punto hemos crecido con la idea de que somos nuestro trabajo y cada uno de nosotros solo vale lo que rinde que cuando las jóvenes generaciones intentan llegar a un mejor equilibrio entre vida y trabajo -el famoso work-life balance- muchos representantes de generaciones anteriores los tachan de vagos, flojos e insolidarios.
Pero el problema es que hay mucho más que lo derivado simplemente de la profesión que ejercemos o el puesto de trabajo que tenemos. Mientras tanto, nos hemos llenado de obligaciones que también necesitan un tiempo que estamos dispuestos a sacrificarles: la optimización en todos los campos vitales nos consume. Nos parece fundamental hacer todo lo necesario para mejorar nuestra salud y ampliar en lo posible nuestros años de vida. Por tanto, tenemos que cumplir con las exigencias de una nutrición sana y un programa de ejercicio físico, sea acudiendo a un gimnasio, haciendo deporte de modo individual o participando en deportes de equipo. También hay que dedicar tiempo a comprar alimentos saludables y orgánicos, a prepararlos debidamente y a ingerirlos con calma. Tenemos que cuidar nuestro círculo de amistades porque, además de que nos resulta agradable y compensa de muchos malos rollos en el ambiente laboral, sabemos que las relaciones sociales son necesarias para vivir más sanamente y durante más años.
Y la gente que tiene hijos pequeños necesita dedicar mucho, muchísimo tiempo, a la crianza y educación de esos niños, igual que quienes tienen ancianos o enfermos o personas con discapacidades a su cargo, lo que causa un estrés destructor cuando, al mirar a su alrededor, ven que todo el mundo saca tiempo para hacer cosas que ellos no consiguen meter dentro de su horario.
También queremos encontrar el tiempo necesario para aprender algo nuevo, preparar unas oposiciones, hacer un máster y, por supuesto, leer la prensa, estar pendientes de las noticias, estar informados de lo que pasa en el planeta, en todo el planeta.
Además, el mundo está lleno de novelas, películas, series, videojuegos, estrenos de teatro, musicales, exposiciones temporales en museos que es necesario conocer, así como viajes culturales a lugares en los que uno debe haber estado para poder participar en conversaciones, y conciertos a los que tiene que haber asistido para sentir que no nos estamos perdiendo las cosas importantes que suceden a nuestro alrededor y nos confirman que seguimos siendo parte de la sociedad. Esa necesidad ha dado lugar el famoso FOMO (fear of missing out, miedo a perderse algo) que tanto daño hace.
Luego está otro problema añadido que cada vez afecta a más gente de las generaciones más jóvenes porque se trata de algo más reciente: la gestión de las enormes cantidades de fotos que se toman, de todos los mensajes que nos intercambiamos, el responder a todos los emails, la gestión de las redes sociales, la decisión de qué subir a tus redes y qué imagen quieres dar de tu vida y de tus logros. Puede sonar ridículo, pero es algo que surge cada vez más en conversaciones femeninas: no solo hay que organizar (pongamos por caso) un cumpleaños infantil para que los críos se lo pasen bien, sino que tiene que ser maravilloso, original, temático, con detallitos que cada asistente pueda llevarse a casa, con juegos bien pensados, con una tarta espectacular que quede divina en Instagram y sea la envidia de todas las demás madres (y de paso ponga el listón tan alto que las otras tengan que dedicar más tiempo y esfuerzo a “sus” cumpleaños si quieren estar a la altura).
Las listas de cosas que hay que hacer son cada vez más largas y más angustiosas. Sabemos que tenemos quince o dieciséis horas para intentar hacerlas todas y sabemos también que no vamos a poder. Por eso intentamos hacer varias a la vez, o quitar minutos de aquí y de allá. Hay muchísima gente que los domingos se levanta a la misma hora que los días laborales y se pasa la mañana cocinando para preparar los tápers que va a necesitar el resto de la semana si quiere comer rápido, pero casero y de modo saludable. Hay también mucha gente que se obliga a ir al gimnasio al salir del trabajo, luego llega a casa agotado y sin ganas de nada, come cualquier cosa y se mete en la cama después de haber visto un capítulo o más de una serie que no le importa particularmente pero de la que ha oído hablar en el trabajo. Cada vez hay más “consumidores voraces” que se fuerzan a salir de casa sin ganas o muertos de cansancio para no perderse una actividad cultural que consideran imprescindible, y personas que viajan en grupos organizados con unos horarios demenciales para aprovechar esos días y visitar los lugares más emblemáticos de una ciudad o un país aunque no todos les interesen demasiado. Mucha gente usa los desplazamientos (en tren, en metro, en avión) para adelantar trabajo en su portátil, para oír podcasts o conferencias o audiolibros, para ver películas, para leer ensayos que necesita para su profesión o para leer la prensa y estar al día.
Casi no queda nadie ya que deje descansar a su cerebro atendiendo, sin más, a lo que ocurre a su alrededor. Hay que aprovechar el tiempo, porque es un bien limitado, aunque nos agote hacerlo.
Como el tiempo es lo único que no se puede comprar (salvo comprando el tiempo de personas que nos solucionan ciertos trabajos que no podemos o queremos hacer nosotros mismos) y tampoco podemos almacenarlo y usarlo cuando mejor nos convenga, no nos queda más remedio que vivir estresados, exhaustos, con la lengua fuera para tener la sensación de que estamos aprovechando nuestra vida, de que cada una de nuestras horas está bien invertida porque nos proporciona o dinero o salud, longevidad, prestigio, visibilidad pública o cualquiera de las cosas que nos parecen irrenunciables.
Una vida de ochenta años son unas setecientas mil horas. Incluso quitando las que dedicamos al sueño (que también son absolutamente necesarias por mucho que tratemos de reducirlas) podríamos pensar que deberían ser bastantes para vivir relajados y satisfechos. Pues no. Nos las hemos arreglado para que no basten, para sentirnos perennemente frustrados porque “no nos da la vida”.
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