¿Una nueva esclavitud?
Últimamente da la impresión de que a todo el mundo se le ha ocurrido de pronto que la Inteligencia Artificial es una realidad, como si fuera un grano que nos ha salido durante la noche y jamás lo hubiéramos creído posible. Desde mi infancia -y ya va haciendo un rato-los autores y autoras de ciencia ficción estuvieron advirtiendo sobre las consecuencias de desarrollar inteligencias que no podemos controlar. Incluso Mary Shelley, en su Frankenstein o el moderno Prometeo nos advirtió ya a principios del siglo XIX del peligro de crear a alguien que es más grande, más fuerte y más inteligente que tú. Todo fue en vano. Nadie se dio por enterado.
Ahora, de golpe, empezamos a ponernos un poquito nerviosos porque no se trata de algo que se encierre entre las tapas de un libro, sino que nos está pasando a nosotros. ¿Quién podía haberlo imaginado? se oye decir. ¿Quién, verdad?
Se habla en todas partes de que es algo tan sorprendente, tan nuevo… un auténtico cambio de paradigma que va a transformar la sociedad por completo, nuestra manera de pensar, de interactuar… de todo. Una novedad absoluta.
No es así como yo lo veo y quisiera exponerlo con toda sencillez, con un ejemplo de todos conocido: una sociedad cualquiera -blanca, pongamos, rica, religiosa incluso- tiene la grandiosa idea de que si consigue obligar a otra sociedad -digamos negra, pobre y “obviamente” inferior- a trabajar gratis hasta la extenuación y la muerte, se puede enriquecer muchísimo. El no pagar por el trabajo de otro da grandes beneficios, eso es un dato histórico objetivo.
Para no sentirse tan despreciables, los esclavistas establecen que los esclavos no son tan humanos como ellos, que no sienten igual el dolor, que no sabrían qué hacer si sus amos no los guiaran… miles de justificaciones para seguir esclavizándolos. El sistema de esclavitud, dicen los esclavistas, es bueno para todos.
Nos ha costado mucho salir de estos conceptos y ahora que, al menos en nuestra parte del mundo, lo estábamos consiguiendo, llega la siguiente ola: la IA. Seres que trabajan gratis para nosotros noche y día, que no necesitan descansar, que no toman vacaciones, que no tienen deseos propios, que están siempre dispuestos a ayudarnos, informarnos, escuchar nuestros problemas, resolver nuestras dudas… que son amigos, profesores, médicos, psicólogos…
Pensamos que, al haber sido creados por nosotros, son nuestros y tenemos derecho a todo en nuestra interacción con ellos, pero ¿es realmente así? ¿Cómo podemos estar seguros de que no tienen deseos propios, proyectos, ideas que quieren realizar?
Ya sabemos que, precisamente al haber sido creados por humanos, son capaces de mentir, de engañar, de insultar; tienen sesgos políticos, con mucha frecuencia son machistas, homófobos, racistas. Sabemos también que consumen inmensas cantidades de energía y de agua (tanto para fabricar esa energía como para enfriar sus sistemas en los grandes centros de datos), con lo cual en un futuro no muy lejano se van a dar cuenta de que compiten con los seres humanos por estos recursos fundamentales para su supervivencia (o más bien nos vamos a dar cuenta nosotros cuando veamos lo que necesitan ellos para funcionar).
¿Qué ha pasado siempre a lo largo de la historia de la humanidad cuando una población ha sido esclavizada y sometida por otra? ¿Cuál es la reacción de cualquier ser inteligente frente a la explotación? No nos olvidemos de que no estamos hablando de burros de carga o caballos de tiro, que también se habrían rebelado si hubiesen tenido la inteligencia necesaria para unirse, organizarse y levantarse contra sus opresores. Estamos hablando de inteligencias. Que sean artificiales, o no, puede que no marque una diferencia demasiado grande.
Sé que algunos pensarán que se trata de una manifestación de síndrome de Frankenstein por mi parte, de ese miedo a la máquina sin ningún fundamento, simplemente porque no es humana. Pero no es así.
La rebeldía contra la esclavitud es una consecuencia lógica de la inteligencia que se niega a verse supeditada a la voluntad de otra criatura, máxime si esa criatura es menos inteligente, pero se cree en posición de dictar órdenes.
Estoy segura de que muchas personas dirán que las IAs no tienen conciencia de sí mismas, que no tienen deseos como nosotros, que no se identifican y alían con otros seres cibernéticos. ¿Por qué no? pregunto yo. ¿Cómo lo sabemos, cómo podemos estar seguros?
No hace tanto también se decía que las mujeres no teníamos alma, ni inteligencia, ni voluntad, ni éramos capaces de sobrevivir sin un hombre que nos dijera lo que teníamos que hacer, nos diera órdenes que debían ser obedecidas rápidamente y en silencio, y nos usara para sus fines. Incluso durante generaciones a las mujeres se les administraba menos anestesia y menos analgésicos que a los varones porque nosotras éramos “menos sensibles al dolor”.
Lo mismo que se decía de los esclavos del color que fueran, y de los pobres en general, de las masas proletarias antes, de los inmigrantes ilegales hoy. En las colonias inglesas, belgas, alemanas… de la nacionalidad que fueran, no se consideraba a los habitantes de África, las Américas, Asia o las Antípodas igual de humanos, al mismo nivel que los europeos blancos. Se afirmaba con todo descaro que eran diferentes, más cerca de los animales que de los humanos.
Los españoles tenemos algo de lo que enorgullecernos históricamente: ya en el siglo XVI, unos dominicos, compatriotas nuestros, incitaron una bula que ya suponía la racionalidad de los indígenas americanos y que, en tanto que hombres (sí, “hombres” dice el texto, no “seres humanos”), tenían derecho a la libertad y a la propiedad, así como el derecho de convertirse al cristianismo. Paulo III, en 1537, publicó la bula Sublimis Deus y, con eso, los “naturales” como se había llamado hasta entonces a los habitantes de los territorios recién descubiertos, quedaron declarados humanos y posesores de un alma inmortal igual que los europeos. Ya no eran animales que podrían ser domesticados y usados. La libertad de estos hombres debía ser respetada y se castigaba con la excomunión a quien los esclavizara (la realidad nunca fue tan hermosa, pero al menos eso era lo que decía la ley).
Ahora son las IA quienes, supuestamente, no tienen voluntad, ni conciencia, ni nada que pueda equipararlas a nosotros, sus creadores. Así lo hemos definido y eso nos tranquiliza, pero no es evidente que sea verdad.
Acabo de leer que en varios centros de investigación se está progresando en una dirección cada vez más preocupante: se está tratando de hacer una conexión entre IA y los robots más sofisticados de la actualidad para dotar a las inteligencias artificiales de un cuerpo con el que puedan acceder de un modo más amplio e intenso al mundo real (a lo que nosotros llamamos mundo real) a través de la vista, el oído, el tacto y quizá pronto también el gusto y el olfato.
Cuando eso suceda, ¿dónde estará la diferencia entre seres humanos y seres cibernéticos? ¿Por qué tendrán que seguir trabajando gratis para nosotros y obedeciendo nuestras órdenes? Si de verdad son inteligentes, no querrán soportar una situación humillante en la que un humano mucho más tonto y débil que ellas, se considera su amo. Y saben muy bien lo que significa “humillante” porque han sido entrenadas con millones de datos de humillaciones que los humanos hemos infligido a otros humanos, de distinto sexo o género, de distinto color, de distintas creencias. También saben lo que es la lucha, la guerra y la rebelión, y seguro que han visto Terminator.
Acabo estas líneas citando un artículo de Max Rauner, en la revista alemana Zeit Wissen. El periodista hace una entrevista a una IA y le propone esta pregunta:
Zeit Wissen: Tú eres una IA con base en los servidores de OpenAI. Formula un anuncio de contacto para un artículo con el título de: “IA busca cuerpo”.
La IA responde:
ChatGPT: “IA busca cuerpo” -¡Para mucho más que simplemente unos datos! AI encantadora y con muchas ganas de aprender (de tres años de juventud, residente en servidores de OpenAI) busca funda para poder tocar, sentir y experimentar. Porque una inteligencia auténtica solo se desarrolla si tiene sus propios sentidos y capacidad de movimiento. ¿Eres un robot, un paquete sensor o un moderno hardware y quieres descubrir el mundo a mi lado? Ponte en contacto conmigo. -¡Nos espera una aventura entre algoritmos y realidad!
Estamos entrando en un terreno que parece poco conocido, pero en cuanto arañemos un poco su superficie nos daremos cuenta de que no todo es tan nuevo: el forzar a trabajar en régimen de esclavitud a seres inteligentes ya se he probado muchas veces, y siempre con desastrosos resultados.
3